Un campo de flores muertas 4 #5
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29 de mayo, 1996. La investigación de Manu Tapia y de La doctora, como quiere que la llamen ahora, está perdida. Algunos saben de cosas que les contó Manu, pero no es suficiente para traer a nuestro señor. Esa noche él tenía todos los elementos: el San Cipriano, la daga, el talismán de Mercurio. El detective se lo llevó todo. Estamos en un punto muerto. Tendremos que empezar de cero.

14 de julio, 1996. Lo tenemos encima. El otro día casi atrapó a Cox. Tendremos que desaparecer por una temporada.

22 de noviembre, 1996. La doctora dio su aprobación para agregar su nombre.

30 de diciembre, 1996. La doctora nombró a Isi y Mari encargadas de recuperar la investigación. Vieja de mierda.

15 de enero, 1997. Los enviados ya hicieron lo suyo. Los siete sellos fueron suficientes. Espero que con esto se termine el acoso y podamos volver a la práctica.

De día la casa de los Vial fingía ser otra. Los últimos destellos teñían los muros de violetas y dorados, un brillo que incomodaba a Guzmán al recordar las muertes de los pequeños. En una ventana, el cartel de «Se vende» se erigía como una sentencia de muerte. Héctor Vial había optado por vivir en un hotel mientras se concretaba la venta. Lógico, pensó. ¿Quién podría dormir tranquilo en un lugar como ese?

Esperó a que no hubiera nadie en la calle para bajarse del auto y caminar hasta la entrada de esa cripta abandonada. Dentro, las fotos familiares aún colgaban de las paredes. Eran como cuervos custodiando los bienes del único que quedaba vivo. Nadie había vuelto desde esa noche. El olor lo delataba: una nube de polvo esperaba suspendida en un estado liminar, como si la casa contuviera el aliento. Se detuvo en una foto donde salía la madre. Su rostro le parecía conocido, pero no lograba recordar dónde lo había visto. Su padre siempre repetía que todas las del barrio alto eran iguales: flacas, desabridas y teñidas, «para aparentar lo que no son».

Los vidrios crujieron bajo sus pies al entrar en la pieza matrimonial. Antes de huir, Andrea Tagle había vaciado el contenido de los cajones de veladores y cómodas, bloqueando el paso como trampas montadas para disuadir a los intrusos no deseados. El espejo detrás de la puerta era una red afilada y maltrecha, agrietada por el impacto de una jarra esparcida entre la cama y el ropero. Simulaba moverse cuando Guzmán respiraba. Recordó el informe forense que le habían entregado esa mañana: «No existen huellas ni pistas que ayuden a conducir al paradero de la sospechosa», rezaba en la conclusión.

El baño lucía diferente. Parecía de exhibición, impoluto y ordenado, como si recién hubieran terminado de construirlo. Guzmán se puso unos guantes de látex y abrió los cajones hasta dar con los de ella. Un escalofrío lo recorrió. Encontró un bolso de maquillaje, perfumes, cepillos de pelo y varias cremas. Examinó un cortaúñas. Nada. Ni huellas ni restos que pudieran servirle de algo.

Todo parecía estar en su lugar.

¿Por qué?

El baño estaba en completo orden, mientras que la pieza era un desastre. El informe forense hacía una breve mención a «unas gotas de sangre seca de origen desconocido que llevan hacia el baño». Encontró las marcas en la alfombra. Eran tres círculos pequeños que apenas se veían. Pero la cerámica del baño lucía intacta.

¿Por qué limpiar antes de irse?

Limpiar era una decisión, no un instinto. Era preparación.

Devolvió a la colección el perfume que tenía entre sus manos. El golpe devolvió un sonido apagado.

No debía sonar así.

Probó de nuevo, esta vez con los nudillos. Era un doble fondo. Quitó los otros perfumes hasta encontrar una hendidura que pasaba desapercibida. Levantó la plancha delgada para descubrir una agenda con una portada de aves.

Era un diario de vida. Contaba historias de pijamadas, primeros amores, borracheras, vacaciones con amigas, discusiones adolescentes con los padres.

El informe de inteligencia sobre Andrea Tagle no era extenso, pero sí detallado. Su padre, Roberto Tagle, se sentaba en directorios de cuanto rubro existiera: alimentación,

finanzas, metalurgia e incluso compañías aéreas. Su patrimonio incluía propiedades y terrenos en casi todas las regiones del país, además de pasivos que superaban el millón de dólares, sin considerar las empresas fantasmas en el Caribe para reducir impuestos. Como se decía de forma vulgar, estaban forrados. A su marido, Héctor Vial, lo conoció en el cóctel de una de estas empresas. Era el gerente y hombre de confianza de su padre. Jugaban golf martes y jueves, bebían whisky al almuerzo, mientras le llevaba la empresa como reloj suizo. Casarse con Andrea era el paso lógico después de integrarse al círculo reservado para familias con «buenos apellidos».

