5
El gendarme encargado de escoltarlo cerró la puerta al salir. Nadie hablaba, solo los observaban, curiosos, voraces, tratando de adivinar quién visitaba al psicópata de Valle Grande.
–Nachita –dijo Manuel con una sonrisa.
No parecía sorprendido, como si hubiera estado esperando su visita.
Esa única palabra bastó para perforar sus defensas. Se había preparado para ese momento, pero el frío que subía desde la base de su estómago se volvía cada vez más incómodo.
Se examinaron en un duelo de miradas, inspeccionando al otro en busca de algún microgesto que revelara sus intenciones.
Esto fue un error, pensó Ignacia al reprimir las ganas de huir que despertó el oír su nombre en boca de ese hombre.
–Cómo has crecido.
Las ojeras volvían su rostro más profundo. Sus labios formaban una mueca temblorosa a medio camino entre una carcajada y un llanto contenido. Inclinaba la cabeza como si quisiera esconderse detrás de su hombro.
Era él. El hombre de sus pesadillas.
–¿Qué me has traído? –preguntó, extendiendo sus manos sobre la mesa que los separaba–. ¿Droga? ¿Cigarros? ¡Alcohol!
Se rio, ocultando la sonrisa entre sus manos en un gesto infantil.
–Perdón. Siempre quise decir eso.
El pelo parecía arder sobre su cabeza, un nido revuelto por lenguas anaranjadas que vibraban con cada cambio de expresión. Unos mechones le caían por el costado del rostro, enmarcando las líneas de expresión que se extendían por su piel. Ignacia trataba de contener sus ganas de hacerlo terminar con su juego de manos que la mantenía incómoda.
Sus ojos eran los de un niño travieso. No expelía esa perversidad que otros en la habitación ni se esforzaban por ocultar. Ignacia desvió la mirada al notar una opresión en el pecho que le dificultaba respirar. Un destello de compasión la traicionó. No quería admitirlo: algo en él no coincidía con el monstruo de sus recuerdos.
Debo salir de aquí, pensó Ignacia al verlo perseguir con la mirada el vuelo de un objeto invisible.
—Necesito preguntarte algo.
Manuel ladeó la cabeza y la sonrisa se esfumó. Sus ojos evaluaban cada gesto de Ignacia en un intento por descifrar sus intenciones.
Ignacia sintió un cosquilleo en la base del cuello. Rápido, pensó al sentir tensión en sus cuerdas vocales.
–¡Oh, sí! ¡Preguntas! Me gustan las preguntas.
Manuel volvía a sonreír. La observaba con unos ojos que solo podían pertenecer a alguien que ha renunciado a la cordura.
¿Está… feliz?, pensó al verlo acortar la distancia que los separaba. Quiso tragar, pero los músculos de su cuello estaban empecinados en estrangularla.
–Necesito… Necesito saber por qué hiciste…
–¿El ritual? ¡Bah! ¿No es obvio? –Se enderezó en su asiento y revisó en todas direcciones antes de cambiar su tono y continuar–: Solo aceleramos lo inevitable.
Ignacia hizo una pausa antes de continuar. Necesitaba tomar aire. El cambio de personalidad de Manuel Tapia la tomó por sorpresa. El brillo en sus ojos lo hacía parecer alguien completamente diferente.
–¿A qué te refieres? –preguntó–. ¿Qué es lo inevitable?
–Oh, pero mi niña, –dijo volviendo al tono infantil–, ¿cómo es que no lo sabes? Por cosas como estas es que me deberían dejar tu custodia.
Ignacia arrugó su falda entre sus manos. El juez lo había sugerido. Libertad condicional. Una oleada de calor hizo crecer el mareo.
–¡Es el señor! La naturaleza inexplicable, el caos infinito, el pulso ciego del cosmos.
–No… entiendo.
–Ukunft, mi niña, ¡Ukunft!
La repetición del nombre le repugnaba, pero no más que le dijera «mi niña». Lo vio enderezarse en su asiento mientras hacía tronar su cuello antes de ponerse serio.
–Él revelará la verdad de este mundo. Abrirá la puerta de lo oculto, erradicará nuestro dolor y sufrimiento. Iremos juntos a su hogar eterno, donde nos dará descanso, nos recompensará por ser justos y creer en él. ¿Es que acaso tu madre no te ha hablado de él?
–Mamá murió.
–Oh, ¡mierda! ¿Por qué nadie me dijo?
Se le apretó el estómago cuando lo vio alzar los brazos. Al verlo tirarse del pelo mientras emitía un gemido que alertó al resto de la habitación se paralizó. Una de las guardias tenía la mano en su arma, esperando las indicaciones que le llegaban por el radio transmisor. Las manos de Manuel cayeron sobre la mesa que los separaba. Creyó ver el brillo de una lágrima asomarse en los ojos del hombre. Ignacia notó cómo sus dedos se relajaban. Tiró hasta separar las uñas de sus palmas.
Manuel susurró al aire, como si hablara con alguien más.
–La incubadora –seseó, conteniendo la pena.
La palabra «incubadora» la partió en dos: el estómago se le tensó, y su boca quedó paralizada en una sonrisa fingida.
–Ya no servía para traerlo, pero sí para hacer las pruebas.
–¿Incubadora? ¿Pruebas?
–Shh-shh-shh.
–Se llevó un dedo a los labios. Se acercó sobre la mesa, observando a los gendarmes.
–No nos deben oír.
–¡Tapia! –gritó la gendarme.
