Un campo de flores muertas 2
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La tormenta había decidido tomar un descanso. El olor del musgo, la tierra húmeda y el aliento resinoso de las lengas se filtraban por la ventana abierta. Matías acariciaba hombro descubierto de Ignacia. El calor que irradiaba de su piel le aseguraba que el mundo seguía ahí. Ignacia cerró los ojos. El picoteo de un pájaro carpintero acompañaba el chapoteo de las gotas que se estrellaban contra el suelo. Era su minuto de olvidarlo todo.

–¿Crees que sea verdad?

Ignacia no respondió. No quería hacerlo. Aún seguía lidiando con lo que acababan de escuchar.

–Debimos poner la película que sugirió tu tía.

La chica abrió los ojos. El caos en su cabeza le exigía volver.

–Sí, quizás.

–Menos mal respondiste. Pensé que te habías desmayado, como tu tía.

Ella le tomó un mechón de esa pelusilla que llamaba barba y lo tironeó.

–¡Auch! ¿Qué te pasa?

–Te lo mereces. Por idiota.

Ignacia se puso puso de pie y se asomó por la ventana. El auto del visitante se alejaba por el camino de tierra. Tomás Guzmán, pensó anotando en su cabeza el nombre del detective.

–Creo que me sacaste el mechón.

–Deja de llorar. Hay cosas más importantes. Vístete.

Matías se demoró en recoger sus cosas y vestirse. A Ignacia le encantaba cuando contraía el labio con la mirada perdida mientras volteaba su polera.

–¿Pasa algo? –preguntó Ignacia.

Matías terminó de estirar su polera antes de responder.

–¿Cuándo crees que…?

Sus labios temblaban. Sabía que buscaba las palabras que no se atreverían a salir.

–Olvídalo.

–Mati…

–Lo siento.

–Da igual –respondió, evitando mirarlo a los ojos. La respuesta seguía siendo la misma. Debían esperar el momento perfecto.

Abrió la puerta de la pieza y bajó, seguida de cerca por el chico.

Iba decidida a enfrentar a tía Alba. Desde el principio, todo había sido una mentira. La había manipulado. ¿Cuál era su idea? Tengo que dejar que ella me lo diga.

El primer piso estaba vacío. En la televisión, el logo de DVD rebotaba de borde en borde. El mate esperaba sobre la mesa de centro. Los troncos, reducidos a brasas, exhalaban sus últimos suspiros. De su tía no había ni rastro.

Matías señaló la habitación al final del pasillo. Ignacia se acercó, cuidando sus pasos para evitar el crujido de la madera bajo su peso. Oyó un llanto que se filtraba bajo la puerta, acompañado del roce de papeles y cajones que se abrían sin volver a cerrarse.

Regresó por el pasillo en completo silencio.

–Creo que mejor me voy –susurró Matías.

–Está bien. Tengo que hablar con mi tía de todas formas.

Lo acompañó hasta su auto cubierto de hojas y pequeñas ramas.

–Inna, cualquier cosa que necesites, puedes contar conmigo.

–Lo sé.

–Tu tía… debe estar mal.

–¿Y cómo crees que me siento yo? –rugió, hostil, más de lo que le habría gustado.

–Lo sé… también debe ser difícil para ti –respondió, nervioso–, ¡pero ella lo vivió! Debe tener sus motivos para ocultarlo. Son dieciséis años. Solo lo digo para que tengas cuidado…

Ya –suspiró. Sabía que no lo decía con mala intención. Odiaba que no fuera más cuidadoso–. Lo tendré en cuenta.

–No te enojes, por favor.

No quería que Matías la viera apretar el puño dentro de su manga.

–Avísame cuando llegues.

El auto se fue rebotando por el camino de ripio. Ignacia se quedó observando hasta que un muro de árboles devoró las luces, dejándola a oscuras bajo un cielo sin estrellas.

El goteo había desaparecido. La luz a su espalda titiló, deformando las figuras de los árboles que la rodeaban. Se quedó quieta, vigilando en busca de algo que diera señales de vida. El picoteo del carpintero se murió sin dejar eco alguno, como si nunca hubiera existido. Se sentía dentro de una burbuja que la aislaba del mundo. Podía oír los latidos de su corazón, el crujir de los huesos bajo su peso, la sangre que fluía por sus venas. Trató de no volverse loca. Se concentró en encontrar el límite de esa membrana que ocultaba lo que acechaba más allá de las sombras. Un pudú, quiso convencerse, controlando la respiración para no oír el roce con sus fosas nasales. O un puma. O algo peor, quiso agregar, pero no se atrevía a pensarlo.

La tormenta se reanudó sin aviso. Una corriente de viento recorrió el túnel de árboles que rodeaban el camino y la golpeó de frente. Las rodillas le temblaron. Las hojas rozaban entre sí, produciendo un ruido húmedo que la obligó a girar en todas direcciones. No los podía ver. Pero estaban ahí. Cientos. La observaban, deleitándose con el pánico que le producía su existencia, amenazando con raptarla, no ahora, quizás de noche, mientras durmiera, camino a la escuela, paseando por el bosque, en el pueblo. Cuando ellos quisieran.

Ignacia pensó en abrir la puerta, entrar y esconderse bajo las sábanas, quedarse ahí hasta que se fueran y volvieran a su escondite en el bosque. No se podía mover. Los segundos se volvieron horas agónicas en las que solo podía imaginarlos. Su forma, su rostro, el olor a muerto impregnado en la piel. El frío era su único aliado, y quizás ni eso fuera.

