Un campo de flores muertas 2 #4
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La chica flotaba a unos centímetros del suelo. Convulsionaba entre destellos de un sol incandescente que brotaba de su pecho. Guzmán notó un calor en su interior, seguido de un malestar, ahí donde se ocultaba su parte más íntima, la que no le mostraba a nadie. Se sentía expuesto, pisoteado, a punto de ser devorado por esa luz que se derramaba sobre su cuerpo, infiltrándose para desgarrarlo por dentro.

El rugido de la bestia hizo desaparecer la luz, el calor y la vorágine de sensaciones que se desataron. Con las fuerzas que le quedaban, volteó para ver la huida del monstruo. Era perseguido por las figuras diminutas que aleteaban en su intento por alcanzarlo, iluminando el camino con su resplandor radioactivo.

La lluvia era apenas una llovizna que le acariciaba la piel. Ignacia se desmoronó a su lado, aferrándose a su brazo para no caer al barro. La abrazó, asegurándole que todo estaría bien. Susurraba algo que no logró comprender. Llamaba a tía Alba. Ardía en fiebre. Tenía el cuerpo húmedo, los ojos blancos, incapaz de fijarlos en un solo lugar. Necesitaba un médico.

Lo primero que sintió fue el frío. Las ganas de llorar, los músculos cansados y tensos serían problemas del Tomás Guzmán del futuro. En ese momento, solo podía pensar que su tío Carlos había sido juzgado injustamente.

Sobre los guardianes del umbral: (re)invención del mito y sus orígenes

Helena Correa, Universidad de la Frontera Austral La desaparición de lo sagrado en el mundo contemporáneo se ha vuelto una consecuencia del cambio al que la humanidad se ha visto sometida durante los últimos dos siglos. Resulta curioso que, contrario al deseo con que Alberto de Baviera abre el Malleus Maleficarum, el orden simbólico pareciera renegar cada vez más de la religión y las áreas ligadas a la fe. La noción imperante en la actualidad ha obligado al hombre moderno a renunciar a la magia y a sus dioses frente al discurso público. Probablemente, esta forma de ver la experiencia humana siga persistiendo en el ámbito privado, pero no deja de ser paradójico que se practique en la intimidad, ya sea por miedo o la incomodidad que esto generaría en el resto o hacia uno mismo. Este desplazamiento ha erosionado la percepción de la sociedad frente a todo lo que no pueda ser demostrado. Las plegarias y los sacrificios por una buena cosecha han sido reemplazados por el método científico, dando fin a una tradición milenaria. Hoy, vivir bajo ese paradigma implica dejar la vida al azar. Sin embargo, ¿no resulta irónico que, en momentos de crisis, cuando el discurso racional no ofrece consuelo, exista una reconfiguración del sentido arcaico?

Aunque no sin contradicciones, la supervivencia de la tradición mágica y mitológica a lo largo de los siglos no es casual ni mera coincidencia. La fe, la magia y la religión no se limitan a la imaginación del ser humano, sino que se asocian a la necesidad de aferrarse a la existencia de una entidad superior que nos dirija, que moldee nuestras vidas y asegure que el paso por este mundo no carece de sentido. El solo hecho de pensar en la vida más allá de la muerte ha sido capaz de calmar la ansiedad y darle un motivo de ser a millones de personas a lo largo de la historia. Pensar en la posibilidad de que al morir no haya nada más que el inocuo y acogedor vacío podría situarnos ante el fin de la sociedad como la conocemos.

Desde la Ilustración, el auge del racionalismo como forma imperante de conocimiento y la irrupción de la Revolución Industrial han pavimentado la salida de muchos creyentes de sus respectivas iglesias. Aunque no es el único ingrediente que compone la ecuación –variados son los casos de corrupción, pedofilia y extremismo religioso que generan resquemor–, sí ha sido un asiduo contribuyente a esta tendencia, favoreciendo que posturas como el ateísmo o el agnosticismo proliferen entre los jóvenes y quienes se definen como seres pensantes, grupos que no se dejan tentar por las promesas institucionales cada vez más desarraigadas. A pesar de ello, lo mágico no pareciera ser una superstición en peligro de extinción: se aferra a los márgenes como ese residuo que se niega a dejar de existir, permitiendo la proliferación de nuevos credos.

Con esto no solo ha disminuido el número de creyentes y el poder de las religiones, sino que hemos podido ver el ascenso de las pseudociencias o religiones no oficiales como creencias para quienes han quedado desamparados y faltos de una fe establecida institucionalmente. El ascenso de la Wicca, del tarot o de la astrología como marcos de sentido han proliferado las últimas décadas. Sin embargo, ¿qué sucede cuando este pensamiento irracional excede lo que realmente está establecido como «normal» o es aceptado en nuestra sociedad? ¿Seríamos capaces de tomar otro camino como una nueva realidad que rige nuestro mundo y desechar la experiencia humana construida durante siglos? Y lo más importante, ¿podríamos abrazarlo si ello implica cuestionar y olvidar los límites éticos y morales que nos hemos impuesto en los miles de años que llevamos como sociedad?