Un campo de flores muertas
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Julio era un mes que habitaba en su memoria. La muerte de mamá. La desaparición de tío Carlos. El accidente de papá. Los recuerdos lo invadían semanas antes de su llegada. Eso era julio para Tomás Guzmán. Un mes de tragedias, de luto, de imaginar cómo habría sido su adolescencia si nada de eso hubiera pasado. Hasta ahora.
La lluvia no impedía que la gente se reuniera fuera de la dirección que le envió la central. Tomó aire y bajó del auto. Los rostros curiosos de los vecinos teñidos por las balizas observaban en busca de respuestas. Guzmán atravesó el grupo de detectives que rodeaban la casa de los Vial. Una señora en bata llevaba en brazos un perro salchicha que ladraba. Trataba de sacarles información a los detectives novatos apostados en el perímetro, celular en mano, lista para escribir por el chat de vecinos y ser la primera. Guzmán les hizo una seña para que apagaran las balizas, tuvieran cuidado con los periodistas y alguien hiciera callar a ese perro.
–Parricidio doble –le informó Rubio, el detective a cargo–. El padre llegó al domicilio pasada la medianoche. Según afirma, estaba en una cena del trabajo.
–¿Sospechoso? –preguntó Guzmán, tratando de seguirle el juego.
–Lo dudo. Está destruido, apenas puede hablar. La madre estaba a cargo de los hijos.
–¿Y ella?
–Desaparecida –dijo expulsando el humo del cigarro–. Hay al menos seis huellas distintas en el alfombrado, pero no la descartamos como sospechosa. Probablemente también sea víctima del enfermo que hizo esto.
Guzmán frunció el ceño. La palabra «enfermo» salió con un asco que nunca le había oído.
Rubio cerró los ojos, apagó el cigarro e hizo un movimiento de cabeza, indicándole que lo siguiera.
Al entrar, algo se removió en su estómago. Las expresiones descompuestas de sus colegas fueron la primera advertencia. Sus rostros estaban cargados por el peso de un horror que los excedía, una mezcla de rabia, pena y miedo que se recordaba a los sobrevivientes la tragedia de La Cumbre. Más de uno era cercano a los Vial. Rubio trataba de mantener la compostura, pero Guzmán sabía que los viernes jugaba cachos con Héctor Vial, el padre. Pobre, pensó al verlo salir acompañado por una detective nueva que lo consolaba, incómoda. Vial parecía muerto, sus ojos despojados de toda emoción más que el llanto y la incredulidad.
Se imaginó lo peor antes de subir al cuarto de los niños. El olor que se filtraba del otro lado de la puerta, esa mezcla de humedad y metal oxidado le revolvió el estómago de la misma forma que lo hacía pensar en la leñera de doña Irma.
Todas las noches rezaba para que no le tocara un caso como el de Inés Valenzuela.
Recordaba la matanza de doña Irma con el mismo miedo que sentía en ese momento.
Aquella vez, Alan Catrileo, el mocito que encontró los primeros cuatro cuerpos, lo describió a la prensa como lo más horroroso que había visto en su vida.. Las hermanas Meyer, Gabriel Montero y Pedro Álamos fueron reconocidos por sus familias entre llantos y gritos de dolor. Inés Valenzuela no corrió la misma suerte. Lo primero que encontraron de ella fue un trozo de labio junto al mesón de atención. Guzmán pasó semanas con el grupo de búsqueda revisando el camping de doña Irma: un par de dedos en la playa, un talón en los baños, un antifaz de piel dentro del libro de contabilidad. No durmió por semanas. El aparato de ortodoncia de Inés, aún aferrado al bloque de dientes que encontraron en la leñera, le sonreía desde la bolsa de evidencia. Lo veía cada vez que cerraba los ojos.
La escuela no los preparaba para resistir el impacto de su primera escena del crimen.
«Piensa que es un cuadro y ponle nombre», fueron las palabras de Pizarro cuando lo encontró llorando en su auto al finalizar el primer día de búsqueda. «A mí me gusta Goya», le dijo antes de sugerirle que vomitara. «Es liberador, sobre todo la primera vez». Luego le invitó una cerveza y le enseñó sus trucos para sobrevivir al trabajo sin tirar a la basura todos esos años en la escuela y terminar como guardia en un mall.
Antes de que la puerta se terminara de abrir, deseó nunca haber entrado.
Definitivamente es… enfermo, pensó.
Ahora, en la casa de los Vial, una espiral de velas trazaba un cuadro de sombras móviles sobre las paredes. Costras de sangre las unían, dando forma a rectas que se cruzaban entre símbolos arcanos, figuras semihumanas y oraciones en un idioma que Guzmán no reconocía. Esto… En el centro, un charco rojo se escurría entre las vetas del piso flotante, formando una piscina de coágulos que navegaban entre restos óseos y motas de pelo.
El fotógrafo no se atrevía a entrar en el círculo. Parecía guardar respeto por los cuerpecitos que posaban para que completara su trabajo. En un intento por mantener la cordura, Guzmán le asignó un nombre: Flores inocentes. El juego morboso que le había enseñado Pizarro nunca le había hecho gracia. El olor a azufre, heces y carne en descomposición le escoció los pulmones, sacándole lágrimas y una tos que luchó por contener. Dio un paso hacia el pasillo y chocó con Rubio, quien llevaba la nariz tapada con un pañuelo. Guzmán lo miró rogándole que le dejara salir. Lo vio hacer una mueca mientras evitaba cruzar miradas, como si lamentara entregarle una escena como esa.
