Un campo de flores muertas 4 #2
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El consejo de Pizarro se repetía en bucle en su cabeza. Sabía que no podía dejar esa pelea de lado. Menos ahora que había dado con las cuarenta y ocho cabezas de Parra.

Y las dos que faltaban también.

Los habían abierto sobre la pira misma. Tenían la piel negra por el humo. Un corte nacía del cuello, descendía por la panza rosada y terminaba justo bajo la colita apenas formada. Sus lenguas colgaban junto al hocico, torcidas en un gesto que parecía congelar sus gritos desesperados.

El olor a pelo quemado aún flotaba en el aire. Sintió un objeto áspero pegado a su garganta, como si le rasparan con un trozo de carbón. Contrajo la tráquea en una arcada para evitar que el vómito explotara en su boca. A esa altura, ni taparse la nariz servía.

Sobre su cabeza colgaban pequeñas ramitas atadas con lo que solo podía ser pelo humano. Formaban un entramado de estrellas y constelaciones bajo un firmamento vegetal, una red geométrica que trataba de replicar un cielo voraz.

Una cueva, pensó, horrorizado.

Un silencio abismal se posó sobre sus hombros. Lo sintió devorar sus fuerzas, desgarrando su voluntad que cedía ante la simple posibilidad de ser vigilado por algo más antiguo que el miedo. El eco de un aliento inhumano se deslizaba por el bosque. No nacía, solo existía, en sus huesos, en su pecho, en lo más recóndito de su mente. Imaginó lo peor.

Aún creía oír las voces rituales, los gritos y hechizos que respondían a un liderazgo profano, a ese símbolo quimérico impreso en la tierra, en los árboles, en las rocas que se alzaban como parte de un santuario secreto. El vómito le quemaba la tráquea. Quería huir, pero era imposible.

Todo estaba ahí.

Ignacia.

Tapia.

Los Vial.

Y las flores. Las malditas flores que respiraban con el bosque, brotando de los intestinos quemados, de sus lenguas muertas, creciendo una al lado de la otra, formadas en línea como si obedecieran una orden.

Era un tribunal de rostros sonrientes, uno que no necesitaba hablar para dejar claro que ya había sido juzgado.

Sobre los guardianes del umbral: (re)invención del mito y sus orígenes

Helena Correa, Universidad de la Frontera Austral […] a pesar de que su procedencia no es clara, hay vestigios previos al registro del primer australopithecus. Se cree que, a diferencia de las Entidades, ellos no observan, ya que habitan nuestro plano, camuflándose como uno más.

Sin embargo, Hohenfels, en La naturaleza como sistema cerrado, cree identificar diversos títulos nobiliarios o rangos militares asociados a personajes sin ascendencia clara. De la misma forma, Beltrán de Rojas hace lo propio en Notas para una teología del dominio, estableciendo un puente entre el Viejo y el Nuevo Mundo, mientras que Rivadeneyra, en Historia, fe y artificio narrativo, refuta lo planteado por las teorías criollistas de De la Serna y los estudios empiristas de MacAllister, quien trata de establecer un marco de reglas o «máximas» como ha decidido nombrar. A pesar de esto, Kantorovich ha sido enfático al rechazar a su par hispano, alineándose con las ideas de Petrovna, en particular tras la publicación de El silencio como forma estética. En su estudio, Petrovna se remonta a los tiempos de Cristo y su incidencia en la crucifixión, suspendiendo la «máxima» establecida por Rivadeneyra y la prohibición de dañar a los humanos, ya que no compatibiliza éticamente con la idea de balance planteada por Montreval. Así, el conflicto entre estas normativas se vuelve estructural, ya que evitar la aparición de las Entidades no especifica si esta permite la violación de lo planteado por Rivadeneyra1.

Esta huella histórica sugiere que la explicación mitológica ha fallado en su intento por identificarlos. La figura de Zeus, gobernador del Olimpo griego, dios del cielo y el trueno, tiene su símil romano, Júpiter, análogos al Thor nórdico, el Ukko finlandés y el Taranis celta. Por otro lado, los japoneses tienen más de una deidad asociada a este mismo elemento: Susanoo, Raijin, Ajisukitakahikone o Takemikazuchi. Las diferencias son circunstanciales, ya que su origen pareciera provenir del mismo ser […] y es en ese sentido que Ukunft se enmarca como la primera confirmación que tenemos de esta tríada.

25 de junio, 1981. Hoy mamá me enseñó las palabras para llamar a nuestro señor. Están en un libro gordo y pesado que guarda en su pieza. Dijo que cuando llegue el día será mío. De momento, tengo que aprender las palabras para invocarlo.

17 de septiembre, 1985. Mamá nos llevó con Isi Koehler a una ceremonia. Eran más que en años anteriores. Dijo que el 11 agarraron suficientes rojos para ejercitar. Me invitaron a pronunciar las palabras junto a mamá y los Edwards. Salió tan mal que me quise poner a llorar. Mamá insiste en que no debemos mostrar debilidad ante el señor.

14 de junio, 1987. Hoy salí con Santi Echaurren. Mamá dice que él me conviene, que su familia me puede presentar al devorador de caminos. Su sonrisa puede que tenga algo que me guste.

28 de febrero, 1989. Santi Echaurren me terminó. Parece que le tocará conocerlo.

