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–Son… como lanzas que desgarran su piel. Pero… ¿qué es esto? La superficie es una especie de arenisca porosa. Al tacto parece suave, casi aterciopelada. Han deformado el rostro. Está… hinchado. Los ojos van a reventar de un momento a otro. El derecho aún sangra. Hay brazos. Por lo menos tres, o eso creo, aunque no estoy seguro de si a esas cosas se les puede llamar brazos. De la espalda le nacen dos protuberancias. Como extremidades atrofiadas. Es…
La estática cortó el audio antes de tiempo.
La llamada entró unos segundos después de que terminara la grabación.
Del otro lado, la voz de Guzmán sonaba agitada. Un pinchazo le llevó a tocarse el cuello. Sintió una presión en el pecho, un hormigueo en la piel, el estómago revuelto.
–¿Ignacia Tapia?
Una sonrisa se formó en su rostro.
–¿Detective Guzmán?
–¿Pudiste escuchar mi mensaje?
–S-sí. –La voz apenas le salió. Se levantó de la cama y paseó por la habitación que le había improvisado tío Germán. No esperaba su llamada. Después de sobrevivir esa noche, pensó que no volvería a saber del detective Guzmán–. Pero ¿qué se supone que es?
–La escena de un crimen.
Tragó saliva. Le costó.
–Lo grabé mientras revisaba en busca de pistas. Así no olvido los detalles.
–Es… horrible.
–Encontramos los cuerpos en una de las habitaciones. La madre es la principal sospechosa. Se dio a la fuga.
Desconocemos si hay terceros involucrados. Mi teoría es que se trató de llevar a cabo un ritual de algún tipo. ¿Salió bien? ¿Salió mal? No lo sé, pero es hacia donde apunta todo.
Veía el cuarto sin necesidad de haber estado ahí. Muros salpicados, círculos de sangre, flores vivientes.
–Espero no sonar como un psicópata, pero dejé un sobre en la puerta de tu casa. Ve por él, revísalo y vuelve, por favor.
Ignacia contuvo la respiración. ¿Un sobre? Sentía la boca seca. Algo le pedía que cortara la llamada.
Salió del cuarto, llegó a la puerta y encontró el sobre que dijo Guzmán. Lo habían lanzado desde la reja. Su nombre estaba escrito con plumón. Observó a ambos lados de la calle. Estaba vacía, acechada por las nubes que amenazaban con lluvia para el día siguiente. ¿Por qué haría algo como eso? ¿Era legal siquiera?
Volvió y se aseguró de dejar la puerta cerrada.
–¿Qué es esto?
–Por favor, ábrelo.
–Detective.
–Por favor.
Rompió el sello y dejó caer un lote de fotos. La mayoría eran del cuerpo que se describía en la grabación. Las flores salían de un cráneo infantil, secas, muertas sobre una capa de polvo y cenizas. Algunas tenían mejor calidad que otras. La sonrisa de los pequeños no coincidía con la sangre que brotaba de sus cuencas. Quiso vomitar.
–¿Por qué me envía esto?
Escuchó el crujido de las escaleras. Alguien bajaba.
Ignacia se quedó en silencio, esperando que agregara algo. La respiración de Guzmán, aún agitada, llegaba del otro lado de la línea.
¿Cómo lo…?
–Tu tía me contó.
–¿Qué…?
No sabía cómo reaccionar. Buscó las palabras con cuidado antes de continuar.
–¿Qué le dijo?
–Que mi escena del crimen y tus sueños son idénticos. Las flores, los niños, el ritual. Pero no solo eso.
Hizo una pausa. Del otro lado se oía el roce de unos papeles.
–Carlos Guzmán. ¿Te suena el nombre?
–No.
–No hay problema. Se declaró desaparecido antes de que cumplieras un año. Era el detective a cargo de la investigación que terminó con tu padre en la cárcel.
Ignacia contuvo la respiración. Había encontrado un primer plano de uno de los pequeños. Los espacios sin dientes despertaron una incomodidad que nació de su estómago.
–Carlos Guzmán… Él es…
–Mi tío.
Volvieron a quedarse en silencio. Infló el pecho y soltó el aire en oleadas cortas. Algo crujió en su cabeza: Carlos y Tomás Guzmán, papá y yo; el mismo ritual.
–Detective.
–Tomás. O Guzmán. Como prefieras.
–Detective Guzmán. Quiero entender… ¿Qué tiene que ver todo esto? Pensé que hablaríamos sobre lo que pasó la otra noche.
–¿No lo reconoces?
–¿Reconocer qué?
–Las fotos, el cuerpo… ¿Nada?
–…
–¿Nunca habías visto las fotos de la noche que tu padre…?
Fue como si el sonido desapareciera.
Un calor comenzó a crecer en su interior. El cosquilleo en las manos le hizo soltar las fotos. Sus dedos no respondían. Se abrían y cerraban sin que pudiera controlarlos.
Sintió que la barbilla le temblaba.
En el suelo, una foto se asomó por debajo del resto. La cabeza de su hermanito la observaba desde el otro lado del lente. El rigor mortis le había tensado los labios hasta obligarlo a sonreír. Su pelo era como una enredadera. Sabía que de un momento a le crecería una corona de flores.
A un costado, encontró una foto diferente. Un hombre miraba a la cámara, desafiante. Tenía el cabello alborotado, pelirrojo, sonrisa desviada. Bruno, pensó mientras tragaba para contener el reflujo que subía por su garganta. No. Papá. Bruno jamás cumpliría más de cinco años.
–Lamento el impacto. Necesitaba que entendieras que…
–Son idénticos.
