Un campo de flores muertas 3
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El reflejo de la luz sobre la superficie oscura oscilaba cada vez que el detective que la acompañaba movía su pierna. Era joven. Pensó que quizás había salido recién de la Academia. Del vaso de cartón se elevaban columnas incorpóreas que le recordaban al rocío matutino, extendiendo el aroma tostado y cálido del café. La vía intravenosa colgaba de su brazo. Parecía una serpiente que le inyectaba veneno transparente. A su alrededor, los muros del consultorio se erigían en una cadena de montañas ásperas e inmóviles. El silencio institucional se filtraba por las grietas del hormigón. Formaba un valle que la retenía dentro de esa habitación oscura y mal ventilada. Por un momento creyó ser la sospechosa y no la víctima. Y si fuera así… Las risas de las enfermeras se imponían sobre la vieja radio que hacía el esfuerzo por replicar la voz de Miguel Bosé entre la estática y los parlantes reventados. En su cabeza aún oía a la enfermera que se enfrentó a los detectives cuando trataron de entrar por la fuerza al área de urgencias. Insistieron en entrevistarla lo antes posible. Ignacia apenas lograba mantenerse consciente. Parpadeaba lento, como si cada pestañeo fuera más pesado que el anterior. La prepotencia del carabinero rural fue suficiente para convencer a las enfermeras de dejarlos interrogarla ahí mismo.

–¿Otro?

Ignacia alzó la mirada para descubrir que la pregunta no era para ella. El detective junto a ella se puso de pie y se perdió por el pasillo que llevaba a la máquina expendedora de café, probablemente la única que funcionaba en toda Villa Encina. Observó el vaso que le habían ofrecido en un intento por mostrarse amistosos antes de comenzar el interrogatorio, aunque no lo había tocado más que con la mirada. Con un quejido, el detective Huaracán la rodeó y se sentó frente a ella, entrecruzando sus manos morenas para sostener su barriga que tensaba los botones de la camisa, listos para salir disparados. Lo vio mover los labios en un gesto desagradable. Policía malo, pensó. El joven la había tratado con cuidado, manteniendo una distancia prudente y un tono suave que la invitaba a conversar. Huaracán era todo lo contrario. Veinte minutos de miradas incómodas y sonrisas condescendientes habían agotado la paciencia de los detectives. La cordialidad del detective joven era un cadáver que Huaracán haría desaparecer. Ahora se enfrentaba a un rostro curtido por años de servicio en una de las regiones más inhóspitas del país. Su mirada indiferente era categórica: o recordaba o le haría recordar. Y ese era justamente su problema. No podía recordar. Por más que quisiera, su mente establecía un bloqueo cuando trataba de ir más allá del cuadro, como si las piezas del rompecabezas que debía armar estuvieran afiladas en todos sus bordes. Al intentarlo, una imagen borrosa aparecía en su cabeza, seguida de una explosión de dolor que se apoderaba de su cuerpo. Se sentía incapaz de formular las respuestas que esperaban obtener. ¿Y si huía? Si le escupía en la cara, estaba segura de que Huaracán no la alcanzaría. El sudor frío le pegaba la polera a la espalda. Necesitaba tomar una decisión.

–Repasemos –gruñó Huaracán con un carraspeo.

Ignacia asintió, manteniendo la vista fija en el café.

–Se encontraba en su domicilio a las afueras de Villa Encina, donde vive, o vivía, con su tía. A medianoche escucha un ruido, baja al primer piso y no recuerda más hasta despertar en este consultorio...

Ignacia asintió en silencio al ver que el detective se tomaba un segundo para dejar que su tono golpeado tuviera efecto en la joven antes de continuar.

–Carabineros e Investigaciones llega al domicilio producto de un llamado desde la casa de su vecino, Rodrigo Peralta, efectuado por el detective Tomás Guzmán, que la asistió en el momento de su huida del, la cito, «monstruo que destruyó su casa».

Oírlo de su boca era aterrador. Ignacia notó los músculos del pecho contraerse, fundiéndose con los del estómago en un nudo contaminado por la angustia y la tristeza. El mentón le tembló mientras asentía sin apartar la vista del pozo de oscuridad del café, con la paz opaca de un estanque sin fondo.

–No creo que sea necesario volver a revisar las fotos del sitio. Como ya le comentó mi compañero, probablemente sea pérdida total. Dependerá de la evaluación de Bomberos –añadió Huaracán mientras trataba de quitarse algo de entre los dientes con la lengua–. Al ser menor de edad, buscaremos algún familiar que pueda hacerse cargo mientras el tribunal toma una decisión. En cuanto a nuestra labor, necesito que coopere para encontrar a los culpables y dar con el paradero de su tía.

–Ya se lo dije –susurró.

–¿Disculpe?

–¡Ya se lo dije!

–Sí, tenemos su declaración. ¿Qué cree que soy? ¿Un campesino ignorante? ¿Espera que me crea ese cuento del «monstruo» que devoró a su tía?

–No es un cuento…

–Mire, llevo años en este rubro y la gente suele inventar historias con tal de ocultar la verdad. Si no quiere cooperar, deberemos citarla a declarar en calidad de sospechosa.

–¿Qué?

El rostro de Huaracán le pareció más horrible que nunca. La observaba como si ya tuviera el veredicto.