2 de marzo, 1989. Resultó ser una buena práctica. Sufrió más de lo que debía. Pobre Santi.

La garganta volvía a fallarle. Sentía que la comían por dentro. Se rascó con las uñas en un intento por quitarlas, como si fueran alimañas que se alimentaran de su carne.

Desvió los ojos hacia la puerta al oír el choque metálico de un cuchillo contra la cerámica. Las manos le temblaron. Sabía que volvería en cualquier momento. Se arregló el cabello, tomó aire y fijó los ojos en una esquina dominada por la red de una araña.

Tío Germán entró sosteniendo una bandeja con dos tazas y un plato de galletas. Por mucho que sonriera, le era imposible disimular su nerviosismo.

–Solo tenía galletas de mantequilla. Esteban y sus amigos se las deben haber comido el otro día que vinieron a estudiar.

–No te preocupes, tío. Me encantan.

Tomaron sus tazas y se miraron durante unos segundos. El choque de las cucharas con la loza acentuaba el silencio. A ambos les costaba encontrar las palabras para iniciar la conversación.

–Inna –susurró su tío, tocándose las puntas del bigote–. Sé que prometí contarte todo. Lamento haberme tomado mi tiempo. Lo del otro día en esa casa…

Cada frase que intercambiaban los empujaba a hablar de ello. Había perdido el conocimiento en una casa ajena donde no la conocían. Si no fuera porque mencionó el nombre de su tío antes de entrar, quizás qué habría pasado con ella.

El susurro del visillo agitándose del otro lado de la habitación le recordó el zumbido que sintió antes de desmayarse. Apretó los puños en un intento por mantenerse en el presente.

Tío Germán frunció los labios antes de continuar: –Ni siquiera sé qué sabes y qué no.

Se mordió el labio hasta arrancar un hilo de piel.

–Supongamos que no sé nada, y que necesito ponerme al día con todo lo sucedido los últimos dieciséis años, y más.

Tío Germán suspiró.

–Vaya, eso es un tanto... mmm... extremo.

–Tía Alba me dijo que habías muerto en un accidente de tránsito. Quizás qué más inventó o me ocultó. ¡Ya ni sé si Plutón es un planeta o no!

–Desde el 2006 no lo es –afirmó con una risilla que dejó escapar entre dientes–. Veamos, ¿sabes por qué vivías con Alba y no con tus padres?

–Papá asesinó a Bruno, y mamá se suicidó al poco tiempo.

–Bueno, tan desinformada no estás.

–Supe lo de papá porque escuché una conversación de tía Alba con el detective Guzmán. Si no fuera por eso, hoy seguiría pensando que se fue a comprar cigarros.

–Vaya.

Tío Germán se tocaba la punta del bigote, buscando donde posar la mirada.

–Todo partió el 92.

Al fin, pensó mientras inflaba el pecho en un intento por contener su ansiedad.

–Tu padre estaba a cargo de un proyecto de investigación para la universidad. Siempre fue estudioso. Desde que lo conocimos, cargaba con un libro donde fuera. Novelas, ensayos, investigaciones, lo que fuera, desde filosofía a ciencia ficción, física o antropología. –Tomó un sorbo de té antes de continuar–. Este estudio lo comenzó con una colega. Coloma, Correa, no lo recuerdo. Creo que era la única persona que podía seguirle el hilo a las ideas de tu padre. Una ricachona de tomo y lomo. Casa en La Dehesa, vacaciones en el extranjero, auto del año. Estoy hablando de los noventa, del retorno de la democracia, nuevos canales de televisión, malls, el primer McDonald’s, Amnistía Internacional y Rod Stewart.

Ignacia apenas alcanzó a sonreír. Le parecía absurdo que McDonald’s y su padre estuvieran en la misma frase.

Escucharon la puerta de la entrada. Esteban, el menor de sus primos, saludó y subió a su cuarto, excusándose de que debía estudiar para un examen.

–Según tu madre, cada día se sumergía más y más entre cerros de libros y apuntes esparcidos por su oficina.

La casa crujió, acompañada por el lamento de una puerta al cerrarse en el segundo piso.

–Me llamaba urgida: «no come, no duer-me, solo lee, escribe y vuelve a leer». Nunca entendimos bien cuál era el fin de su investigación. Algo con los mitos del mundo, dioses, ¡semihumanos!, aún recuerdo esa palabra.

»Después comenzaron los viajes. Primero Chiloé, luego Valdivia, San Pedro, La Cumbre, Temuco, Punta Arenas. Estuvo viviendo dos meses en una comunidad mapuche cerca de Gorbea. Después fue a Perú, México, Argentina, ¡Asia! ¡En ese entonces nadie viajaba a Asia!

Ignacia tuvo que controlar el temblor de su mano antes de voltear el líquido de su taza.

–Un día, el decano se acercó a Sandra y le confesó su preocupación. La situación se había vuelto insostenible. Había rumores, reclamos de alumnos, profesores inquietos, otros celosos. Su colega lo defendía y le conseguía financiamiento. Sandra no sabía cómo ayudar. Hasta que llegó… el día del sacrificio de Bruno.

Tío Germán se detuvo para tomar una galleta. Movió los dedos decidiendo cuál elegir. No escogió ninguna y se tocó el bigote con el mismo movimiento de dedos.