–Sí. Y no solo eso: el resultado y el modo de operar son el mismo. Las flores vivientes, la decapitación, el cuerpo disecado, el círculo de sangre y los símbolos en su interior. Todo. Solo difieren en una cosa: el cuerpo del menor.
–¿Cómo?
–Fíjate bien.
La esperó a que observara las fotos.
–No todas son de Bruno –afirmó Guzmán–. Las más nuevas son de la escena de la grabación que te envié.
Tenía razón. En las fotos que tenían mejor definición había dos cuerpos. En las antiguas, solo uno. Por un segundo sintió que el aire no entraba a su cuerpo. Quería deshacerse de las fotos. Pero no podía.
Fuera de la habitación, alguien subía por las escaleras. Ese fragmento de realidad le ayudó a mantenerse cuerda.
–Así hubiera terminado si no detenían a mi padre, ¿cierto?
–Probablemente. Mi teoría es esta: un ritual fallido –dijo.
Ignacia oyó un roce de hojas y la voz de Guzmán volvió: –«El paciente vuelve a pedir que lo dejemos en libertad “por el bien de su señor”. Cuando se le pregunta quién es ese señor, responde un nombre impronunciable: Unf, Unku, Unkunft».
Ukunft, pensó Ignacia mientras la palabra resonaba en su cabeza. El vidrio de la ventana vibró.
–Es el reporte psiquiátrico de tu padre. Trataron de usarlo como prueba en el juicio. Entradas similares se repiten en cada sesión. Siempre habla de «su señor». En ese entonces, mi tío estuvo a cargo del caso. Dicen que logró buenas migas con tu familia tras lograr que lo encerraran. Tenían material suficiente para darle varias cadenas perpetuas.
Ignacia abrió la ventana. Necesitaba aire fresco. El calor que nacía de su interior se hacía incompatible con el flujo de emociones.
–En esos años hubo dos casos similares: uno en el Cajón del Maipo, otro en la Araucanía. El juez los atribuyó a tu padre. Las huellas coincidían. Agravaron el caso y se sumaron a su sentencia Desde afuera, llegó el sonido de una ambulancia. Ignacia dejó caer una foto.
–Pero mi tío no se quedó tranquilo.. Pero mi tío no se quedó tranquilo. Estaba seguro de que tu padre no actuaba solo. ¿Por qué en distintas regiones del país, y el último en su propia casa? ¿Por qué usar a sus hijos como sacrificios? ¿Esos tres casos son los únicos? ¿O hay más sin descubrir? Y el ritual. ¿Por qué? ¿Cuál era su objetivo?
En su cabeza, Ignacia trataba de ordenar las ideas de Guzmán. Recogió la foto y empezó a agruparlas.
Guzmán continuó.
–Dieciséis años después, encontramos un caso similar. Dos menores de edad, el círculo, las flores. –Cuatro casos, siete cuerpos, un detenido, una sobreviviente–. Pero ¿cómo alguien tras las rejas podría continuar su seguidilla de crímenes? ¿Un imitador? ¿Y si no son casos, sino pasos?
Ignacia terminó de ordenar las fotos. Cuatro escenas, cuatro decapitados. Parecía un campo de flores muertas, de cuerpos torturados.
–Dime, ¿crees que tu padre era el único involucrado?
Creyó que murmuraba algo. No estaba segura.
–¿Se refiere a…?
–Una secta.
El viento agitó las cortinas. El repiqueteo en el techo anunciaba el inicio de la llovizna.
–¿Le has contado a alguien lo de la otra noche?
–A Matías, mi pololo. Pero no me creyó. Él dice que sí, pero sé cuándo miente.
Oyó un suspiro del otro lado.
–Desde ahora, no le cuentes a nadie de esto.
–¿Por qué?
–¿Qué pasaría si realmente fuera una secta? ¿Cómo sabrías quién es parte de ella y quién no? ¿Cómo sabes que todo esto no es parte de sus planes? ¿Cuáles son esos planes? Y, por último, ¿qué diablos es eso que atacó a tu tía?
Ignacia no encontraba las palabras. El mentón le temblaba. ¿Qué significaba todo esto?
La voz enlatada de Guzmán se desvanecía en el aire. Estaba segura de que hablaron de algo más antes de despedirse. No conseguía recordarlo.
Cerró los ojos y se recostó en la cama. La voz de Guzmán se perdía en la distancia. Las sábanas la devoraban hasta aprisionarla, como raíces que la arrastraban al fondo de la tierra.
4 de julio, 1991. Sin mi general se hace más difícil practicar. Tenemos que tener cuidado. En la universidad conocí a Mari Blau. Es de la rama del sur, de los fundadores. Viene del Alemán de Puerto Varas. Dijo que nos presentaría a un profe que nos puede ayudar.
19 de marzo, 1992. Vinimos a Pucón con Isi Koehler, Mari Blau, el profe Manu y Roberto Cox. El papá de Isi le prestó su San Cipriano y Mari se consiguió lo demás con Monse Dorfman, que no pudo venir. Tratamos de hacerlo con un conejo, pero explotó antes de lograr abrir la puerta. Pudimos verlo por un segundo. Parece que Iván Délano tenía razón y hay que buscar a los herederos del linaje. Manu se hará cargo.
28 de abril, 1994. La investigación de Manu se ha hecho lenta, pero ha dado buenos resultados. Gracias a él ya no le reviento los ojos a los comunachos. La próxima semana irá a Edimburgo. Cree que las brujas sabían algo que nosotros no.
1 de mayo, 1996. Atraparon a Manu. Se adelantó y no esperó a Rodri Peralta. Estaba seguro de que su esposa era descendiente del linaje. Mamá dijo que le conseguirán un buen abogado, pero parece que el detective a cargo del caso está empecinado en mandarlo a la cárcel. Qué atroz, con lo bueno que es.