Un campo de flores muertas 2 #2
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En la página siguiente, un chico de unos cinco años hacía una mueca hacia la cámara. Parecía haberse colado en la foto. En el fondo, tío Germán conversaba con su madre y un hombre. El lugar le parecía conocido. El hombre entrelazaba las manos con la mujer.

Tía Alba cerró el libro de sopetón. Se limpió una lágrima con el dorso de la mano y se apresuró a guardar el álbum, como si quisiera esconderlo de Ignacia. Se le veía nerviosa. Trató de arreglar su desorden, susurrando en voz baja dónde iba cada cosa.

Se pasó las manos por el pantalón, tratando de secar el sudor.

–¿De qué hablaron con el hombre que vino hace un rato?

Tía Alba hizo una pausa y continuó con el orden.

En el exterior, la lluvia se azotaba contra la ventana.

–Tía.

El silencio comenzó a pesar. Ignacia lo sentía en su cuerpo, en los muebles, en los adornos que amenazaban con caer si se mantenía por más tiempo. Un soplo de aire le llegó cargado de la indiferencia de su tía. A ella también le pesaba. La notaba lenta, como si le costara tomar cada objeto que había sacado del cajón, devolviéndolos a la fuerza, como si se negaran a volver a su sitio después de experimentar la libertad.

Su respuesta fue un corte.

–De nada importante.

Ignacia sintió el rostro acalorado. Había recuperado la movilidad en las extremidades. Trató de plegarlas en un intento por canalizar su frustración.

–Los escuchamos.

Tía Alba siguió ordenando, haciéndola dudar de si realmente lo había dicho. La escena se detuvo por una milésima de segundo que a Ignacia le pareció eterna. Su tía vaciló lo suficiente para confirmar que lo que escuchó fue real.

–¿Entonces?

–¿Entonces qué?

–¿No vas a tratar de convencerme de que lo que escuché es mentira?

–No hay nada que explicar.

–¿Nada que explicar?

Tía Alba evitaba el contacto.

Algo en el interior de Ignacia amenazó con quebrarse. Apretó los puños y reprimió una mueca.

Quería romperlo todo.

–¡¿Cómo pudiste ocultarme lo de papá?! –Tía Alba se enderezó, pero siguió con lo suyo–. ¿Siquiera sabes dónde está? Y lo de Bruno. ¡¿Por qué nunca me contaste que tuve un hermano?!

–Tu padre lo mató.

–¡Oh, bien! –gritó. La sangre se le acumulaba en la punta de los dedos, humedeciendo la almohadilla del parche que empezaba a filtrarse. Tenía tanto que preguntar que no sabía por dónde partir. Lo del ritual, su madre, tío Germán–. ¿Por qué inventaste que papá me abandonó? ¿Cómo fuiste capaz? ¡Tú lo hiciste desaparecer de mi vida! M-merecía saber la verdad… ¡Y tú me quitaste la oportunidad! ¿Sabes cómo me siento?

–No lo entenderías.

–Me engañaste.

–Lo hice por tu bien.

–Claro, por mi bien.

–Ignacia.

–Venirnos a la mierda del mundo, inventar que tío Germán murió.

–…

–¿Qué planeabas? ¿Ocultarme la verdad por siempre?

–No es así.

–Ayúdame a entender. Quiero saberlo todo. ¡Ahora!

–No lo…

–¿Entendería? Dudo que lo haga si te quedas en silencio.

Sintió las mejillas húmedas.

Su voz temblaba.

–Solo falta que lo de mamá también sea ment…

Tía Alba se puso en pie de un salto.

Ignacia apenas sintió el golpe. Se dio cuenta por el chasquido de la palma contra su mejilla.

El ardor se elevaba con cada segundo. Notó un pitido en el oído que se quedaría por un tiempo, un recuerdo de ese momento.

Volvió la cabeza para encontrarse con un rostro desconocido, plagado de surcos y una expresión que nunca le había visto. El mentón le tiritaba. Sus ojos dañados eran como dos cascadas desbordadas. No se había percatado de lo vieja que se veía. Fue una advertencia de que no la tendría para siempre a su lado, que las consecuencias de los actos siempre llegaban.

–¡No me vuelvas a levantar la voz!

Se palpó el cachete inflamado.

¿De verdad la había golpeado?

No podía creerlo.

Trató de recordar cuándo había sido la última vez que la había golpeado de esa manera. Debería haber sido a los ocho, o mucho antes.

Ahora entendía por qué no hablaba de sus padres. Mantenerla en la ignorancia era más fácil. Así evitaba recordarlos. Sandra, Bruno, Manuel.

El rostro de tía Alba se deformó en una vorágine de emociones.

Ignacia no entendía nada.

Negarlo solo postergaba lo inevitable. Ignacia ya la había escuchado, ahora quería la versión completa. La vio retorciéndose contra la pared, como si tuviera miedo de su sobrina, y buscando con las manos algo con lo que defenderse.

–¿Vas a seguir huyendo?

Su voz sonó como si algo se hubiera apoderado de ella.

–Inna… Yo…

Al oír la voz de su tía pensó que todo era parte de una ficción. La veía pequeña, indefensa. Se sentía culpable por hacerla llegar a ese estado.

Ignacia salió de la habitación y se encerró en su cuarto.

Se lanzó contra la cama y hundió la cabeza en la almohada.

–Inna –oyó la voz cansada de su tía del otro lado de la puerta. Trató de girar la manilla, topándose con el seguro–. Mañana te lo contaré todo, ¿sí? Necesito… ordenar mi cabeza. Solo te pido que me des esta noche.

