Un campo de flores muertas 3 #2
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–Ah, y no te entrometas en la búsqueda de Alba Soto. Déjalo a la gente de Villa Encina. La zona sur ya nos da suficientes problemas como para que pierdas el tiempo en un caso que no te corresponde.

Asintió, tragándose su orgullo con tal de mantener la calma con su capitán.

–Veo potencial en ti, muchacho. No lo eches a perder como tu tío.

Sotomayor le devolvió su declaración antes de salir.

Cerró la puerta y apoyó la espalda. ¿Por qué tenía que usar a su tío de ejemplo cada vez que podía? Viejo de mierda, pensó. ¿Qué había hecho de mal? ¿Asistir a una joven que necesitaba ayuda?

Puta burocracia. Puto sistema.

¿Establecer conexiones entre investigaciones que podrían estar vinculadas? ¿Usar su tiempo libre con tal de resolver los casos antes de que decidieran archivarlos?

Sotomayor y la concha de tu madre.

Un mensaje de Rubio le avisaba que habían recibido un llamado de Rómulo Parra. Es el segundo de esta semana, pensó molesto. Necesitaba concentrarse en este caso. Lo de Parra sería una distracción innecesaria. Rubio podía hacerlo solo, pero sabía que Parra solo trataba con él.

Volvió a leer su declaración: «… transformado en una figura humana que huía por el bosque. Las astas se retraían sobre el cráneo, y el gemido de dolor parecía avisarle al bosque de su fracaso». Arrugó el papel y lo guardó en su bolsillo.

Sotomayor no le iba a creer. No le importaba.

Debía conseguir las pruebas necesarias para resolver el caso. Se había dado cuenta de que omitió la parte más importante de su declaración.

De seguro volverá.

Sobre los guardianes del umbral: (re)invención del mito y sus orígenes

Helena Correa, Universidad de la Frontera Austral […] En su Historia del diablo, Muchembled plantea uno de los principales problemas que ha aquejado a la humanidad: la existencia del Mal. Sea la forma o el nombre que tome, desde el Satanás cristiano al Mara budista, de Mandinga a Pazuzu, su presencia ha aterrado a grandes y pequeños por igual. Esta necesidad de establecer un enemigo o fuerza opositora se remonta a las primeras historias que contaban nuestros ancestros. De forma ilustrativa, Homero lo instauró en la confrontación de los griegos contra los troyanos de la Ilíada, obligando a los distintos dioses a tomar bandos y apoyar a sus héroes favoritos, lo que permite establecer una narrativa de «los buenos contra los malos». Por otro lado, la Santa Biblia también hace lo propio con Jesucristo y sus apóstoles predicando la palabra del Señor para salvar a la humanidad cuando llegue el apocalipsis, o la historia de Moisés al salvar a su pueblo de las garras de los egipcios. Joseph Campbell lo denuncia en su libro El héroe de las mil caras, donde, a través del estudio de miles de mitos de todo el globo, identifica que el mal llamado «héroe» siempre se enfrenta a una fuerza que desestabiliza su mundo, obligándolo a salir a la aventura para, finalmente, retornar con lo que él denomina como «el elixir», ese conocimiento o crecimiento personal que le permite ser distinto de como era al principio de la historia. Esta estructura monomítica permite que la repetición del arquetipo del Mal permanezca presente en nuestro mundo, ya sea como ficción o realidad: en clave contemporánea, Luke Skywalker y su lucha contra el Imperio ofrece una posible lectura de la guerra que lleva E.E.U.U. contra el terrorismo, transformándose en una forma de legitimar la violencia y ordenar la experiencia humana. De la misma forma, los procesos inquisitoriales en Europa y Norteamérica contra las brujas, impulsados por la Iglesia como parte de su lucha contra Satanás, son reinterpretados por Silvia Federici al argumentar en Calibán y la bruja que su origen está en el aprovechamiento capitalista del cuerpo femenino. En esencia, el mito no solo estructura el relato, también legitima prácticas de poder, construyendo los bandos, definiendo el Mal y quién lo compone, utilizando la narrativa como un precedente al juicio.

