5 #2
El temblor de sus manos no le permitía pensar con claridad. Apretar el celular contra su pecho ya no era de ayuda. Lo sentía ajeno, fuera de sí. A su lado, el informe médico descansaba como la prueba definitiva de un crimen. Volvió a revisarlo. Le costó pasar las páginas, como si hubieran ganado peso en los últimos minutos. Quería estar segura antes de llamar a Matías.
Un perro callejero se acercó a olerla y se recostó a sus pies. Ignacia se inclinó y lo acarició entre las orejas, ignorando la voz de tía Alba que le repetía su prohibición de hacerle cariño a los animales de la calle. El perro sacó la lengua mientras la observaba con ojos que juzgaban la amabilidad de su gesto. Creyó que asomaba una insinuación de sonrisa. Ella también quiso sonreír, pero el temblor no se iba, y sus labios se negaban a forzar la mueca.
Una madre y su pequeño pasaron junto a ella. Hizo el amago de esconder el informe. Qué tonta, pensó al verlos correr hacia el resbalín de metal mientras apuntaban al perro y reían, ignorándola. Dos. El pequeño se reía al deslizarse por esa lengua metálica. La mujer lo llevaba de la mano desde que decidía lanzarse hasta que aterrizaba en la tierra. Ignacia sentía ese cariño con distancia. Siempre dos. Por más que se esforzara, no encontraba recuerdos así.
Tomó aire y esperó a que la llamada conectara.
–¿Inna?
La respuesta la tomó por sorpresa. No recordaba la última vez que habían hablado. La voz que salía por el auricular sonaba distante, extraña, un nuevo sonido que ingresaba a su registro de voces. Una descarga de adrenalina la recorrió, apretando aún más el nudo que sentía en la garganta. Quería gritar, llorar, reír. Volvió a tomar aire y se contuvo antes de responder.
–Mati.
Pronunciar el nombre hizo que su corazón se detuviera por un pequeño instante. Necesitaba tenerlo a su lado, besarlo, perderse juntos en un bosque, como solían hacer antes de todo.
–¿Todo bien? Te escucho bajoneada.
–Sí, todo bien –dijo, evitando que la voz se le quebrara.
Un silencio se cruzó por la línea. Por más que lo meditó, no decidió cómo le contaría. Tonta tonta, pensó, rogando que la tierra se la tragara antes de que Matías dijera algo.
–¿Inna?
–Estoy embarazada.
Un hormigueo la obligó a frotarse las manos en un intento por eliminar esa sensación. Hizo un recuento de todas las formas en que pensó contar la noticia. Decirlo sin preparar a Matías no estaba en ese listado. Si la tierra se la iba a tragar, ahora era el momento. Las mejillas le ardían, y no dejaba de pensar en los peores escenarios tras soltar la noticia de esa forma. Tonta tonta ton…
–¿Es… en serio?
Ahí viene. Va a terminar conmigo, pensó.
–¿Aló? ¿Inna?
–Lo siento –susurró.
Revisó si el piso no se abría aún.
–Por favor, dime algo.
–Es verdad.
Se secó las manos en los pantalones. No quería que se le cayera el teléfono y llamar la atención del resto. La madre y su hijo armaban un castillo en el arenero.
–Pero… Nosotros… ¿Cómo?
–¡No lo sé! –soltó, luchando contra el nudo en su garganta–. Fui a ver a mi papá…
–¿A tu papá?
–¡No sé cómo supo antes que yo! No quise creerle.
Había empezado a sollozar sin darse cuenta. Las lágrimas se alojaban en sus párpados sin atreverse a caer.
–Después de eso empezaron los vómitos. Me hice un test casero, de esos que venden en la farmacia. El médico lo confirmó hoy.
–¿El médico?
–Tengo cuatro meses, y no sé qué haré, porque tú estás allá y yo acá, y aún no le digo a mi tío, y no sé cómo lo alimentaré, ni cuidar un bebé, y el colegio… la universidad y…
–Inna.
–Ay, Mati, ¡no sé qué está pasando!
–Inna, ¡basta! –rugió.
Ignacia apretó los puños en un intento por evitar decir algo más. Sentía la respiración de Matías en el auricular. ¿Por qué no decía nada? ¿Acaso se había equivocado al decirle? Quizás debería haberle dicho a Guzmán primero. Cerró los ojos y contuvo la respiración, esperando que él tomara la iniciativa, pero el tiempo dilataba su respuesta, abriendo su mente a nuevos pensamientos intrusivos, como una alarma que nadie sabía apagar.
–Oh, ¡no sabes lo feliz que estoy!
¿Qué?, pensó, sorprendida.
–Por favor, dime que no es una de esas bromas de YouTube.
–No. Pero Mati…
–¡Vamos a ser padres, Inna!
Creyó que la tierra se ablandaba, tragándosela de a poco, como las arenas movedizas de las películas.
No esperaba esa reacción. Creyó que la terminaría por teléfono o que le pediría explicaciones que no tenía cómo dar. Su voz le llegaba lejana, apagada, como si estuviera bajo una masa de agua que amortiguaba el sonido. Se le escuchaba feliz, movido por la emoción del momento mientras sugería planes, nombres y el color de la habitación. Las comisuras de sus labios hacían el intento por subir. La felicidad de su pololo era contagiosa, pero la culpa no dejaba de comerla por dentro. ¿Por qué no había podido reaccionar como él?
–¿Julio? ¿Mario? ¿O Sebastián? Y si es niña, ¿Ofelia? ¿Mirta? ¡Tenemos mucho que conversar! ¿Prefieres que me mude a Puerto Carrera?
–¿Qué? ¡No! ¿De qué estás hablando?
