2 #3
Se demoraría días en asegurar que lo primero fue el «trueno». Lo recordaría como una mezcla de sonidos inconexos que infestarían su alma de un nuevo miedo. Cuando lo notó, el viejo y la mujer ya no estaban; desaparecieron en el mismo parpadeo que devolvió la lluvia, como espectros de ese santuario maldito. Pero no importaba. Porque al final del camino lo esperaban el disparo, el rugido y los gritos de alguien que aún estaba vivo.
En el vacío se sentía ligera, libre, guiada por la imposibilidad de sentir el suelo. Me puedo reventar, se dijo, como un globo.
Su reflejo apareció en la distancia.
No, pensó, soy yo.
Otra Ignacia la esperaba junto a un estanque de piedra. Los cálamos y los nenúfares en flor la rodeaban como fieles extáticos que ansiaban tocarla. El agua acariciaba sus piernas en un tierno jugueteo. Las algas la rozaron. Se rascó la pantorrilla. Sentía el canto silencioso elevarse en sus cuerdas vocales, la pierna helada, los vellos erizados de una Ignacia que no era ella: rodeada por la nada, por esa soledad distinta al vacío, pura como la nieve, esperanzadora. Terrorífica. Y en sus brazos podía sentirlo crecer, respirar, observarla con esos ojos románticos de los recién nacidos. Pensó que lo amaba, y creyó que él a ella también. Lo exigía. Que fueran uno con lo que llamaban Ukunft. El vacío temblaba con su llanto.
Ella también.
El canto cesó, y el bosque emergió.
Filas de árboles crecían a su alrededor. Se cerraban sobre su cabeza. Pequeñas figuras humanas brotaban de la tierra. La vigilaban como estatuas sin vida, guiándola por un pasillo fosilizado para abrir la puerta roja. Acarició el óxido de la manilla. Volteó y descubrió un campo de flores secas. Enfermas. Muertas. Una foto del pasado que se negaba a revivir.
La luz creció hasta alcanzarla, llenándola de poder, de placer.
A su lado, unas escaleras subían, bajaban, se torcían en ángulos imposibles, volvían a subir. Siguió los escalones hasta que encontró a su padre. Llevaba una daga. La miraba con una sonrisa que le desgarraba las comisuras de los labios. Cortó el aire. Una y otra vez. Todo era silencio, excepto por la voz que le pedía abrir, que dejara a los niños.
¡Abre ahora, Manuel!
El vacío ardió. Rojo. Rosa. Dolía.
Su mano sostenía una flor. Quería beber de ella antes de que se secara. Antes de que la hoja saliera de su vientre, empapado, teñido de rojo. El pequeño chillaba, rogando existir. Si lo dejaba seguir…
Es solo un sueño, pensó, aunque sabía que no lo era.
Fue como si la sacaran del agua en el momento exacto que comenzaba a ahogarse.
Parpadeó con fuerza mientras se rascaba los ojos. Los oídos le retumbaban al ritmo que su corazón le sacudía el pecho.
Aún oía el eco del rugido.
Quiso salir de la cama, pero sus brazos no respondían.
El eco era suficiente para mantenerla paralizada.
Las sombras consumían cada rincón del cuarto. Se apretujaban contra las paredes en su intento por perdurar, extendiéndose con tal de ganar terreno mientras su reinado se prolongara. Revisó los rincones, el techo, a los pies de la cama, incluso más allá de donde la poca luz le dejaba ver, concentrada en no pestañear con tal de descubrir lo que se ocultaba. El cuarto era la noche misma. Del rugido, ni rastro, menos del disparo que la despertó.
Solo quedaba buscar a tía Alba.
Bajó con cuidado. Los escalones estaban ocultos tras un velo de oscuridad que la obligaba a apoyarse en el muro. El cuerpo aún le temblaba. Sus ojos no se acostumbraban a esa densidad. Chocó con un macetero que tía Alba había comprado esa semana.
Apenas lo notó, deseó nunca haber salido de su habitación.
Trató de ignorar su olor a encierro, a antiguo, su deformidad, el instinto asesino que emanaba de esas antorchas silenciosas que la observaban esperando que cometiera su primer error. El único.
Pensó que evitar el contacto visual sería suficiente. Cerró los ojos en un intento por contener un estornudo. La pólvora aún flotaba en el aire. Al abrirlos, descubrió la escopeta colgando de su hocico. La observaba. Sabía que si seguía recorriendo con su mirada se encontraría con algo peor. No quería. Porque conocía la mano que sostenía el arma. Las manchas, el anillo de oro, el esmalte rojo que repasaba todas las semanas. La habían golpeado con ella hacía poco, la misma mano que acariciaba cuando necesitaba consuelo, que la guiaba de pequeña.
Por un segundo pensó que la cabaña cobraba vida. Se imaginó un terremoto; que la tierra se abría y se las tragaba. Creyó ver las sombras deslizarse por los muros, zarpas en dos dimensiones que la cazaban para volverse uno con ella. Vio a aquello dar otro paso, o lo que fuera que hiciera, provocando un nuevo temblor que amenazó con derribar su hogar, fundiendo su existencia con la oscuridad.