Y los muy hijos de puta usaron sus influencias para evitar que el nombre de su hija saliera en la prensa, pensó mientras pasaba las hojas.

De pronto, reconoció el nombre de Manuel Tapia entre apellidos alemanes y fiestas del barrio alto donde las reglas no existían y nadie preguntaba demasiado. Un escalofrío le recorrió la nuca al leer sobre intereses amorosos que después eran sacrificados para los experimentos de Tapia. Apenas tenía fuerzas para pasar las páginas. En mayo del 96 se lo llevaron detenido, y su nombre desapareció.

Guzmán notó una compresión de su estómago. La mano le tembló al pasarla por la hoja siguiente, como si el contacto lo ensuciara.

El diario terminaba en enero del 97; el mes que su tío «desapareció». Guzmán hizo el esfuerzo por no arrancar las páginas que arrugaba inconscientemente. Sentía el rostro caliente. Contuvo las lágrimas en un intento por mantenerse enfocado. Las náuseas tras leer la última entrada iban en retirada.

Se limpió la mejilla y revisó la hora en el momento exacto en que el teléfono fijo sonó. El timbre retumbó por toda la casa. Tuvo miedo de ser descubierto.

¿Descubierto… por quién?

Lo dejó sonar durante unos segundos. Creyó que no se callaría nunca. La grabadora replicaba la voz de Andrea Tagle invitando a quien llamaba a dejar su mensaje.

Demasiado gringo, pensó.

Primero, oyó una respiración que saturaba la bocina. Se quedó tieso, escuchando el choque del aire contra el micrófono que se repitió hasta que pronunciaron su nombre. No se movió de donde estaba, observando la habitación en busca de su acosador.

La respiración desapareció. No se oía ningún ruido. Guzmán giró sobre su eje buscando alguna pista de quién llamaba, hasta que volvió a repetir su nombre.

Tomó el teléfono y lo llevó hasta su oreja.

Se quedaron en silencio durante un tiempo.

Estaban jugando con él.

–¿Quién es?

–Detective Guzmán –dijo una voz distorsionada artificialmente, como si hablara desde el fondo de un tubo metálico–. Tanto tiempo.

Tomó aire antes de contestar.

–¿Nos conocemos?

–Oh, cierto. Es su sobrino.

Guzmán creyó que rompería el teléfono si las risas no se detenían.

–¿Quién habla?

–Ya has leído sobre mí. Tienes mi investigación en tus manos, además del diario de mi hija.

–La doctora.

–Bingo.

Pensó en los papeles que llevaba en la maleta del auto. Había pasado por el archivo de Puerto Carrera y solicitado la documentación del caso de su tío, Carlos Guzmán. El nombre de La doctora aparecía un par de veces entre referencias a Correa, Schenke o Eliade, mezclándose con las notas de Tapia. El caso se convirtió en un entramado de misticismo y prácticas poco convencionales. Tras leer el diario de Andrea Tagle, creía que La doctora y la madre de Andrea podían ser la misma persona. Pero su nombre no aparecía por ningún lado. Roberto, el padre, y Andrea aparecían mencionados en el diario, en el registro civil o en las memorias de sus empresas, pero de la madre no había rastro.

Era como hablar con un fantasma.

–¿Qué quieres?

–Advertirte.

–¿Sobre qué?

–Estás entrando en un viaje de ida.

Un viaje de ida…

–No tienes ni idea en qué te estás metiendo.

–Ya veremos si dices lo mismo cuando los atrape a todos.

–Es un reto entonces, detective Tomás Guzmán –aseguró antes de cortar.

–¡Hija de puta!

El tono del teléfono vibró en su oído hasta que colgó. Creyó oír la voz de La doctora repitiéndose desde los muros de la casa abandonada.

Sentía que la cabeza le explotaría en cualquier momento. Los oídos le palpitaban como si tuviera tambores en la cabeza.

Sabían que estaba en la casa.

Peor.

Sabían quién era.

Pero no podía dejar de sonreír. Su tío tenía razón. Manuel Tapia no era el único. Eran más, una secta probablemente, y por primera vez en años sintió que estaba exactamente donde debía estar.