–Tiene las cartas sobre la mesa. O nos dice qué pasó con su tía o…

–¡¿Es una broma?! ¡¿Acaso es estúpido?! ¡Maldito animal…!

–Señorita Tapia –intervino el otro detective que apareció junto a su hombro–. Le pido disculpas por las palabras de mi compañero.

Le ofreció el vaso de café a Huaracán. Lo sorbió sin dejar de mirar con desprecio a Ignacia.

–No somos sus enemigos. Solo queremos ayudar.

Ignacia cerró los ojos y dejó que las lágrimas brotaran.

–Lo que declara no nos sirve –rugió Huaracán.

–Huaracán –volvió a intervenir el detective joven.

–¿Qué fiscal va a investigar el paradero de su tía si nos apoyamos en cuentos de hadas?

–Mi tía…

No se atrevió a seguir. Temía que al decirlo se hiciera real.

–¿No recuerda haber visto a alguien merodeando ese día? –intervino su compañero–. ¿Un ruido en la noche? ¿Alguien con quien haya hablado su tía?

–Por favor –sollozó mientras se limpiaba la nariz–. Es todo lo que sé. No vi a nadie, no escuché nada, no hubo llamados. Nada.

Entonces sintió su ausencia: el aroma del bosque, la soledad de los árboles, las tardes de lectura junto a tía Alba, el crujir de los troncos al partirse en la chimenea, el silencio que ya no la protegía del repiqueteo de la lluvia, recordándoles que existía un mundo más allá del que habitaban ambas en solitario. El silencio siempre la calmaba. Ahora, era un ser hostil que se apoderaba de ella. Había despertado algo inerte en su interior. Dieciséis años oculto. Quería golpear a los detectives hasta que dejaran de hacerle preguntas. Se sentía listo para terminar su sueño y devorar ese mundo hasta las cenizas.

–Quisiera hablar con el detective Guzmán.

–¿Disculpe?

–El detective Guzmán. Él también estuvo ahí. Quizás oír su versión me ayude a recordar.

Nuevamente el silencio se apoderó del lugar. Huaracán y su compañero se miraron, incómodos. La indiferencia del primero se esfumó como si nunca hubiera existido. Parecía que trataban de atrapar en el aire las palabras adecuadas para ese momento que habían tratado de evitar.

El capitán Sotomayor se frotaba la frente con las puntas de los dedos. Caminaba con la cabeza gacha, murmurando entre dientes, como solía hacer antes de tomar decisiones importantes.

–Es broma, ¿cierto?

Emitió la sentencia con una calma que a Guzmán le pareció ofensiva. Sabía lo que seguía. Se acomodó la espalda, abriendo los hombros para lograr una posición digna antes de su condena. Necesitaba beber agua, pero sus próximas palabras debían demostrar docilidad y obediencia.

–¿Erís hueón?

–…

–¿Lo tonto es de familia?

–Señor…

–No, ¡cállate! –Sotomayor se tomó la cara. Volvió tras el escritorio que le improvisaron–. ¿Vas a seguir el mismo camino que tu tío?

Guzmán apretó los puños tras su espalda, asegurándose de que Sotomayor no se percatara. Entendía su enojo. Él también estaría furioso si lo despertaran a medianoche y lo hicieran viajar los noventa kilómetros que lo separaban de Villa Encina. El motivo lo hacía aún peor.

Solo deseaba que no mencionara a su tío. No merecía que lo recordaran así.

–Por suerte tienes tu historial limpio –soltó antes de arrojar la carpeta sobre el mesón–. ¿Sabes lo que tendría que hacer si no? No respondas. Es una pregunta retórica.

Guzmán tragó, evitando desviar la mirada a pesar de que su jefe no lo miraba.

–Señor, en mi defensa…

–¿Pedí tu opinión? –lo interrumpió, observándolo por arriba de los lentes. Le recordaba a papá cada vez que sabía que tenía la razón–. Hay reglas, por algo vivimos en sociedad. Lo entiendes, ¿o no?

–Sí, señor.

–¿Pedí tu opinión? –lo interrumpió, observándolo por arriba de los lentes.

Guzmán no podía evitar pensar en papá cada vez que sabía que Sotomayor tenía la razón.

–Hay reglas, por algo vivimos en sociedad. Lo entiendes, ¿o no?

–Sí, señor.

–Agradece que no interferiste en ninguna investigación en curso. Eso habría sido…

Puso los ojos en blanco y cerró el documento con su declaración y el informe de la unidad de Villa Encina.

–Debería suspenderte dos semanas.

Dejó que sus palabras hicieran efecto antes de cruzar las manos frente al rostro y continuar.

–Tu tío también partió así: tomándose atribuciones, provocando problemas, metiéndose donde no debía. Debimos pararlo antes de que terminara… No es necesario el eufemismo. ¿Tienes claro que si sigues ese camino también estarás bajo tierra en poco tiempo?

–Mi tío no…

–¡No he terminado!

Guzmán volvió a apretar los puños. De no existir esas reglas a las que se refería, se sentía capaz de encajarle más de un golpe antes de que lo detuvieran.

–Rómulo Parra hizo una denuncia hace unas horas. Le volvieron a robar ganado. Aprovecha que estamos cerca y toma su declaración.

Guzmán sintió un pequeño estremecimiento.

–Antes de que se termine el día, quiero un testimonio coherente, no esa mierda que le copiaste a Stephen King. ¿Quedó claro?

–Sí, señor.