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–Valdivia, Chiloé, Aysén. ¿Cuánto te costaron los pasajes? Porque de seguro los pagaste de tu bolsillo.
Guzmán desplegó los papeles sobre la mesa de centro, ignorándolo.
–¿Y qué sacaste? Nada. Que te suspendieran y un sumario interno. Hay que ser bien hueón para andar gastando la plata así. –Se fijó en la carpeta que abría en ese momento–. ¿Qué es eso?
–Uno de los informes de tío Carlos.
–¡Oye! ¡Escucha! –gritó antes de golpear la mesa–. Sotomayor te sacó del caso. Se lo dieron a otro. Entiende: no tienes nada que hacer ahí. Ahora trabajas para Sepúlveda en migraciones, ¿o me equivoco?
–¿Te suena el nombre de Helena Correa? –preguntó Guzmán. Levantó la cabeza y se encontró con la reacción que esperaba. Los labios del viejo eran una línea blanca que acentuaba sus arrugas.
–¿Por qué…?
–Varios magísteres, dos doctorados en estudios de humanidades por universidades en Europa y Asia. Su línea investigativa se asocia al estudio de los mitos, la religión…
–¡Te estoy hablando!
–… y las culturas nativas americanas. Publicaciones, viajes, congresos. Y luego, nada. –Rio, sarcástico–. Trabajó en varias universidades chilenas: la USACH, la Chile, Católica, Austral, de Concepción. En 1996 se le pierde el rastro y varios de sus registros desaparecen. Edad: desconocida.
–…
–Rut: desconocido; domicilio: desconocido. Y espera, que ahí no termina. –Dio vuelta la página antes de continuar–: Salidas del país autorizadas por migraciones en 1998, dos en 1999, una en 2001, dos en 2004, y así hasta hoy. Hasta antes de tu retiro todas tenían el timbre de Aldo Guzmán.
Quitó la vista del documento y la centró en su papá. Parecía una tetera hirviendo.
La lluvia asediaba las planchas de zinc, retumbando por toda la habitación.
–¿Me puedes explicar qué significa?
–Te estás metiendo en hueás que no te corresponden.
–Rut: desconocido; domicilio: desconocido. Y espera, que ahí no termina.
Dio vuelta la página antes de continuar.
–Salidas del país ¿Qué dice esto? Tranquilo, papá, vamos a leerlo juntos. «Carlos Guzmán, detective en retiro. Comentarios: mantener bajo vigilancia por desacato y sublevación, además de filtrar información confidencial a la prensa que pone en riesgo a personas de interés. Su hermano, Aldo Guzmán, facilitará toda la información que sea capaz de recabar. Estado: desaparecido». ¿Algún comentario? No te pares, no es necesario. Conversemos.
El viejo se volvió a sentar lentamente para resguardar la integridad de su cadera. Sus ojos eran dos volcanes que amenazaban con entrar en erupción.
Vamos, habla, pensó Guzmán al verlo rojo.
–¿Dónde encuentro a Correa?, preguntó Guzmán.
Mantuvo los labios pegados en una línea fina, fulminándolo con la mirada.
–¿Qué significa «desaparecido»? ¿Por qué no dice «fallecido»?
Era experto en guardar silencio cuando no podía continuar una disputa sin asumir la derrota. De pequeño, Guzmán le discutía con argumentos cada vez más sólidos, pero su papá se remitía a alzar la voz e imponer su autoridad, mandándolo a dormir tras un correazo o lo que tuviera a mano. Su madre y él le guardaban un respeto infundido por el miedo.
Tenía que atreverse a cuestionarlo.
–¿Por qué traicionaste a tu propio hermano?
–Cállate.
–Viejo culiao. Eres un cobarde.
–Mira quién habla. Don responsable.
–Deja de evadirme.
–Fueron órdenes –le espetó, con el ceño cada vez más pronunciado.
