Un campo de flores muertas 1 #3
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El almuerzo desapareció de los platos en tiempo récord. Matías dio las gracias, levantó la mesa e hirvió el agua para el mate. Se sentaron junto al fuego a escuchar la historia de tía Alba, que incluía a Sandra, la madre de Ignacia, y un grupo de hippies que las llevaron a San Clemente. A Ignacia le encantaba oír historias de su madre. De pequeña, siempre le pedía a su tía que le repitiera algunas de sus favoritas, como cuando tío Germán llegó con un sapo y lo perdió en la habitación de sus hermanas. Era la única forma de acercarse a su madre. Su muerte nunca quedó clara. Según tía Alba, la policía barajaba dos posibilidades. Nunca entregaron una resolución definitiva, y el caso terminó archivado por el fiscal Zunino.

Con su padre era distinto. Desde el principio –aunque no sabía cuándo había sido eso– supo que su tía lo detestaba. Cada vez que podía tía Alba lo hacía desaparecer de las historias, y cuando no, una mueca de disgusto aparecía en su rostro. Con el tiempo, Ignacia notó que sus omisiones no eran solo con él. Otras personas o situaciones comenzaban a desaparecer (¿A conveniencia de quién?), provocando vacíos argumentales o contradicciones en sus relatos. Después, tía Alba optó por no contarlas, a menos que Ignacia le rogara. Pero su padre era un caso particular. Tía Alba nunca guardó cuidado en decirle que abandonó a su madre con una Ignacia recién nacida. Cuando tío Germán bromeó con que «había ido a comprar cigarros», desató la ira de su hermana. Ignacia recordaba ese día en particular por la discusión en la mesa de los adultos y a sus tíos tratando de mantener un volumen que los pequeños no pudieran oír desde sus piezas. Después de ese día solo veían a tío Germán para fechas importantes, y cuando se cambiaron a Villa Encina el contacto se limitó a una que otra llamada y a visitar el cementerio por el aniversario de muerte de Sandra. Hasta que tía Alba le contó que había muerto: un choque con un camión terminó con la vida de tío Germán y toda su familia. Ignacia y tía Alba eran las últimas.

Afuera, la lluvia parecía empecinada en derribar la cabaña. Matías había conseguido una copia pirata de Evil Dead en el centro de Puerto Carrera. El golpeteo de las gotas contra las ventanas casi lograba enmudecer los diálogos de Bruce Campbell.

–La dos es mejor –afirmó tía Alba al ver a Ellen Sandweiss asomándose por el sótano.

Desde el camino, unas luces se acercaban.

–¿Esperamos a alguien? –preguntó tía Alba, que había corrido el visillo para espiar. Nadie respondió. Tomó su impermeable y salió.

Ignacia y Matías la imitaron, corriendo el visillo para husmear sin que los descubrieran. Vieron a un hombre que debía rondar los treinta conversando con su tía. Era alto y llevaba una chaqueta azul con unas letras amarillas. En su mano izquierda sostenía un paraguas, y con la derecha mostraba lo que parecía una placa. Los dos jóvenes veían las bocas moverse, pero no lograron comprender de qué hablaban.

Tía Alba volvió y les pidió que subieran a la habitación de Ignacia.

–¿Quién es?

–De la PDI. Quiere hacerme unas preguntas.

Ignacia y Matías se miraron de reojo.

–¿La PDI?

–¿Preguntas? ¿Qué hiciste ahora?

–Robó un banco –sugirió Matías entre las risas de Ignacia.

–Ay, déjense de joder el parcito –respondió incómoda y con evidente molestia, mientras movía los ojos de un lado a otro evitando el contacto visual y acomodándose los lentes–. Suban y vean algo en tu pieza, una película, qué sé yo.

Tía Alba se volvió y empezó a ordenar antes de dejar pasar al detective.

–Y cierren la puerta. No quiero que escuchen.