El mareo lo asaltó al intentar recuperar terreno. Le costaba respirar y la visión se le nubló, como si le taparan los ojos con una tela transparente. Las velas a medio derretir hacían girar el cuarto alrededor de Guzmán, reviviendo lo que debían haber sentido los pequeños.
–Nadie lo entiende –se adelantó Rubio. Se mantuvo fuera del cuarto en todo momento.
–¿Y el fotógrafo?
–Fíjese bien.
El sudor caía por un rostro salpicado de manchas rojas, los ojos amenazando con explotar de un segundo a otro. Sus movimientos eran cada vez más lentos, como si se estuviera quedando sin energía. Lo que trataba de expulsar a Guzmán hacía lo mismo con el fotógrafo. Lo tomó del brazo y se lo entregó a Rubio.
–No se tome mucho tiempo –le advirtió el detective, sacando al fotógrafo de la habitación–. Nadie ha durado más de un par de minutos ni salido sin ayuda.
Sintió la obligación de revisar todo a una velocidad inhumana. El mareo ya hacía efecto. Había tantos detalles que requerirían de cientos de horas de análisis, tomas de muestras, pruebas, más fotografías y la bendición de un sacerdote. Porque si debía darle nombre a esa masa informe en que habían convertido a los pequeños, a sus bracitos y piernas torcidas en ángulos abyectos, sus cuencas… las flores…
Dio una vuelta por el cuarto, cuidando de no pisar la evidencia ni destruir la ceremonia que habían montado. No lograba pensar con claridad. Sentía la respiración pesada, como si su pecho se negara a moverse.
Salió de un salto y chocó con Rubio. Lo esperaba en el pasillo. No necesitaba un espejo para saber que estaba pálido, el rostro descompuesto y sudado, como si hubiera estado en un sauna. Seguía impregnado del hedor a muerte cuando habló.
–Llama al fiscal –soltó entre jadeos–. Quiero… una orden de arresto para la madre. Y la carpeta del último caso de Carlos Guzmán.
–¿El de 1996?
–Sí –respondió tras recuperarse–. Tenemos dos opciones: o es un imitador o alguien cooperó con Tapia… y recién nos enteramos.
Un hilo de luz se colaba en la habitación de Ignacia. Se deslizaba lentamente por la almohada en dirección a su cabeza. Sus párpados temblaban. El sudor le caía por la frente. De sus manos surgían pequeños espasmos de dolor mientras desenterraba una a una las uñas que se había clavado durante la noche. Rogó para que se detuvieran, sollozando y prometiendo que no le contaría a nadie.
La voz de tía Alba llegó apagada del otro lado de la puerta.
El golpeteo se reanudó. No dejaban de insistir, amenazando con echar la puerta abajo.
Abrió los ojos antes de que la luz la tocara. Tenía la polera pegada al cuerpo. El pecho le dolía; no lo podía controlar.
Recordó el puñal, las velas, la sangre, la llegada de los detectives.
Se palpó el pecho en busca de la herida. Necesitaba comprobar que no hubiera sido real. Sintió la piel lisa, sin marcas ni cortes que pudieran haber salido de sus fantasías.
–Ya pue’ –repitió tía Alba.
Cuando todavía era una niña, Ignacia despertaba sobre una poza de orina. Tía Alba la consolaba al verla balbucear cosas sin sentido, sudada y con los ojos inyectados de una energía espectral que le hacía temer por sus vidas. Cambiaba las sábanas, la invitaba a su cama y la abrazaba contra su pecho hasta que Ignacia la oía roncar. Se quedaba entre sus brazos, quieta, viéndola dormir por horas mientras ella sobrevivía a sus terrores nocturnos y lo que habitaba ahí. Oía el bosque susurrando del otro lado de la ventana, obligándola a revisar cada rincón donde creía que algo se movía. Se imaginaba seres imposibles habitando debajo de su cama, extendiendo sus garras en un intento por pillarla del tobillo y hacerla desaparecer en la oscuridad. Nunca pasaba nada, y los habitantes de las sombras se quedaban con las ganas de llevarla con ellos, o eso creía.
–Son casi las doce.
Su teléfono se iluminó. Tenía llamadas perdidas y varios mensajes de Matías.
Abrió la aplicación Notas y fue a la de color morado. La había titulado Episodios, un intento por negar la realidad. Su psicóloga le había pedido que llevara una bitácora de sus sueños donde anotaría lo que recordara, pero una vez despierta apenas retenía imágenes sueltas que asociaba a conceptos como «fuego», «dolor», «el chico pelirrojo» o, la más repetida, «gritos». Se negaba a escribir el nombre de su padre, a pesar de ser el personaje más recurrente.
Se cambió la polera y abrió la puerta. El rostro ceñudo de tía Alba cambió al verla.
–¡Inna! ¿Ese sueño otra vez? –preguntó mientras le tomaba la mano.
Luego asintió, cerró los ojos y la rodeó con los brazos.
–Ven acá, mi rayito de sol.
Abrazarla formaba parte de su terapia no oficial. La bitácora nunca sería tan efectiva como su tía.
El teléfono vibró sobre el velador, y su tía la obligó a contestar.
–Debe ser el Mati.