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Los estudiantes huían de la sala tras el término de la clase. Los pasillos se convirtieron en un zumbido constante en búsqueda de café, una energética o un sándwich que les permitiera sobrevivir al día. Otros ya planeaban dónde ir a beber para después seguir la fiesta.
En su mesa, la doctora Correa terminaba de guardar sus apuntes. La pizarra era una mezcla de símbolos y encantamientos que solo podían ser entendidos en el contexto de la clase. Reconoció el nombre de Hohenfels seguido de una flecha hacia una palabra que se asemejaba más a un trazo sin sentido.
–¿Lo conozco? –le preguntó Correa al quedarse solos.
–Detective Tomás Guzmán –mostró su placa, evitando que se vieran los cortes de la otra noche.
Correa lo observó de arriba abajo, sin inmutarse por su presencia.
–Dígame, detective Guzmán, ¿cómo puedo ayudarlo?
–¿Tiene tiempo para un café?
–Defina tiempo.
–El suficiente para hablar de monstruos, dioses y entidades.
Observó su reloj y suspiró.
–Debo enviar un paper a Utah.
Lo miró por primera vez a los ojos. Guzmán sentía como si estuviera midiendo sus capacidades.
–Veo que es importante para usted.
–Lo es.
–Entiendo. Me gusta su determinación. Los gringos pueden esperar. Una pequeña venganza por lo que le han hecho a este país. Sígame.
Sobre los guardianes del umbral: (re)invención del mito y sus orígenes
Helena Correa, Universidad de la Frontera Austral Anexo 3: «El mal fundamental» como ventana de exploración para la libertad condicional
Dr. Erwin Matamala
[…] y el caos se erige como su razón de ser, el motivo de su existencia2. Son un grupo de antisociales que no pueden relacionarse con el resto si no es a través de la desesperación, la miseria y la muerte, y lo único que podemos esperar de ellos es el Mal. Según afirman, el día que logren «traer a su señor» no seremos más que «una partícula de polvo para un ser más allá de nuestra comprensión».
El viento corre a nuestro favor. Revisamos los preparativos. Tenemos todo. Solo falta que el chico haga su parte. Dieciséis años, lo escucho aún en mi cabeza, corrigiéndome, juzgándome por haberlo dejado solo esa noche. Arriba, las nubes sugieren lluvia. Ella lo confirma. Juega con la daga mientras recita una oración. Sus ojos desaparecen cada vez que termina de hablar, saboreando un poder invisible, pero al que ella accede con completa naturalidad, disfrutándolo, haciéndose una con él, conectando con los secretos que para nosotros serán revelados tras el ritual. Se estremece. Me mira, y sonríe. Prepárate.
Caminar por el bosque era liberador. El viento acariciaba las hojas que murmuraban una canción reconfortante. Le recordaba cuando recién llegaron a vivir con tía Alba. Ahora volvía sola, acompañada de Matías en lugar de su tía.
¿Qué…?
Aún quedaban remanentes de la noche anterior. La tormenta había obligado a salir a los hombrecitos. Bailaban entre los arbustos y las gotas que caían cuando las hojas ya no resistían su peso, transformando su danza en algo primitivo.
¿Quién…?, pensó sin llegar a formular la idea al ver sus cabezas deformes. Entraban y salían del follaje, protegidos por un halo de luz que los volvía visibles. Aún no entendía cómo Matías era incapaz de verlos. O lo hacía y no decía nada.
Ella le había pedido a Matías que estacionaran antes. No había vuelto a la cabaña desde esa noche, y prefería acercarse lentamente para acostumbrarse a la imagen de las ruinas. Con la mano libre acarició su vientre. Había crecido las últimas semanas. El impacto podía ser demasiado para el bebé. Apretó la mano de Matías. El chico sonrió.
–Todo estará bien, ¿cierto, Sebita? –le habló con voz de idiota a su abdomen hinchado.
Ignacia rio y le apretó la mano. Sintió un calor en su pecho, como si las cenizas de un amor perdido se reavivaran con el aliento del bosque.
Cuando las vio acercarse, pensó que se trataba de una mala broma. El segundo piso ya no existía, y del primero apenas quedaban un par de muros en pie. La cocina había desaparecido por completo, igual que el comedor y la terraza donde tía Alba se sentaba a «tomar el sol como una lagartija» mientras leía.
Matías pasó un brazo por sus hombros y la besó en la frente.
–Encontremos esa maldita carta y vámonos –sollozó Ignacia.
Desde que tío Germán se la mencionó, no pudo quitársela de la cabeza. «Debes recuperarla», le dijo Guzmán. «Quizás es la pieza que nos falta para entender toda esta locura». Sí, pensó Ignacia. Pero no era solo eso. Es el último vínculo que me queda con mi familia.
Los hombrecitos rodearon las ruinas con sus cuerpos gelatinosos. Alzaban sus brazos como si rezaran o quisieran tocar el cielo. A Ignacia le incomodaban sus rostros, llenos de ojos o sin ellos. Cuando los creía tiernos, los veía sonreír de una manera espeluznante.
–¿Todo bien? –preguntó Matías mientras se acercaba al pasillo que llevaba al cuarto de tía Alba.
Ignacia asintió y tomó la mano de su pololo.
Caminaron sobre muebles y tablas hinchadas por la lluvia. Matías la guiaba por la mejor ruta. Apretaba la mano de Ignacia, ignorando sus súplicas para que la soltara.