Ignacia no supo cómo reaccionar. ¿Cerrar la puerta? Tía Alba nunca lo habría permitido, a menos que se tratara de algo realmente delicado. Notó que las manos le temblaban al coger la tetera para calentar agua. Ignacia sintió una contracción en los músculos de la garganta.

Cerraron la puerta de su pieza y se quedaron en silencio unos segundos.

–¿Crees que sea una asesina en serie?

–No seas tonto.

–¿Puedes confirmar que no lo es?

–Matías Parra. Basta.

–¿Sabes qué hace en el día?

–Trabajar, como todos los adultos.

–Quizás, cuando vas al colegio, sale a vender la droga que almacena en su escondite secreto. Ya escuchaste su historia con los hippies.

–Ay, Matías –lo recriminó con una risilla, tratando de poner el rostro serio. El chico la tomó de la cintura hasta quedar a centímetros el uno del otro.

–No te preocupes, Inna. De seguro no es nada.

–Sí, tienes razón. Pero… Es extraño que la PDI venga un sábado.

–Como dicen en las películas: «el mal no duerme».

Del primer piso les llegó la vibración de las voces. No se entendía de qué hablaban. Ignacia necesitaba saber qué decían.

–¿Todo bien? –insistió el chico, estrechando más su cintura.

–Sí, es solo que… volví a tener ese sueño. Y ahora esto. –Giró los ojos hacia la ventana. Los árboles se movían al ritmo del viento en una danza caótica–. Tengo…

–Inna –susurró Matías antes de tomarla de la nuca–, no digas que tienes un «mal presentimiento». Todo lo malo viene después de eso.

La chica sonrió antes de rozar sus labios con los de él, demorándose lo suficiente para sentir la humedad tibia de su boca abrirse paso. Su cuello se encendió en un calor que descendió hasta convertirse en un leve temblor.

Matías apenas murmuró algo contra su oído, más un suspiro que palabras. Ignacia volvió a buscarlo con una urgencia que no terminaba de entender. Su espalda se rindió a la sensación de sus manos que se deslizaban, lentas al principio, como si aprendieran el recorrido.

La respiración de Matías se mezcló con su piel, cálida, insistente. Ignacia cerró los ojos. Sintió su muslo asomarse antes de que Matías lo encerrara entre sus dedos.

Se dejaron caer sobre la cama enredados en un movimiento torpe y necesario. Afuera, la tormenta golpeaba con una constancia sorda, filtrándose en la habitación como un eco lejano. Ignacia sintió que ese ruido, ese peso en el pecho que no terminaba de irse, se confundía con el ritmo de sus respiraciones, como si ambos intentaran, sin decirlo, expulsar la angustia fuera de sus cuerpos.

–Puede dejar su chaqueta en el colgador de la puerta.

El calor resultaba más agradable solo con camisa. Si no fuera por el choque de la tormenta contra las ventanas, no podría imaginar que afuera estuviera lloviendo.

La televisión estaba encendida. Un hombre con un hacha rebanaba a un zombi, salpicando de sangre los muros de una cabaña en mal estado. En más de una ocasión, Guzmán había resuelto crímenes iguales o peores.

Revisó su cuaderno de notas una última vez. Se detuvo en la cita de Correa: «Los cultos y rituales de purificación…».

–Su nombre es Tomás Guzmán, ¿cierto?

La mujer limpiaba sus lentes con la manga del chaleco. Sin ellos, el paso del tiempo hacía su efecto. Se veía cansada. Guzmán notó que el miedo era lo que afloraba sin esa primera barrera que la ayudaba a ocultarse.

El zombi seguía moviéndose tras arrancarle la cabeza, o eso creyó al ver cómo le cortaban las extremidades y las enterraban fuera de la cabaña.

Cerró su cuaderno. Se sabía la cita de memoria. Ahora necesitaba comprobarlo.

–Si quiere quedarse parado viendo la película, adelante.

La violencia en pantalla era discordante con el tono calmado de la señora Alba Soto.