–Inna, no puedes criarlo sola. Ya sé: ¡ven a vivir con nosotros! Te podemos habilitar la pieza de mi hermano. Papá tiene aprobada una ampliación donde podemos hacer la pieza del bebé.
Su propuesta la sorprendió, como un golpe seco en la cabeza. La lengua se le trabó. Las palabras no le salían, aunque realmente no sabía qué decir. El entusiasmo de Matías no la dejaba pensar.
Tampoco sabía cómo reaccionaría tío Germán. Él sabe… Sabe que es peligroso que seamos dos.
–¿Inna?
Tenía que pensarlo. Pero no quería hacerlo. Quería decirle que sí, volver a Villa Encina, criarlo alejada de la ciudad.
–Tengo que conversarlo con tío Germán…
–¿Eso es un sí?
Una risa escapó de forma involuntaria.
–Es un «tengo que conversarlo aún». No seas ansioso.
–No es un no, así que iré preparando todo.
Del otro lado, Matías gritó de felicidad.
–Mati, te amo.
–Y yo a ti. Estaremos felices de tenerte aquí.
Cortaron.
Sintió un rayito de esperanza crecer en su interior. Quizás ese bebé podía ser una verdadera bendición. O no.
Observaba la casa con el motor del auto encendido. El repiqueteo de la lluvia le ayudaba a pensar antes de entrar. Revisó la cajetilla. Quedaban dos. Estaba llegando al límite que él mismo se había impuesto. Maldito viejo, pensó, culpándolo por obligarse a fumar cada vez que lo visitaba. Aspiró el humo del cigarro, abrió la puerta y arrojó la colilla junto a un charco, dejando que la lluvia lo apagara.
Corrió el portón lo suficiente para entrar. Las siluetas de Mike y Thor se desplazaban inquietas bajo el alero que los cubría de la lluvia, ladrando al desconocido que volvía tras meses sin visitarlos. A mitad de camino, la cara de su papá se asomó tras una cortina. Guzmán hizo un gesto con la mano. La cortina se cerró sin recibir respuesta.
Mike se acercaba a recibirlo. Primero le gruñó. Cuando lo reconoció, dio media vuelta y lo acompañó hasta la puerta. Thor esperaba ladrando al resguardo de la lluvia.
Tiró de la cadena que hizo sonar la campana. Se limpió los pies en el felpudo que su papá se negaba a cambiar. Thor se había comido un buen pedazo, y los pelos de los perros formaban una capa de otro color.
La puerta se abrió hasta que la detuvo un sonido metálico. El ojo de Aldo Guzmán lo analizaba desde el otro lado.
–Ah, Tomás –dijo con voz ronca.
Guzmán no sabía si su reacción era de disgusto o sorpresa. Con él todo era posible.
–Pasa. Que no se metan los perros.
Dentro, la mezcla entre naftalina y cera de muebles de siempre le hizo arrugar la nariz. La luz de la cocina cambiaba de intensidad con los movimientos del viejo. El golpeteo de unas galletas sobre un plato anticipó la pregunta de si prefería té o café.
–No te preocup…
–¿Té o café?
–Café, gracias.
La decoración era la misma de la casa en Puerto Carrera. El sillón de mamá, los jarrones de la abuela, las réplicas de Doré y Durero que compraron en un viaje a Santiago. En el librero, las mismas ediciones de Crimen y castigo o Los mitos de Cthulhu que tanto le gustaban de pequeño. Todo estaba igual que hace quince años.
El viejo esperaba en la cocina a que la tetera hirviera. Guzmán se sentó en el mismo sillón que ocupaba cuando hacía su visita semestral. Lo escuchó toser. Probablemente su papá era la persona menos creativa que había conocido. Su vida había consistido en seguir órdenes, ir al día con las cuotas del banco y «llegar con pan para la mesa», como le repetía cada vez que conversaban. «La decoración es cosa de mujeres», le dijo cuando lo ayudó a mudarse a las afueras de Villa Encina.
En la televisión, el presentador anunciaba un robo a mano armada en a una joyería de Valdivia.
–Este país se cae a pedazos –lo escuchó quejarse desde la cocina.
En una mesita junto al sillón, varias tiras de medicamentos esperaban entre recetas y exámenes médicos. Una taza de té cargado y un pan con queso alteraban la ecuación.
–Eso es cerca de la casa del Loco Mancilla –dijo su padre.
Salió de la cocina cargando la tetera y una taza con diseño de conejos saltarines. Tenía el ceño fruncido, y refunfuñaba al torcer la boca en un gesto desagradable, como si se hubiera comido uno de los cigarros de Guzmán.
–Ahí cerca mataron a un tipo por el 2008. Lo pescaron entre tres y le abrieron la tráquea. Este país está patas pa’ arriba. El Piñerita nos engañó a todos. ¿Qué traes ahí?
Guzmán sacaba las carpetas que había rescatado de los archivos de la PDI.
–Estoy en un caso.
–No estás en un caso –rugió sin apartar la mirada–. Sotomayor ya me dijo.
Era de esperar que le avisaran.
El fiscal a cargo lo había apartado del caso antes de su última visita a la casa de los Vial. «Exceso de implicación», argumentaba el informe que le leyó Sotomayor, donde exponían sus llamadas a Ignacia Tapia y el intento por vincularlo con el caso de su tío. Cuando Sotomayor supo de su incursión en los bosques de Rómulo Parra y le explicó cómo se conectaban los casos, subió y bajó a Guzmán sin miedo a que el resto de la comisaría los escuchara.
–¿Qué fuiste a hacer a Osorno?
–Papá, no tenemos que hablar de eso.