Una brisa putrefacta la golpeó. La acompañaba el crujido del cráneo aplastado entre sus dientes. Era un eco errante y dilatado que le daba nuevos motivos para desear nunca haber despertado. Decidió ignorar su instinto y mirar. La cabellera plateada caía sobre su mandíbula. Se distrajo con las protuberancias que crecían como ideas mal concebidas, pústulas que reventaban y volvían a crecer. Era torpe, persistente. Adoptaba formas que le recordaban a rostros consumidos por el dolor y la angustia.
El cuerpo de su tía se sacudía como una muñeca rota.
Ignacia solo podía pensar en gritar por ayuda.
El bosque se transformaba a su alrededor. Los árboles eran gigantes espectrales que le arrojaban ráfagas de aire. Se tambaleó. Le impedía correr con normalidad. ¡Carajo!, se quejó Guzmán cuando una raíz trató de tomarlo del tobillo.
Solo corría.
No sabía dónde ir.
El rugido seguía consumiendo su valor. Trueno, aullido, estruendo, el nombre que le diera era lo de menos. No venía de este mundo. Era imposible. Se estremecía de solo recordarlo. Lo creía capaz de desgarrar la fina membrana que los separaba de lo desconocido. Más allá de la comprensión humana. Se negaba a aceptarlo. Hacerlo lo obligaba a creer en lo imposible.
No escuchó más disparos. Fue solo uno, opacado por la intensidad y angustia del rugido.
Si forzaba la vista, creía ver unas luces titilando. Un velo de hojas y ráfagas de agua lo deformaban todo. Un relámpago lo volvió a desorientar. Había perdido las luces, sin saber si venían de la cabaña o no. Como si oyeran sus súplicas, un chillido emergió de algún lugar a su derecha. Las luces apenas se lograban hacer espacio en la densidad del bosque. Un segundo grito confirmó la dirección. Ahora, debía llegar antes de que la voz se perdiera para siempre.
Los restos de lo que había sido la cabaña formaban una alfombra de escombros y recuerdos que luchaban por sobrevivir en la tormenta. Una ampolleta se aferraba a lo que quedaba de techo. La mesa que sostenía el televisor voló sobre su cabeza. Un álbum de fotos se humedecía con la lluvia, deformando el papel y los rostros sonrientes de Alba y Sandra Soto.
A su lado, un arbusto se agitaba en un movimiento antinatural. Un halo de luz lo invitaba a danzar con unas pequeñas figuras humanas que apenas le llegaban a las rodillas. El bosque se distorsionaba con sus cánticos y giros grotescos. Las figuras saltaban, se golpeaban y chillaban con una ternura que a Guzmán le parecía abominable.
Un nuevo grito cayó del cielo. Lo que quedaba de cabaña se estremecía con el sonido animal de algo que se desplazaba con torpeza por su interior. Una lluvia de tablas y cuadros salió despedida en distintas direcciones. Escuchó una puerta cerrarse, seguida de un llanto que le erizó la piel. La ventana del segundo piso se abrió. Ignacia Tapia. Ya no era la pequeña de las fotos del archivo, pero aun así no le costó reconocerla. No alcanzó a reaccionar cuando la vio saltar hacia la leñera, a un costado de la cabaña. El musgo la hizo resbalar. Guzmán creyó oír las uñas rompiéndose al aferrarse a la madera. Corrió hasta quedar debajo de ella. Del segundo piso volaron los restos de lo que debió haber sido una puerta. El rugido se impuso por sobre la tormenta. La cabaña se quejaba. Guzmán notó los músculos tensos. Por el agujero, un cuerpo amorfo terminó de destruir el segundo piso. Un hocico descomunal olfateó el aire, buscando a su presa que caía de la leñera a los brazos de Guzmán.
–¡Sígueme! –gritó. Sintió el terror de que esa cosa los escuchara.
Necesitaban salir de allí cuanto antes.
Ignacia parecía no tener fuerzas. Guzmán la tiraba del brazo. Señaló el camino y sacó el arma antes de volver a la cabaña.
–¡¿Qué hace?! –le gritó Ignacia.
–Voy por tu tía.
–No…
El rostro de Ignacia fue suficiente.
El muro frente a ellos cedió. Las luces se extinguieron entre chispas y estallidos de bombillas. Estaban a oscuras. Zarpas y dientes trataban de alcanzarlos, rasgando aire y matorrales por igual. Aquello se volvía enorme. Se arrastraba por salir, rasgando la tierra y lanzando mordiscos que reventaban árboles enteros.
Guzmán arrastró a Ignacia con todas las fuerzas que le quedaban. Daba igual si la chica le podía seguir el ritmo o no.
La bestia aulló, y de un zarpazo arrancó de raíz un grupo de árboles que cayeron a un costado de la pareja. El detective la soltó. Le pidió que siguiera corriendo. Liberó el seguro del arma y abrió fuego. El monstruo ni se inmutó. Lanzó un nuevo golpe contra una hilera de árboles. Nos va a comer, pensó Guzmán al ver desaparecer ese mundo que los rodeaba.
Los troncos se tiñeron de una luz rojiza. Guzmán la sentía en su rostro, atravesándole los párpados, escarbando para filtrarse en sus pupilas. La bestia se detuvo. Gruñía y se retorcía a medida que la luz aumentaba en intensidad, como si le hiciera daño con su toque. Guzmán la vio mutar entre sacudidas que la enfurecían cada vez más, obligándola a hacerse de una forma casi humana.
Unos susurros jugaron en su oreja.
¿Y ahora qué?, pensó al notar que Ignacia no se movía.