El chillido de un ave le aceleró el corazón. Giró el cuello, buscándola. No se ocultaba. Era parte del bosque, de las raíces que se extendían bajo tierra, de las sombras que se iban adueñando de los árboles y de ella, tratando de aferrarse a su cuerpo para llevarla a lo más profundo con tal de consumirla.

A su espalda, el foco de luz se apagó.

La oscuridad subió por sus piernas, recorriendo cada centímetro hasta cerrarle los ojos. Sintió que la inspeccionaban, obligándola a pegarse a la puerta en un intento vano de que tía Alba fuera en su ayuda.

El crujido de una rama la ayudó a concentrarse en la realidad. Palpó las vetas humedecidas de la puerta contra sus manos. Trató de hacerse una con la puerta, presionando con los dedos hasta volverse blancos, rasgando las astillas con las uñas sin miedo a romper la piel.

La luz volvió.

O nunca se había ido.

El bosque seguía siendo el mismo. Las sombras dejaron de tocarla, replegándose hasta no ser más que espectros anclados a la superficie. La burbuja que la protegía se dispersó. Estaba desnuda ante el ataque de lo que acechaba más allá de la realidad.

Sintió una puntada de dolor en los dedos. Le sangraban. Los tenía astillados, con trozos de madera emergiendo de su piel como si fueran larvas secas.

Giró la manilla con ambas manos y entró. La piel le ardía, pero la posibilidad de que algo se colara por la puerta la aterraba lo suficiente para aguantar el dolor y cerrarla.

Afuera, el viento volvió a mecer las hojas.

Unas ramas se quebraron bajo el peso de un pie.

Sus dedos no dejaban de sangrar. Le ardían y le picaban. Apenas podía moverlos. Abrió el agua y se frotó; presionó las yemas para detener la hemorragia. Algunas astillas se negaban a soltarla. Dolía, y volvía a sangrar.

Del cajón del baño sacó una tira de parches. Envolvió sus dedos hasta asegurarlos en una envoltura de cinta que le daba un mínimo de protección.

De la cocina, oyó el ronroneo del refrigerador. La cabaña se había vuelto una tumba. El silencio y el frío reinaban. Al fondo del pasillo, el cuarto de tía Alba pedía calma y respeto. El llanto y los murmullos se detuvieron. Lo único que salía de su pieza era la luz que se filtraba por debajo de la puerta. Imaginó una bestia encerrada, esperando ser liberada.

Tomó aire y dio el primer paso.

Tía Alba estaba sentada sobre su cama. Observaba una foto en blanco y negro en un marco deteriorado. En la imagen, dos chicas corrían de un chorro de agua. El fotógrafo había incluido a un grupo de chicos que reía cerca de un grifo. La sonrisa de tía Alba había trascendido las décadas, viajando a través del tiempo con la misma ternura que Ignacia recordaba de toda su vida. Su versión joven se protegía con una mano del agua. Tenía la boca abierta y estaba empapada hasta los huesos. Más cerca reconoció a su madre. Llevaba un vestido con flores, cola de caballo y los mismos ojos de Ignacia. «Verdes y llenos de energía», solía repetirle su tía.

El suelo era una alfombra de cuentas vencidas, fotografías sueltas, notas arrugadas, un sobre con lo que parecía una carta y cachivaches varios. En medio, el cajón del velador lucía como si lo hubieran arrojado a la fuerza.

–¿Esa es mamá? –preguntó para romper el silencio. Sabía la respuesta, solo necesitaba una excusa para iniciar la conversación.

–Oh, sí –respondió Alba, fingiendo sorpresa.

Ignacia trató de mantener la conversación a flote preguntándole por lo que estaba en el suelo.

–Cosas. Cosas sin importancia.

Su voz sonaba vacía, como si le hubieran robado las ganas de vivir.

Sobre el velador había un álbum de fotos abierto.

Ignacia trató de acercarse sin pisar nada. Temía romper algo que pudiera formar parte de un recuerdo tan o más valioso que la foto.

Nunca había visto a tía Alba así. Parecía un cascarón vacío. Ignacia siguió su camino y se sentó junto a ella.

–Esta es de poco después de que nacieras –dijo cambiando el marco por un álbum de fotos–. No tenías ni un mes. Mi hermana siempre te tenía en brazos. Se negaba a soltarte. Con Germán le regalamos una canasta para que te dejaran y se despreocuparan de ti por unos minutos, pero ella se sentía cómoda contigo cerca.

La joven versión de tía Alba sonreía hacia la cámara. Tenía el pelo castaño recogido en una cola, lentes de sol y una copa en la mano. A su lado, la madre de Ignacia sonreía sin dejar de mirar el bulto que sostenía cerca de su rostro. Llevaba el pelo en una melena que le llegaba hasta los hombros. Ignacia solo pudo pensar en lo hermosa que había sido.

–Le gustaba ir a la playa con todos. Decía que parecíamos una familia feliz.

–Ese fue el año en que tío Germán quiso probar la sandía con pisco porque no había podido encontrar melones, ¿cierto?

La risa le salió natural, cargada de dolor y nostalgia. Se llevó la mano a la boca en un intento por reprimir el llanto.