–¿Vas a escudarte siempre con eso? Tu vida ha sido eso: órdenes. Faltaste a casi todos mis cumpleaños. Lo mismo para tus aniversarios de bodas con mamá. ¿Acaso esperas morir así?
–¡¿Qué te has venido a creer?!
Mierda, aquí vamos. La vena de su cabeza palpitaba, amenazando con reventar.
–Resuelves un par de casos y te crees la estrella que puede romper las reglas. Hay protocolos, normas, superiores que te dicen qué hacer.
Tosió, tapándose la boca para evitar que se le salieran los pulmones.
–Lo que pase conmigo, la institución y lo que se me ordena es asunto mío.
Guzmán sabía en lo que se metía.
–Me he esforzado toda la vida para que no seas como el tiro al aire de tu tío. Ah, pero al niñito le gustan los héroes. Esto es el tuyo: alcohol, drogas, soledad. ¿Acaso es eso lo que quieres? ¿Tu modelo a seguir? Porque, si es así, te informo que terminarás igualito que mi querido hermano.
–Viejo, corta ya.
–¿Por qué no te buscas una mujer, te casas, compras una casa y vives en paz?
–Te vas a arrepentir.
–¡Ah, claro! Él, el dueño de la verdad, el único que puede hablar. Tú y las generaciones nuevas no entienden nada de responsabilidades. ¿O ahora te harás cargo de lo que le pasó a tu madre?
–Te estás pasando.
–Y si me paso, ¿qué? La instrucción era una: cerrar la puerta cuando salieras. Solo tenías que usar esto –dijo enterrándose un dedo en el cráneo–. Y aun así tienes el descaro de ir a verla al cementerio. No sabes cuánto daría porque que hubieras sido tú y no ella.
Se quedaron en silencio mirándose el uno al otro. Guzmán apretaba la mandíbula cuidando no morderse.
Tomó los papeles y trató de guardarlos en sus respectivas carpetas. Las manos le temblaban, y el mareo no le permitía concentrarse. Devolvió todo como pudo a la mochila y caminó hacia la puerta.
Por su cabeza desfilaron los recuerdos del Servicio Médico Legal metiendo el cuerpo de su madre en uno de sus furgones blancos. Después vinieron los interrogatorios, los meses sin dirigirse la palabra, la culpa que crecía cada vez que cruzaban miradas en el pasillo. Él había sido el último en salir de casa. La policía le pidió que participara en el reconocimiento de sospechosos. Los identificó en cosa de segundos. Ladrones cualquiera. Carteristas que pasaban por su calle cuando lo vieron salir y dejar la puerta abierta. Sacaron un par de joyas, la chequera de papá, el efectivo bajo el colchón. Hasta que se encontraron con mamá. Tres disparos fueron suficientes. En cosa de segundos abrieron una herida que no cerraría nunca.
Salió de la casa sin dirigirle la palabra. Se había excedido provocando a su padre y este le había ganado en su propio juego.
Se sentó en el auto antes de que su cuerpo cediera. Aplastó la cajetilla en su puño para contener el llanto.
La figura que se desplazaba entre la lluvia le hizo soltar la cajetilla. No la habría reconocido de no ser por el rayo que encendió la noche en un estallido de violencia. Su caminar era irregular, letárgico, como si arrastrara un peso invisible que solo él comprendía. Pasó de largo sin prestarle atención. Agradeció estar dentro del auto para mantener una distancia prudente y segura.
Estaba preparado para soltar el aire cuando una segunda explosión le mostró el rostro de Héctor Vial. Parecía confuso, absorto del mundo que lo rodeaba, como si la noche no fuera suficiente para obligarlo a cubrirse del llanto del cielo. Guzmán procuró no hacer movimientos involuntarios, controlando hasta el más mínimo músculo de su cuerpo. El rostro de Vial estaba fracturado, enajenado de la realidad, impulsado por una fuerza que se le hacía imposible de comprender.