Un campo de flores muertas 5 #4
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A un par de metros del auto se desvió y cruzó la valla que delimitaba el terreno de Rómulo Parra. Guzmán corroboró que nadie los observaba. Las luces de la casa de Parra estaban apagadas. Temía que el próximo estruendo viniera de la tierra y no del cielo. Vial avanzaba a un ritmo constante, el mismo que había mantenido desde que Guzmán lo descubrió. No parecía preocupado por estar en propiedad privada.

Entonces, Guzmán recordó dónde había leído sobre ello. Estado inerme. Así lo llamaba Tapia en sus notas. «Una condición que afecta a los imbuidos por lo que habita más allá de la muerte». Ukunft. La explicación de Tapia era tan detallada como ambigua. «Afectados» y «bendecidos» aparecían en la misma oración, así como «elevados a una condición inmaterial que los acerca cada vez más a la fuente de la vida eterna». ¿Qué quería decir eso? «Síntomas (¿o consecuencias?): adormecimiento, pérdida de percepción espacial, catatonia, aplanamiento afectivo».

El techo del auto era martillado por una infinidad de mazos caídos del cielo. Tenía la mano apoyada en la manilla de la puerta, listo para actuar. Vial deambulaba por el campo de Parra con una dirección más que clara: el bosque de la masacre. Recordó los corderos abiertos sobre la pira, sus pieles quemadas, las cuarenta y ocho cabezas vigilando, sin ojos, sin esperanza.

El rebote de su pie balanceaba el vehículo de un lado a otro. Las manos le temblaron al tocarse el rostro en un reflejo poco meditado. Vial estaba a metros del inicio del bosque. Tenía que tomar una decisión. Si entraba, lo perdería, y lo que fuera que acechaba dentro de esa masa vegetal no dudaría en arremeter contra el intruso.

Sin darse cuenta abrió la puerta, saltó la valla y corrió tras Vial. Como si le hubieran ordenado, Vial aceleró, adentrándose en ese laberinto de troncos y raíces que esperaban el primer descuido para devorarlos en su interior. Guzmán trató de seguirle el paso. El hombre iba dejando un rastro de ramas rotas y huellas en el barro. La luz se volvía un recurso cada vez más escaso. A su alrededor, el bosque gemía, fracturándose para ser oído. Las raíces se extendían rozando sus tobillos. Sintió un ardor en la mejilla. Las hojas lo castigaban al pasar corriendo junto a ellas, azotándolo con una fuerza insondable.

Un crujido lo asaltó por la derecha. Se giró y apuntó el arma a un árbol. Bajó el arma entre la vergüenza y el horror.

Seguir a Vial era su único camino.

De pronto, creyó ver una sombra por el rabillo del ojo. Apartó la vista del camino por una fracción de segundo. Estuvo a centímetros de chocar con un tronco que lo habría dejado ensartado con sus ramas como lanzas. Desvió una varilla que iba directo hacia su rostro cuando una silueta informe amenazó con cruzarse. Guzmán estaba seguro de haber visto una rama moverse azotada por el viento, un tentáculo que se fundía con el bosque y su naturaleza infame. Su cuerpo le pedía regresar. Sus movimientos se volvían toscos, las extremidades inestables, mientras su mente iba de un peligro a otro. Un matorral se aferró a su pierna y lo arrojó a una piscina de barro. Se levantó apenas tocó el suelo, pero Vial había desaparecido.

Al principio se quedó quieto, esperando oír alguna pista que le indicara por dónde seguir. El golpeteo de la lluvia contra troncos y hojas confundía los sonidos del bosque con los truenos y algo más. La luz nocturna apenas entraba. Se limpió la cara con una mano igual de sucia. El rumor de unas voces apareció en su mente como si estuvieran susurrando en su oído. No era viento; era un eco reptante que exigía su atención.

El crujido de unas ramas lo obligó a voltear. Solo encontró los resquicios fantasmales de lo que se ocultaba en ese laberinto infinito.

Un nuevo resplandor iluminó los árboles que lo rodeaban.

A lo lejos reconoció la silueta de Vial.

Estaba de pie bajo la cueva vegetal del otro día. Alcanzaba a ver los restos rituales, la carne plagada de gusanos buscando un nuevo huésped del cual alimentarse, y esos extraños seres que bailaban a su alrededor. Lo observó durante varios segundos. No se movió ni se inmutó por la presencia de los pequeños y su fosforescencia anómala. Guzmán se acercó, cuidando donde pisaba. Llevaba su arma de servicio en una mano, listo para detenerlo cuando una procesión orgánica se abalanzó desde los matorrales. Si no fuera por la noche en que Alba Soto fue devorada, lo habría creído imposible. El ser infestado de pústulas reventadas hizo desaparecer a Vial de un latigazo. Una infinidad de patas membranosas se aferraban al suelo entre chasquidos y murmullos silentes. Su cuerpo barría los restos del ritual, desmoronándose con el azote del bosque. Se regeneraba a una velocidad ridícula, rechazando toda lógica y ley física que regía la vida de Guzmán hasta ese momento.

Un rugido hizo temblar la noche.

Ahora todo daba igual.

Pensó en su viejo, en Parra y su familia, en la pobre Ignacia, en la gente de Villa Encina.

Debían huir.

O quedarse. Enfrentarlo.

No lo sabía.

Quería dejar de temblar. No podría volver a soñar si eso seguía existiendo.