A lo largo de la historia, estos enfrentamientos han permitido definir bandos que han traspasado el umbral de lo arquetípico en un nivel simbólico: los buenos contra los malos, la luz contra la oscuridad, la magia contra el raciocinio. Esta imposición ha facultado a las fuerzas imperantes a demonizar y rechazar toda forma de pensamiento que escape a lo hegemónico y denominado «realidad». Así, la abstracción mágica ha pasado al olvido, a la categoría de mito, de paganismo o incluso de cuentos infantiles.

Mircea Eliade ya lo dice en El mito del eterno retorno al interpretar la forma cíclica de nuestro mundo y cómo nos adaptamos a ello: el humano ha incorporado y revisado esta composición del universo para darle orden a su vida. De esta manera, la saturación de lo racional y la negación de este pensamiento mágico han generado el efecto contrario. En ese sentido, formas no canónicas de percibir el mundo toman fuerza y se establecen como una nueva fe que recupera el conocimiento perdido y menospreciado.

La lluvia se detuvo justo cuando llegaron al cementerio. La humedad del aire y el silencio de la gente le impedían reaccionar. Los abrazos, los pésames, las palabras de aliento solo aumentaban su angustia.

Por más que quisiera, Ignacia no conseguía llorar. La noche anterior apenas había dormido. Una sensación de vacío la devoraba desde adentro, abriendo una grieta en su pecho que no creía capaz de cerrar.

A la entrada, la pareja de detectives asignados al caso esperaba en representación de la institución. La noche anterior había hablado con ellos. Tenían una pista. Durante el día, uno de los perros policiales había encontrado un brazo y varios huesos a la orilla del río Moreno, a pocos metros de la desembocadura del lago Nacional. El descubrimiento no tardó en filtrarse. Su teléfono no había dejado de sonar desde entonces. El detective Huaracán le advirtió que la prensa trataría de sacarle una cuña con tal de alimentar el morbo. Las redes sociales se habían plagado de influencers recordando la matanza de doña Irma y al asesino de Curamó. Ignacia había optado por apagar el teléfono.

–Daremos con el culpable –le aseguró Huaracán con su tono desinteresado antes de iniciar la caravana hasta el lugar donde enterrarían el cajón vacío.

Ignacia sabía que era mentira. Ningún policía arrestaría a eso que se llevó a tía Alba.

Tras la oración, el servicio de la funeraria se retiró para dejarles un tiempo a solas antes del entierro. A su lado, Matías no dejaba de jugar con los bolsillos de su chaqueta. Del otro lado, Rodrigo y los vecinos de Villa Encina tenían la cabeza inclinada en señal de respeto, igual que sus amigas y el resto de los asistentes.

Entre las tumbas, al fondo, creyó ver una figura familiar. Paseaba entre las lápidas con paso lento, como si cuidara no pisar el lugar de descanso de alguien más.

La tierra húmeda amortiguó el sonido de los pasos. La voz despertó algo que llevaba años dormido.

–Creo que llego justo.

Ignacia volteó y vio a un hombre regordete cubierto por una gabardina café. Sostenía un sombrero de ala corta sobre la barriga. Tenía la misma barba recortada de la última vez, casi diez años atrás. La alopecia avanzaba, dándole un aire envejecido que se acentuaba con las arrugas que se acumulaban junto a los ojos.

Por un segundo creyó haber perdido la voz. Tras un par de intentos logró que un hilo atravesara su tráquea.

–¿Tío Germán?

–Innita. Tanto tiempo.

Era la misma sonrisa de su infancia, ahora cansada, marcada por el duelo de su hermana.

La muerte se volvía paradójica: le devolvía un muerto al entregarle otro.