Un campo de flores muertas 4 #3
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–Hizo una segunda visita a Buenos Aires. Al volver, todos lo notamos... mmm... trastornado. Había encontrado algo. ¿Qué? Anda tú a saber. –Hizo una pausa antes de cambiar el tono–. Estaba… obsesionado. Se encerró en su oficina, apenas comía, canceló todas sus clases, no contestaba llamadas. Y Sandra empezó a notar actitudes extrañas. «Está como ido», me dijo una vez. Me confesó que le daba miedo dejarlos a ti y a Bruno con él. Cuando tenía que salir a trabajar nos preguntaba a Alba o a mí si podíamos cuidarlos.

Tomó una galleta y le dio un mordisco. Se tomó su tiempo, como si tratara de evitar lo que venía.

–Esa noche, a la cena, disolvió pastillas para dormir en su vaso. Si no fuera porque Alba esperaba una llamada de tu madre, no estarías aquí. Llamamos a Carabineros, a la PDI, a sus vecinos. Como era de esperar, llegaron tarde. Alba vivía a quince minutos, yo a cinco. Fui el primero en llegar. Tu madre se había desmayado en la cocina. Entré a la fuerza. Y lo sentí.

La taza temblaba en sus manos. Movía una pierna al ritmo que se mordía el labio inferior.

–Esto nunca se lo he contado a nadie, y no sé si debería hacerlo contigo –dijo antes de suspirar–. Después de todo este tiempo aún no puedo explicarlo. El aire era denso, como si algo invisible me empujara fuera de la casa. Apenas podía caminar. Me sentía mareado. Creo que vomité, no estoy seguro. Era como estar drogado. Alba me encontró tirado en la escalera, a medio camino entre el primer y el segundo piso. Subí, eché abajo la puerta y casi volví a desmayarme. Tuve que apoyarme en el marco de la puerta para no perder el equilibrio. Había sangre en el piso, en las paredes, figuras demoniacas que parecían bailar, una especie de torbellino, una luz rojiza, lo que quedaba de Bruno en el piso. Alcancé a golpear a tu padre antes de que llegara a ti. Estaba tan delgado que no opuso resistencia.

Lo veía absorto con la otra mitad de la galleta. Se relamía los labios mientras pestañeaba a una velocidad innecesariamente rápida. Trataba de no levantar la vista hacia ella. Hacía el intento por sonreír. Su boca se curvó en un ángulo triste, roto.

Ignacia sentía que en cualquier momento sería ella la que se desmayaría.

–Tío, ¿el cuerpo de Bruno estaba seco?

El color se esfumó del rostro de tío Germán. Parecía preguntarle que cómo sabía eso, aterrado.

–¿Su cabeza tenía flores que salían de sus ojos?

–Basta.

–¿La luz nacía de mí? ¿Oíste risas y un rugido, como de un animal grande?

–Silencio.

Tío Germán la miraba con los ojos como platos, moviendo los labios en silencio.

–¿Sentiste miedo?

–Ignacia.

–¿Temblores? ¿Ganas de huir? ¿De morir?

–¡Basta!

Pensó que el grito permanecería en sus tímpanos por siempre, alejándose en un eco que quedaría grabado en su mente.

Tío Germán estaba aferrado al sillón, los dedos incrustados en los apoyos. Había molido lo que quedaba de galleta entre sus manos. Ignacia creyó ver sus uñas inyectadas en sangre. Estaba rojo. Su pecho se elevaba y contraía en un intento por recuperar el aire.

–¡¿Cómo lo sabes?!

–Tío…

–¿Viste el archivo del caso? No, es imposible que sepas todo eso con un par de fotos.

–Fue un sueño.

Su voz se impuso sobre la agitación de tío Germán.

–Imposible.

—No recuerdo cuándo fue la primera vez.

Tío Germán se fundía con el sillón, perdiendo las fuerzas que lo mantenían erguido.

–Al principio eran imágenes sin sentido. Hace unos días vi todo. Fue como si insertaran una película en mi cabeza. Papá sostenía un cuchillo. Leía un libro en voz alta. Bruno se agitaba dentro de un círculo más pequeño, y yo lloraba a unos metros de él. Entre los dos, había una caja. Se movía sola. Las voces susurraban, gemían, enredándose hasta formar un solo sonido. Un nombre. Quizás lo imaginé. «Ukunft».

El reloj detrás de tío Germán avisó que eran las doce. La última palabra produjo algo en él que lo hizo sudar.

–Una sombra con tu forma entró. Llorabas por Bruno. Su cabeza aún parecía tener algo de vida. Sentí tu miedo, la angustia, el pánico de estar en una pesadilla de la cual esperabas despertar o morir.

–¡Basta! Por favor, basta.

Las lágrimas caían por las mejillas de tío Germán. Quiso levantarse y abrazarlo, pero su cuerpo no se lo permitía. Él la miraba como si fuera una bestia que se acercaba a devorarlo.

–Lo dejaremos hasta aquí –susurró tío Germán mientras se limpiaba las lágrimas.

–Aún tengo preguntas.

–Lo siento, mañana debo ir a trabajar, y ya son más de las doce.

–Tío, por favor.

Cerró los ojos y le pidió que lo dejara solo. Se tocaba el bigote con el mismo movimiento nervioso, en silencio.

Tras unos minutos, Ignacia se rindió. Caminó hasta las escaleras y comenzó a subir a su cuarto.

–Antes de su suicidio, tu madre le dejó una carta a Alba.