Ignacia contuvo los sollozos. No quería que tía Alba la escuchara llorar.

–Lo… Lo siento.

Oyó los pasos apagados que bajaron al primer piso.

Dio vueltas sobre la cama y se quedó mirando el techo por unos minutos.

Se asomó por la ventana. La lluvia caía con más fuerza que durante la tarde, liberando un poder que parecía querer llevarse el mundo por delante.

Miró sus dedos y pensó en cambiar los parches. El algodón ya no podía absorber más sangre, y a la más mínima presión liberaba un hilo que se pegaba a la superficie. Por el rabillo del ojo, Ignacia vio unas ramas que se agitaban. Se movían como si las hubieran golpeado.

Quería olvidar todo, cerrar los ojos y que fuera de día.

Necesitaba oír la versión de tía Alba.

Dio un par de vueltas en la cama hasta caer dormida.

La linterna se debatía en una lucha imposible contra la oscuridad que lo envolvía. Coihues y nalcas articulaban el caos que le impedía ver más allá de esa caverna viva y delirante donde avanzaba a tientas. El olor a tierra fermentada y hojas podridas le llenaba la boca como un sabor antiguo. Guzmán estaba seguro de haber pasado antes junto al mismo árbol, pero el rumor de la lluvia y el crujido de ramas que se rompían como costillas lo hacía voltear en busca de su origen, perdiendo de vista el sendero que él mismo iba creando. La luz era absorbida por lo que fuera que habitara en las sombras. Se desvanecía tras sus intentos vanos por permanecer con vida en ese bosque donde todo parecía querer acabar con él. O no. Quizás deseaban capturarlo. Solo un tropiezo, un error, creyó que susurraban los helechos que se aferraban a sus piernas, rogando por un desliz del visitante para que esa prisión sin muros ni barrotes desatara la furia de siglos de espera por su llegada. Se imaginó a cientos de viajeros no deseados, atraídos a ese pozo de lodo y raíces que se extendían como tentáculos corruptos, hambrientos de algo más que insectos y criaturas desamparadas, cadáveres olvidados por el tiempo que esperaban para desaparecer por completo. Sintió que todo respiraba. Y si no era todo, sabía que no era el único.

El barro le succionaba los zapatos con un sonido viscoso. El viento jugueteaba con las ramas o le lanzaba la lluvia a baldazos en su intento por confundirlo. Vaya mierda. Se imaginó bebiendo té junto a la estufa que le había regalado su padre cuando decidió independizarse. Aún debía cambiar la rueda pinchada y manejar los noventa kilómetros de curvas y tramos sin asfaltar que separaban Villa Encina de Puerto Carrera.

–¿…én anda…í?

A su derecha, un hombre lo observaba junto a un tronco caído. Llevaba un impermeable como los asesinos de las películas, sin garfio ni machete que lo amenazara. Su rostro se deformaba con la poca luz de luna filtrada entre las hojas, un rostro cartografiado por el tiempo, de ceño fruncido y nariz de brujo.

–¡Responda! –volvió a gritar, apuntando al rostro con una linterna más potente que la suya.

Su voz rasgada se imponía por sobre el canto de la lluvia, un graznido que, de haberlo oído sin la luz de los rayos, se habría alojado en sus pesadillas.

Guzmán asintió, avergonzado.

El hombre hizo una mueca que no supo cómo interpretar.

Por el rabillo del ojo, Guzmán alcanzó alcanzó a ver la sombra de alguien que se escabullía entre los matorrales. Como una ninfa, se cruzó por detrás del hombre, rodeándolo con una caricia que le recorrió el pecho y se elevó en un jugueteo delicado. Su desnudez tenía la solemnidad erótica de un ritual. Los tatuajes parecían no tener inicio ni fin. La cubrían de cuello a pies, perdiéndose bajo la curva de sus senos, creando formas abyectas que se apoderaban de la mente de Guzmán.

No supo en qué momento dejó de sentir frío.

El aire ya no era solo aire. Era algo más. Sintió su abrazo invisible. Le cubría el rostro, recorriendo su cuerpo, infiltrándose en lugares prohibidos incluso para el mismo Guzmán.

Y el hombre pareció notarlo. Observaba el bosque con el mismo cuidado que mantenía su distancia del detective.

«Cuidado con Villa Encina», le había advertido su padre. «Es un sitio raro, de gente… peculiar».

Debí escucharlo, se dijo mientras pensaba en la Glock que colgaba de su cinturón. Balbuceó algo sin sentido, rogando a las sombras que lo dejaran alcanzar el arma antes de que la pareja se le adelantara.

Sus ojos se cruzaron con los de la mujer.

Creyó ver una sonrisa.

De un momento a otro, la lluvia se detuvo.

Fue como si llegara el amanecer. La parka estilaba sobre su chaleco, mientras el agua traspasaba capas de ropa hasta calarle los huesos. Tragó y anticipó el resfrío. ¿Por qué pensaba en resfriarse? Entonces lo entendió. No era el frío lo que despertaba esa sensación. Era ese lugar. Devoraba la energía de sus movimientos. La luz se adueñaba de esa catedral oscura, siniestra, aprovechando de acariciar el cuerpo de la mujer. Poco a poco también fue descubriendo el perfil sorprendido del anciano, revelando los arrayanes que se codeaban con las lengas, acompañados del carpintero que los observaba desde las alturas de un coihue.

No duró más de un segundo. Una tregua innecesaria.