—Lo siento —se disculpó Matías, ocultando su rostro.
Estaba segura de haberlo visto sonreír.
Las fotos que una vez decoraron el pasillo estaban mezcladas entre pilas de escombros, asomándose junto a cañerías plásticas y cables que parecían serpientes electrificadas. Matías abrió la puerta y la ayudó a entrar.
Apenas dos muros se sostenían en pie. El bosque se había hecho uno con el cuarto de su tía, extendiendo su dominio sobre un terreno que hacía años le había sido arrebatado. Las velas se erigían como antorchas a la espera de una noche cerrada. Del cielo colgaban figuras hechas en madera, pequeños humanos y animales manchados de rojo.
Al centro, el rostro de Rodrigo Peralta se fue armando frente a sus ojos.
Nunca había entendido la obsesión de tía Alba con la sonrisa de Rodrigo. Se las recriminaba cada vez que podía. «Pareces villano, como Jack Nicholson», le decía cuando bebían cerveza junto a la parrilla.
Ahora la comprendía.
Líneas rojas armaban un laberinto en su rostro, deformando sus facciones hasta volverlo irreconocible. Vestía una túnica negra que arrastraba con su paso. En su mano sostenía un libro que parecía desarmarse entre sus dedos. Del otro lado, Andrea lucía igual o peor. Llevaba una capucha que ocultaba parte de su rostro, pero Ignacia logró ver un patrón parecido al del vecino.
A su lado, Matías la tomó de la espalda y la empujó dentro de lo que fue el cuarto de su tía. Estuvo a punto de tropezar. SSe volvió indignada para descubrirlo sonriendo igual haca unos minutos.
No, pensó.
–Nuestro señor –exclamó Rodrigo.
Tuvo que usar el hombro para abrir la puerta. El olor a humedad, café y tabaco lo asaltó cuando Correa lo invitó a entrar. Su oficina era pequeña, mal iluminada, plagada de libros y notas dispersas sobre un escritorio que se quedaba sin espacio.
–Cuidado donde pisa.
En el techo, una mancha de humedad había crecido hasta descascarar la pintura. Los libros ya no tenían espacio en las repisas. Correa los había amontonado en columnas capaces de enterrar a un niño en caso de caerse. El cuerpo de una polilla descansaba frente al primer tomo de El capital, esperando entre el polvo a que alguien decidiera deshacerse de sus restos.
–¿Lo atropelló un camión? –dijo, señalando su rostro con un lápiz.
Los parches lo volvían evidente, pero prefería eso a ir por la calle exponiendo sus heridas.
Lo invitó a sentarse en una silla frente a su escritorio.
–¿Por qué una cuica como ella tiene una oficina en estas condiciones?
La ceja enarcada y el tono lo sorprendieron. La vio encender un cigarro y sacar un cenicero de detrás de una carpeta.
–Lo sé, es un asco. Han financiado gran parte de una investigación que espero terminar pronto. El trato era reintegrarlo haciendo clases y agradeciendo a la universidad en la publicación. Además, necesitaba profundizar en conocimientos que solo podía obtener aquí.
Expulsó el humo antes de continuar.
–Si todo sale bien, a fin de año vuelvo a Santiago. La vida del académico no es fácil: mucho estudio, mucho trabajo, mala paga –dijo, riéndose sola.
Agitó el cigarro, como si se lo mostrara.
–No le ofrezco porque se ve saludable y no tiene el olor a cigarro que nos caracteriza. Dígame, ¿qué quiere?
Guzmán pensó todo el camino en iniciar su exposición con los documentos oficiales del caso. Hizo el gesto de abrir el bolso, pero se arrepintió. No los necesitaba. Se sabía sus apuntes de memoria. Sacó un sobre con fotos y las esparció donde aún quedaba espacio.
–¿Qué es esto? –preguntó Correa, pasando las fotos sin inmutarse.
–Hace unos meses, una mujer en Villa Encina «desapareció» –dijo Guzmán, repitiendo el discurso que había preparado antes de llegar–. Alba Soto. Vivía con su sobrina en las afueras. Quizás no escuchó de ello. Es un caso de repercusión mediática baja. Al año, desaparecen más de mil personas en el país. Para las autoridades es algo rutinario.
Se acarició el mentón antes de continuar.
–Estuve ahí cuando sucedió, y puedo asegurar dos cosas: Alba Soto murió esa noche, y no fue algo humano lo que la mató.
Correa se detuvo en una foto que le llamó la atención a Guzmán.
–¿De dónde sacó esto?
Guzmán se acomodó en su asiento. Era una foto del cuerpo de los Vial. La escena aún le producía arcadas.
–Justamente por eso es que he venido a verla.
Correa asintió. Cruzó los dedos frente a su rostro y escuchó a Guzmán en silencio. Le contó el vínculo que tenía con el caso de su tío, de la muerte de los Vial, del monstruo que los atacó a él y a Ignacia, la luz que emanó de su cuerpo, guardándose la información del diario de Andrea y sus sospechas de que se podía tratar de una secta.
–He leído sus teorías sobre lo mitológico y la transculturalidad. ¿Lo dije bien?
Correa asintió.
–Creo entender el concepto de los Antiguos, y sospecho que se trata de uno de ellos.
–Sí y no.
–¿Cómo?