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Tío Germán le había advertido que no fuera sola. «Esa casa encierra más que solo recuerdos», le dijo la primera vez. Mis recuerdos, los que ustedes me robaron, pensó en su momento. Aún lo creía.
Un sticker de Hello Kitty defendía la puerta que la esperaba al final del pasillo.
La señora Marambio vigilaba mientras golpeaba el pasamanos de la escalera. La nueva dueña se veía nerviosa. Era de esperar que estuviera en guardia si una desconocida como Ignacia tocaba el timbre y le pedía entrar a su casa.
–¿Todo bien, mijita?
Ignacia asintió y corrigió su postura. No quería que notara que titubeaba. Ya estaba nerviosa antes de interrumpirla insistiendo en conocer la casa. Desde su llegada a Puerto Carrera había temido y ansiado este momento. No, pensó, lo he soñado toda la vida. Hizo un recuento de las veces que ese cuarto irrumpió en sus sueños.
–La voy a dejar sola, ¿le parece?
Ignacia volvió a asentir, sin dejar de mirar al gato con vestido que la saludaba en un gesto amistoso.
La señora Marambio volvió a preguntar si no quería un vaso de agua o un jugo antes de volver al primer piso.
Apoyó la mano en la puerta y dio un empujoncito.
Era la tercera vez en el mes que visitaba a Rómulo Parra. Ya no disimulaba su cojera. Arrastraba la pierna con la misma naturalidad que cargaba los cuerpos decapitados sobre el camión que le había enviado el municipio.
El terreno quedaba en el límite entre Villa Encina y Carrera Sur. Sotomayor hace años había cedido ante las presiones de sus superiores para que se hiciera cargo de esa zona. Aún creía oír a Pizarro aconsejándole que algunas peleas era mejor no lucharlas. «También va para ti, joven Guzmán», le decía en broma, aunque sabía que, en parte, tenía razón.
Desde el auto veía la casa de su padre. Vivía frente a Rómulo Parra, y con el tiempo recordarlo se volvió parte del paisaje. La madera parecía muerta, descascarada y gris; la maleza y los animales eran dueños de la huerta que Guzmán le ayudó a construir, alimentándose de ese pedazo de tierra olvidado por la mano del hombre. La maceta con rabanitos que le había regalado estaba rota en el suelo. Algo se contrajo en su pecho, una sensación que lo impulsó a bajar la mirada, el castigo por dejar de llamar y visitar al único familiar vivo que le quedaba.
Por tercera vez juró que lo llamaría, quizás hasta podrían comer. ¿Por qué no?
Bajó del auto y caminó hasta el cadáver más cercano. La piel hinchada alrededor del corte aún rezumaba sangre que caía por los colgajos de tejido fibroso y húmedo. De su bolsillo, sacó el lápiz que siempre llevaba para estas ocasiones. Presionó la herida, liberando un olor dulzón que le obligó a taparse la nariz con un pañuelo.
–Fea cosa –rugió Parra que salía de un banco de bruma. La sangre coagulada dejaba un rastro sobre el pasto.
–¿Cuántos?
–Cuarenta y ocho.
–¿Dejaron dos?
–Ojalá. Se los llevaron –dijo, lanzando al animal muerto sobre la caja de carga.
Con la vista, Guzmán siguió el sendero que nacía del camión, un árbol sanguinolento que bifurcaba en pequeñas sendas donde Rómulo Parra había encontrado los restos. Aún quedaba una veintena por recoger. La suspensión del camión gimió con un chirrido metálico. El olor a óxido le picó en la garganta. Se hundió bajo el peso con un traqueteo que solo le inspiraba dudas.
–¿El veterinario aún no ha llegado?
–Solo tú y los chiquillos que envió el alcalde con este camión, aunque la causa de muerte está más que clara.
–Puede ser. ¿Y el Mati?
–Salió.
–¿Cómo está con todo?
Parra alzó los hombros y aseguró que el muy pillo igual se las ingeniaría para verla todas las semanas.
–Dile que saque licencia. Puerto Carrera no es lo mismo que Villa Encina.
El corte era limpio. Un hacha o un muy buen cuchillo, pensó al recordar el resumen que le enviaron de la central. Revisó que el hueso no estuviera astillado. Quien lo hizo, sabe de esto, pensó al ver la precisión con que arrancaron las cabezas.
–¿La mujer?
–Alta, delgada, pelo largo, negro, creo. Todo lo que sé y vi se los conté ya.
–¿Se parece a ella?
Parra entrecerró los ojos y se acercó a la foto que sacó de su bolsillo, murmurando que le faltaban los lentes. Se concentró por unos segundos, como si buscara algo que no encontrara a simple vista.
–Puede ser. Puede ser cualquiera. La vi de lejos –dijo, señalando un grupo de árboles que crecían en el límite del terreno–. Debió ser como a las cinco, máximo seis de la tarde. Paseaba entre mis ovejas. Le pegué un grito y se perdió entre los matorrales.
Guzmán creyó verlo vacilar antes de continuar: –Tenía algo… raro. El pasto no se hundía con su paso. Sentí su mirada incluso después de que desapareciera. No sé cómo describirla. Pensé que sería otra turista perdida. Ahora veo que no. No entiendo cómo no me di cuenta. Los perros tampoco ladraron. No… no sé.
Guzmán devolvió la foto al bolsillo. Debía cuidarla. Era de las pocas que lograron rescatar de la madre de los Vial. Cualquier pista era bien recibida a estas alturas. Suspiró antes de su siguiente pregunta: –¿Y las cabezas?
