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–Le puedo ofrecer mate –dijo levantando un vaso ovalado con unos pocos restos de yerba flotando–. Hace años pasé los setenta. Los huesos me duelen y mis piernas no resisten como antes. Si quiere otra cosa, siéntase como en casa. El agua está hervida. Puede hacerse un té, un café… Lo que quiera. Cuando se anime, me puede acompañar.
Guzmán sonrió cordial y se sentó. El sillón parecía un tronco suavizado a golpes, revestido de una tela vieja y húmeda que suplicaba por un cambio. En la mesa, una revista servía de posavasos a tres tazas. Debe estar arriba, pensó, observando a su alrededor.
–¿Quiere? –le ofreció la mujer después de sorber el contenido.
–Gracias, pero paso.
–Le ayudará a entrar en calor.
–Con el fuego es suficiente. Se lo agradezco.
Dejó el mate sobre la mesa, lo rellenó de agua y lo dejó reposar.
–Dígame, ¿en qué lo puedo ayudar?
El vidrio vibró tras un nuevo azote del exterior.
–Manuel Tapia.
Guzmán no esperaba que el nombre del psicópata de Valle Grande fuera a tener ese efecto. Sintió como si una cortina dividiera el cuarto. El rostro de Alba Soto se contrajo en una mueca que trató de disimular con una sonrisa que desapareció al instante. A Guzmán le recordó a un niño que trataba de ocultar sus manos temblorosas, temiendo que delataran su miedo.
–Pensé que… –Tomó el mate y sorbió, manteniendo el temblor a raya–. Me dijo que es de la PDI, ¿cierto?
–Brigada de Homicidios. Investigo un caso de parricidio doble ocurrido hace unos días.
Guzmán vio a la anciana sostener la sonrisa por un segundo, marcando las arrugas que rodeaban sus labios. Debía elegir con cuidado sus siguientes palabras.
–Este caso y su relación con Manuel Tapia…
–¿Qué quiere saber de ese monstruo? –lo interrumpió, endureciendo el tono.
–Se ha vuelto a abrir.
En sus primeros años, Pizarro lo «condecoró» como «delegado de las malas noticias». El día de su retiro lo relevó de su cargo y le pidió disculpas por darle una labor de la que él no se quería hacer cargo.
Los rostros se deformaban casi siempre de la misma manera: labio tembloroso, cejas inclinadas, ojos brillantes, lágrimas asomándose como un gato curioso. La boca de Alba Soto se aflojó de tal modo que Guzmán se preocupó de haberle provocado una conmoción cerebral.
Manuel Tapia le había hecho un daño irreparable a la familia Soto. Parricidio, homicidio frustrado, satanismo, violación y eso sin considerar las consecuencias posteriores. Sus delirios casi lo libraron de la cárcel. Guzmán había seguido el caso de cerca. Aún recordaba la mañana que anunciaron la condena, el mismo día en que se supo del suicidio de Sandra Soto.
Los ojos de la mujer parecían haber perdido las ganas de vivir. Estaban varados en un mundo que no era ni este ni ninguno conocido. Alba se pasó la mano por el pelo corto y cano, resoplando en un intento por recomponerse.
–Vaya día –dijo con la mirada anclada en sus pies–. Nunca me lo imaginé. Parece… ¿Se puede saber por qué se abrió?
–Si le soy sincero, hay varios motivos. Uno de ellos, y que es el que más inquieta al fiscal, es la cooperación que prestará Tapia para encontrar a sus colaboradores.
–Espe… ¡Espere! –gritó Alba, casi poniéndose en pie, olvidando la dificultad de la edad–. Las pruebas… ¡Las pruebas fueron contundentes! ¡Yo estuve ahí! El juez no dudó la sentencia. Espere. No entiendo. Si coopera, ¿puede salir antes?
–Reducción de condena.
–¿Qué? No. No, no, no. No puede ser.
Ocultó su cara entre las manos, limpiándose las lágrimas que comenzaban a caer. Los sollozos se convirtieron en hipo, convulsionando el pecho de la mujer en sacudidas sin control. Tomó una servilleta, se secó la cara y trató de calmarse, avergonzada.
Al menos su familia sí recibió justicia, pensó Guzmán mientras Alba trataba de controlar su respiración.
–Lo lamento. Es solo que… Ese hombre quebró a mi familia. Primero Bruno, después Sandra. –Suspiró, dejando que un temblor se apoderara de su cuerpo–. ¿Es posible que salga de prisión?
–Si comienza a cooperar sin ningún inconveniente de por medio, en cinco años podría estar fuera.
–Ay, Dios mío.
Una nueva dosis de llanto emergió.
–¿Hay algo que podamos hacer para evitarlo?
–Es por eso que vine, señora Soto.
En el exterior, el viento trataba de echar abajo la cabaña. Las ventanas se sacudían con cada arremetida, haciendo vibrar los vasos en la cocina en un tintineo que quebraba la calma de sus últimas palabras.
–Necesito que me cuente todo lo que sepa del crimen que cometió Manuel Tapia.
La mujer pareció no entender a qué se refería.
–Pero si ustedes ya lo saben todo. ¿Qué nueva evidencia podría aportar?
–Señora Alba, escúcheme. Necesito que haga memoria. Trate de pensar en cualquier detalle que le haya llamado la atención que pudo haber pasado por alto en sus declaraciones previas.
–Han pasado más de quince años, y estoy vieja. ¿No cree que sería más fácil decirme qué es lo que estamos buscando?
–Un cómplice.
–¿Cómo?
–Manuel Tapia, su cuñado, tuvo un cómplice durante el crimen. Si logramos dar con él antes de que Tapia declare, frenaremos su acuerdo y no tendrá cómo reducir su condena.
Alba Soto respiró profundamente antes de desmayarse.