1 #2
–Te pasa por quedarte hasta tarde haciendo tareas. ¡Já! Ojalá.
–Ay, tía –dijo Ignacia, mirándola levantar su ropa del piso. No le gustaba que lo hiciera, pero era la única forma de calmar la ansiedad de su tía–. ¿Qué le digo?
–¿Qué más le vas a decir? Que estamos atrasadas porque la princesa se quedó dormida –dijo saliendo del cuarto con su «risa de Patán», un personaje que Ignacia solo conocía por las menciones de Alba.
Desde las escaleras le gritó que se vistiera porque tenían que ir a comprar.
La lluvia se había calmado la noche anterior. Todos los vecinos de Villa Encina sabían que eso solo podía significar tormenta. Apenas caía una llovizna que las obligaba a manejar con cuidado. El camino estaba plagado de hoyos y tramos sin asfaltar, y la lluvia creaba la ilusión de un camino perfecto tramos sin asfaltar. La lluvia creaba la ilusión de un camino perfecto en el que el menos atento terminaba orillado cambiando una rueda en medio del diluvio.
En el pueblo, los niños aprovechaban esa ventana de tiempo calmo para tomarse los pasajes y jugar a la pelota. Ignacia los veía reír empapados, pateando la pelota que rebotaba de charco en charco hasta atravesar el arco improvisado con palos sueltos y latas de bebida. Bajaron en el almacén de don Avelino, compraron una bolsa de verduras y volvieron antes de que iniciara el temporal.
Desde el fiordo, la bruma se extendía por el laberinto de árboles que las escoltaba. Se desplazaba lentamente, inspeccionando cada recoveco en busca de esa criatura desamparada que esperaba a ser devorada. El olor a tierra húmeda y a hojas en descomposición era todo lo que Ignacia necesitaba. Bajó su ventana lo suficiente para que la brisa surtiera efecto.
Los labios le ardían. Cada vez que ese sueño volvía la ansiedad amenazaba con comérsela. Trataba de reprimirla haciendo rebotar los pies, mordiéndose los labios o sumiéndose en el silencio.
Cerró los ojos y dejó que la llovizna le enfriara el rostro.
–¿Tienes pruebas esta semana?
–Sí. Química, y una presentación sobre la dictadura para historia.
De fondo, Luis Miguel repetía el coro de «Fría como el viento» como si un mal DJ lo estuviera mezclando. Su tía tarareaba en voz baja, esquivando las repeticiones involuntarias del disco rayado. Se lo sabía de memoria, incluidas las partes en las que la música se interrumpía, igual que con los discos de Marco Antonio Solís y José José.
–¿Y el control de matemáticas?
–Cierto.
–¿Martes? ¿Miércoles?
–Jueves.
–¿Terminaste Hamlet?
–Me queda el último acto.
–Donde mueren todos.
–Jaja, qué chistosa. Ya no caigo en tus bromas. Lo mismo dijiste sobre La Odisea y solo murieron los pretendientes.
«La incondicional» llegaba al primer coro y debían cambiar de canción, aunque a tía Alba parecía no molestarle.
–¿Qué libro te toca después?
–Lovecraft.
–Ese es el autor.
–¿En serio?
–Sí.
Ignacia bajó más la ventana, dejando que la llovizna se colara dentro del auto.
–¿Ya pensaste qué harás cuando termines cuarto medio?
–Aún no –soltó, seguido de un suspiro–. Ahorrar. Huir de este pueblo.
–¿Qué tienes contra este pueblo? –preguntó, imitando el desdén con que su sobrina se había referido a Villa Encina.
–Nada.
–¿Entonces?
Subió la ventanilla, dejando un espacio lo suficientemente delgado como para sacar los dedos.
–Es lo que todas las chicas de mi edad dicen en las películas.
–Tú no tienes por qué ser como ellas.
–Lo sé. No quiero. Es solo que…
–¿Solo que qué?
–Me gustaría… estudiar.
–¿Y por qué lo dices con vergüenza?
–¿Cómo pago la carrera? ¿Has visto los aranceles?
–Sí, pero…
–Y la prueba. Nunca he hecho un ensayo.
–Oye…
–Quizás deba inscribirme a un preuniversitario. Podría ir los fines de semana a la ciudad, conseguir un trabajo de medio tiempo y…
–Inna, escúchame un segundo –la interrumpió mientras bajaba la música en una de sus canciones favoritas–. Tienes dieciséis años. ¡Estás en la flor de la juventud! Tienes amigas que te quieren, un pololo que te ama, y toda una vida por delante. ¿Sabes cuántos de la familia han ido a la universidad? Solo tu tío Germán, que en paz descanse.
El disco terminó, saltándose el coro final de «La Bikina».
Tía Alba nunca hablaba de sus hermanos. Le tocaba la fibra sensible, como solía bromear. Si aparecían en una conversación, era un hito que ocurría una o dos veces en el año. El resto del tiempo era como si jamás hubieran existido.
–Mi punto –retomó luego de recuperar la compostura–
es que aún eres joven para preocuparte por ese tipo de cosas. ¿Siquiera sabes qué quieres estudiar?
–No, pero…
–Aún no termino. Sí, sería un orgullo que vayas a la universidad, pero no es algo que se te esté imponiendo ni que vaya a definir tu futuro. Disfruta, ríe, juega, sal con tus amigos. Tómense un copetito de vez en cuando.
–¡Tía!