La voz de tío Germán era una mezcla triste y herida. Ignacia se detuvo y volteó a verlo. Seguía sentado sin siquiera mirarla, concentrado en su respiración y en no mostrarse débil.

–Nunca me la mostró. Si aún la conserva, es probable que ahí puedas encontrar las respuestas que buscas.

Tío Germán volvió a cerrar los ojos y se recostó sobre el respaldo del sillón.

Ignacia supo que la conversación había finalizado.

Terminó de subir la escalera y desapareció en el segundo piso.

Sabía dónde encontrar la carta. Estaba segura de haberla visto en el cajón de tía Alba junto a las fotos de mamá. Pensó en la noche de su muerte y rezó para que aún existiera.

En su cuarto, se tiró sobre la cama. Se quedó observando el techo. No quería dormir. Sabía que, si lo hacía, lo que habitaba más allá de la realidad intentaría cruzar una vez más.

Sobre los guardianes del umbral: (re)invención del mito y sus orígenes

Helena Correa, Universidad de la Frontera Austral Como se ha expuesto en publicaciones anteriores, las Entidades son parte de la mitología que nos rodea y configura el mundo en el cual vivimos. […] La mera posibilidad de que exista una cuarta sería un cambio de paradigma para nuestra comprensión del Universo.

[…] se encuentran en constante conflicto. Sin embargo, el Bien y el Mal no son inherentes a estas Entidades. Nuestro entendimiento sigue siendo limitado, pero trabajos como los de Tapia (1989) o los fenómenos irreproducibles estudiados por Okonkwo (1990) permiten establecer un marco para acercarnos a su entendimiento.

Su existencia se superpone a la nuestra, aunque, siendo más precisa, «[…] cohabitamos en el mismo espacio» (Okonkwo p. 95). Aunque las mediciones de Okonkwo se hacen contradictorias, podemos ver que sus ondas de frecuencia vibran a una velocidad que se vuelve imperceptible para el ojo humano. Su presencia es tan cercana como lejana, acechando a la espera de invadir nuestro plano a la más mínima oportunidad.

Ahora, existen teorías que afirman que la invocación de las Entidades no depende del mero gesto de quien quiera traerlas a este lado. Al igual que en toda práctica mágica, hay tradiciones contradictorias que se sostienen en prácticas sin garantía: rituales que fallan de forma catastrófica y que no aseguran su advenimiento.

Actualmente, Tapia (1992) ha trazado lo que él denomina «línea sucesoria», una continuidad no del todo biológica que predispone la conexión entre distintos planos […]

1 Se sigue investigando a qué se debe. Hay registros de Tapia (1994) que, tras lo sucedido en My Lai, nos acercan a una explicación, pero no son lo suficientemente exactos ni robustos para afirmarlo.

La notificación de un mensaje nuevo la obligó a dejar de pensar en la conversación con tío Germán y en la posible ubicación de la carta de su madre.

«Mensaje de audio. Número desconocido», rezaba en la pantalla del teléfono.

–Dos varones, entre tres y ocho años… –dijo una voz de hombre. Sonaba ahogado, como si estuviera agitado–. Las ampolletas reventaron. No se ven rastros de vidrios, alambres o filamentos interiores. ¿Una implosión?… Hay dibujos hechos con sangre en el piso. Parece seca…

Escuchó unos pies arrastrándose antes de seguir.

–A un costado veo un cuenco a medio llenar. Está coagulada. Los cuerpos… aún gotean. Los niños… —Se quedó en silencio—. Mierda, ¿cómo explico esto?

La voz tosió. Ignacia creyó escuchar una leve estática.

–El mayor fue decapitado. La cabeza ocupa el centro del círculo. Los globos oculares parecen haber sido arrancados. Los reemplazaron con unas flores rojas… ¿Qué es eso?

–Dos varones, entre tres y ocho años… –dijo una voz de hombre. Sonaba ahogado, como si estuviera agitado–. Las ampolletas reventaron. No se ven rastros de vidrios, alambres o filamentos interiores. ¿Una implosión?… Hay dibujos hechos con sangre en el piso. Parece seca…

Escuchó unos pies arrastrándose antes de seguir.

–A un costado veo un cuenco a medio llenar. Está coagulada. Los cuerpos… aún gotean. Los niños… —Se quedó en silencio–. Mierda, ¿cómo explico esto?

La voz tosió. Ignacia creyó escuchar una leve estática.

–El mayor fue decapitado. La cabeza ocupa el centro del círculo. Los globos oculares parecen haber sido arrancados. Los reemplazaron con unas flores rojas… ¿Qué es eso?

El eco de la pregunta quedó flotando en el aire.

–Corrección. Las flores hicieron explotar los ojos desde dentro. Son delgadas, de pétalos ondulados, y están… ¡¿Pero qué mierda?! ¡Están vivas!

Hubo otra pausa.

–Algunas están marchitas. Otras mueren mientras las observo.

El micrófono captó una mezcla entre estática y el roce de la ropa.

–Uno de los cuerpos está en un círculo de menor tamaño al costado derecho. Está… seco. Totalmente seco. No tiene ni una gota de agua. Nada. Los músculos han desaparecido… Oh, carajo. El olor es… Creo que voy a vomitar. Se hace más fuerte al acercarme. Es ácido. Siento cómo me come la nariz..

Tosió nuevamente. Los pies volvieron a arrastrarse.

–El menor parece haberse fusionado con el concreto.

La estática volvió con una agresividad que le impedía escuchar con claridad.