–Lo mismo me gustaría saber.
El olor le obligó a pestañear y reforzar la cobertura del pañuelo. Se limpió las lágrimas de golpe, con unos dedos que no alcanzaba a reconocer como suyos.
–¿Puedo? –preguntó Guzmán, señalando el sendero.
–Adelante.
Las moscas revoloteaban sobre los cuerpos, que yacían dispersos sin un orden aparente. El más alejado estaba cerca de donde le señaló Parra. Era un corderito de apenas un par de meses. Su cabeza había desaparecido. Se veía frágil. Guzmán no entendía cómo procedieron para no hacer ruido. No veía signos de lucha. Las extremidades estaban tiesas producto del rigor mortis, no por el estrés previo a la muerte.
Como si se hubiesen dejado matar.
Guzmán agitó la mano junto a su cabeza para ahuyentar el vuelo errático de las moscas. Acarició el pasto con una mano. No encontró huellas ni rastros de que alguien hubiera caminado por ahí.
Como si algo los hubiera llamado.
Un soplido le desordenó el pelo. Cerró los ojos y se cubrió el rostro con el pañuelo. El viento vibraba a su alrededor, produciendo un silencio anómalo que se apoderaba de su oído. El bosque parecía exigir su presencia. Algo llamaba a Guzmán desde el fondo de esa cueva orgánica, tentándolo a adentrarse en la oscuridad de ese mundo que existía más allá de su comprensión.
Un malestar en la boca del estómago la incomodaba al recordar la discusión. Tío Germán trataba de evitar el asunto.
–¿Cómo sabes que no te hará peor?
Solo lo sé y ya, pensó antes de suplicarle que la llevara. Un calor oscuro se abrió paso bajo sus costillas. En parte, se arrepentía de haberlo pensado. Ahora debería cumplir.
–Lo prometiste. Dejé Villa Encina por tu promesa.
–Lo siento, pero no.
Recordó el ardor en las mejillas como si aún estuviera ahí.
Necesitaba ir, o algo se rompería en su interior.
–Entonces iré sola.
Tío Germán se frotó la nuca. Cerró los ojos y su rostro se deformó. Tía Alba hacía el mismo gesto cuando le dolía tomar una decisión. Soltó un bufido antes de responder: –No conoces la ciudad. No tienes la dirección. ¿Cómo…?
Ignacia buscaba la dirección en su teléfono, ignorándolo. Solo necesitó escribir el nombre de su padre en el buscador e internet hizo lo demás. «Parricidio y satanismo en Puerto Carrera: Carabineros rescata a uno de los menores», decía un titular de El Mercurio con una foto de la casa.
¿Por qué de nuevo?, pensó al notar que su cuerpo temblaba. Abrió y cerró las manos en un intento por detener el hormigueo. Recordó los nervios antes de llamar un taxi, la insistencia de tío Germán, su pequeña discusión. Sabía que, si no iba, jamás se lo perdonaría. Ahora, frente a la puerta, entendía la preocupación de su tío.
Al apoyar la mano en la manilla, el hormigueo se convirtió en un zumbido que la obligó a parpadear. Venía de su interior, como si una voz retumbara dentro de su cráneo. Tomó aire y abrió.
El rosa palo de las paredes destrozó sus expectativas. Más stickers de Hello Kitty se apropiaban del muro a su derecha, articulando un camino que la guiaba hasta el fondo de la habitación. El visillo filtraba la luz, dándole un aire espectral a la decoración infantil que se había apoderado de la habitación.
El latido en su pecho confirmó lo que se negaba a aceptar. Su cuerpo lo reconoció antes. Estaba segura. Como también lo estaba de que el cuarto la había recordado.
Las velas surgían en reemplazo de las Barbies. Los grabados arcanos aparecían como tatuajes borrados de los muros, mientras el cuerpo de su hermano se materializaba junto a la cama. Parpadeó. La pieza se reordenaba sola. Eran como espectros saliendo de las sombras. Un sticker brilló un instante, obligándola a concentrarse. Los cánticos de su padre parecían filtrarse por los muros, igual que los llantos de Bruno, los gritos de mamá suplicando que le abriera, que se detuviera, recordándole que la policía ya venía. El olor metálico de la sangre le picaba en la nariz. Su padre repetía el mismo movimiento con la daga una y otra vez, abriendo la piel de Bruno hasta dejarlo seco, invocando aquello que yacía para ser despertado.
Extendió el brazo hasta tocar una de las flores. Creyó que palpitaba sobre su mano. Tenía una tibieza casi humana. La sintió morir entre sus dedos, como cenizas tras la extinción del fuego.
«No es que no quiera ir», se había disculpado tío Germán antes de verla salir, «es que no puedo». Ahora recién lo entendía, y se arrepentía de haberse mostrado tan obstinada.
La luz del cuarto tembló, dejando que las sombras se hicieran dueñas de lo que les pertenecía. Sus rodillas perdían fuerza. Los gatos blancos también se desvanecían en las sombras, suplicando por ayuda antes de ser consumidos por esa pulsión oscura. El visillo se hinchó hacia adentro, como si el cuarto respirara al mismo tiempo que lo hacía Ignacia.
Quiso huir, pero ya era muy tarde. El calor se extendía por su cuerpo, irradiando la luz que amenazaba con destruirlo todo.