–Sí, sí, sí. Lo siento, lo siento, lo siento. Me comportaré, lo juuuuro.
De un momento a otro, había recuperado el ánimo de antes. La gendarme que lo reprendió volvió a su lugar. Aún tenía su mano sobre el arma.
–Ella, tú, Bruno –repasó con los dedos, frenético, antes de continuar–: no sé si Alba y Germán. ¡Quizás! No alcancé a comprobarlo. Si fuera así, tus primos también… Habría que probar con los primos de tu madre. La sangre correcta es escasa. Quizás hay más por el mundo. Siempre hay otros… No, no, no; el linaje se corta. Ustedes, sí, ustedes son.
–No estoy entendiendo.
–¿Dónde quedaron tus modales? Tienes que pedirlo con «poooor favor», mi niña.
–¡Corta ya con eso de «mi niña»!
Manuel se recogió en su asiento. Se toqueteó el cuerpo, tratando de ocultarse tras esos brazos escuálidos. La miraba con un brillo en los ojos, sacudiendo la cabeza como si no pudiera creer la reacción de su hija.
–Se movió –dijo señalándola con un dedo que parecía salir de su frente.
El rostro de Manuel Tapia iba del miedo al alivio como si fueran la misma emoción. Ignacia lo vio murmurar algo que no alcanzó a oír. «Embarazo… el vínculo», creyó leer en sus labios, pero rápidamente volvió a perder la cordura.
–¿De qué hablas?
–Tu hijo.
–Hij… ¿Qué? ¿De qué estás hablando?
–Eso –dijo haciendo girar el dedo, apuntando su vientre–. Se mueve. ¿Cuánto tiene? ¿Uno? ¿Dos meses?
Se miraron sin pestañear. Quería entender, a pesar de que la respuesta era obvia. El mundo se había reducido a la palabra «hijo». En ese momento abrazaba la posibilidad de que fuera otro delirio.
De un segundo a otro, se paró sobre su silla y apoyó un pie en la mesa, dando saltos con cada exclamación.
–¡Está embarazada! ¡Seré abuelo! ¡Seré abuelo! –gritaba Manuel moviendo las manos con las esposas que le limitaban el movimiento.
Un par de gendarmes se acercaron y se lo llevaron. La sala se convirtió en una celebración de los presos por el anuncio de Manuel, golpeando mesas y aprovechando la distracción para intercambiar los regalos que no les permitían ingresar.
Una gendarme tomó del hombro a Ignacia y le pidió que la acompañara.
Los gritos de Manuel llegaban como ecos que revivían a pesar de las puertas que los separaban, anunciando su embarazo, dándole las gracias a Ukunft, que pronto lo podrían traer para liberar a este mundo de su miseria.
En la salida, Ignacia perdió las fuerzas, sus piernas cedieron y cayó al piso. La gendarme la ayudó a ponerse de pie, preguntándole si se sentía bien, si podía ayudarla. Ignacia negó con la cabeza. Sentía la garganta hecha un nudo, dispuesta a permanecer así hasta que se alejara de la penitenciaría y de su padre.
Un único pensamiento ocupaba su cabeza: si era verdad lo que decía su padre, y rogaba porque no lo fuera Ignacia; sus cómplices irían tras ella.
Dos. Ya lo había dicho Guzmán. Y si lo que su padre gritaba por los pasillos era cierto, esa nueva vida era todo lo contrario a un regalo.
Nos miramos durante unos segundos que parecían nunca terminar. Ella, en silencio, me pedía que tomara la iniciativa. Ninguno de los dos quería. Algo había en sus ojos que me hacían dudar. Más de quince años sin que el viejo teléfono sonara, esperando que me orientaran, que alguien se acordara de mi misión, mientras veía los hierbajos crecer, las estaciones morir, mi lucha contra el moho, contra la soledad, el delirio, la niña que dejaba de ser niña para convertirse en mujer, y la mujer en anciana, como yo, que había dejado de ser esa joven promesa, dedicado completamente a su búsqueda, decidido a cambiar la historia, a traerlo para lograr el cambio. Del otro lado, su voz me recita el código, bienaventurado el que lo busca, bienaventurado el que lo halla, le respondo, sorprendido por su memoria, por su dedicación, quince años, pienso, dieciséis, me corrige, más lúcido que cuerdo, con su risilla que se filtraba entre dientes, y yo que no sé qué decir. ¿Acaso…? Sí, me responde antes de que pueda terminar. ¿Cómo?, aparece la pregunta en mi cabeza, y él me responde de la misma forma, que no es lo que importa, me susurra como si estuviera a mi lado, fijando la idea en algún lugar de mi inconsciente. Está lista, celebra del otro lado de la línea, conteniendo la emoción, las ganas de gritarlo, asegurándome que viene el segundo, los acabo de ver, yo mismo lo confirmé. Me cuesta creerle. Ya nos mintió una vez, hace quince años, dieciséis, me vuelve a corregir, y no les mentí, les expliqué, del linaje, de los astros, que más no es mejor, sino que deben ser ellos, y con ellos me refiero a dos, no a uno, ni tres, ni cuatro, porque dos es el número, la dualidad, la unión y eternidad, el inicio y el fin, uno lo trae, el otro lo contiene, el campo y la flor que crece. ¿Cuánto? Da igual. Se puede adelantar. Dile al chico que se prepare para esa noche, que el fruto de su semilla será el temblor en la grieta, la llama que no arde, el devorador del equilibrio, y que esa noche todos seremos libres.