–A lo que voy es a que no dejes de disfrutar. Agradezco que seas consciente de tus decisiones. Me demuestra lo madura que eres a tu edad, pero, si vas a dejar de lado algunas etapas, prefiero que no vayas a ninguna universidad. Además, tu tía tiene ahorros.
Ignacia volteó como si la hubiera golpeado un boxeador. Tía Alba sonreía y alzaba las cejas sin dejar de mirar el camino.
–Gra… cias –murmuró Ignacia, sin saber cómo agradecerle.
–Nada de gracias. Es lo que te mereces. Eres un ejemplo a seguir, la hija que todos quisieran tener. Disminuyó la velocidad ante una rama que cubría la mitad del camino–. La única condición es que evites medicina en la Universidad del Desarrollo o la de los Andes.
–Tía...
–¿Has visto cuánto cobran esos descarados? Ni con dos trabajos podría pagarlo. ¡Y ni pensar en el arriendo!
Rieron e Ignacia cambió el disco. Agradeció que tía Alba fuera manejando para que no notara las lágrimas que se negaban a caer. No quería ni imaginar las bromas que le haría.
El camino hacía un esfuerzo por mejorar a medida que se alejaban del pueblo. La lluvia había deformado la carretera. Aún faltaba un par de kilómetros, pero a su alrededor no veía más que bloques de bosque con una que otra ventana que daba al fiordo.
–Menos mal el Rorro me recomendó este cacharro –dijo Alba golpeando el volante con cariño–. Si sigues preocupada y quieres ayudar, podríamos preguntarle si tiene algún trabajo que te pueda ofrecer. ¡Mira!
–¡Ay, tía! Me asusté.
–¡Hablando del diablo!
Detuvo el auto junto a la pareja que caminaba en su misma dirección.
–Donde te vengo a encontrar.
–Doña Alba. ¡Nachita! ¿Cómo están? –dijo el hombre con un tono cantado–. Les presento a mi prima, la Andrea, para que no piensen que ando en malos pasos.
Rieron y la mujer las saludó con una inclinación de cabeza. Los rulos le enmarcaban el rostro pálido bajo la capucha. Tenía dientes pequeños, ojos grandes y una expresión incómoda que podía ser por el barro que se pegaba a sus pies. A Ignacia le pareció que la miraba demasiado.
–Mejor apúrate, desquiciado, que se va a poner más fuerte en un rato.
–Tranquila, señora Alba. Acá no somos na’ santiaguinos.
Un aguacero se desató justo en ese momento, animado por las risas.
–¡Ande!
–Lo invocaste, desquiciado.
–¡Jué!
–¿Te llevo?
–No se preocupe, si total…
–¡El hombre duro! Vai a terminar empapado. ¡Suban!
Tía Alba ordenó las herramientas que guardaba en el asiento trasero e Ignacia aprovechó de cambiar la canción. La repetición de la misma sílaba en boca de Juan Gabriel la volvía loca.
Rodrigo Peralta hablaba poco, pero le encantaba hacer asados y beber antes, durante y después de trabajar, siempre en la más completa soledad. Tía Alba se había esmerado en cultivar la relación, especialmente cuando solo las saludaba con un movimiento de cabeza y un sonido gutural para seguir con su camino. En el pueblo lo evitaban. Lo conocían como el hombre del bosque o, como le decían los jóvenes, el ermitaño loco. Ignacia y su tía quizás eran las únicas que podían desmentir esos rumores.
Desde el asiento trasero, Rodrigo conversó con tía Alba todo el trayecto. Ignacia, ansiosa, aprovechó para espiar a la prima por el espejo retrovisor. Ella también la observaba con esos ojos enormes que le recordaban a un personaje de Tim Burton. Sintió que el cuerpo se le erizaba, volviendo incómodo el roce del viento contra su piel. Casi no parpadeaba. La mirada de la prima la presionaba en todo momento, incluso cuando tía Alba cayó en una especie de trinchera no dejó de observarla. Creyó que susurraba algo que apenas lograba distinguir, un seseo de palabras inconexas que amenazaba con convertirse en la fuente de futuras pesadillas. Estuvo a punto de pedir que detuvieran el auto y bajarse a vomitar; la excusa ideal para huir de esa sensación que la torturaba por dentro.
Los dejaron frente al terreno de Rodrigo. Las nubes soltaron un aguacero, obligándolos a apurar la despedida. Ignacia suspiró al sentir que desaparecía la carga de soportar a Andrea.
Al final del camino, Matías las esperaba dentro de su auto. El rojo desteñido se integraba a los grises y marrones del bosque. Tenía los vidrios empañados. Al bajar, Ignacia oyó que Matías castañeaba sus dientes cuando se acercó a saludarla, tiritando en su intento por tomar las bolsas que llevaba tía Alba.
–¿De nuevo la bomba de agua? –preguntó tía Alba.
–¿Ah? –respondió con ojos como platos sin saber a quién mirar–. S-sí.
–Vaya cacharro ese auto tuyo –soltó tía Alba–. Llévalo con Pato. No cobra mucho, y en un par de días te lo tiene listo.
–N-no p-podemos. Mi p-papá tiene p-problemas con él.
–Tu papá cree tener problemas con medio mundo. Dile al Rómulo que se relaje un rato.
Las brasas que tía Alba e Ignacia habían dejado antes de salir se reactivaron con un par de troncos. Matías se instaló frente al fuego para entrar en calor, prometiendo que iría a ayudarlas a cocinar apenas recuperara la sensibilidad en sus dedos.