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En pocos días cumpliría diecisiete. Guzmán lo sabía por la carpeta que aún cargaba en la maleta del auto. La revisaba cada vez que le tocaba levantar el campamento. Temía que se le pasara por alto un detalle importante, algo que le diera una pista de dónde podía estar.
La risa de Sebastián le recordó que quedaba poco para la puesta de sol. Quitó la tetera plegable del fuego y llenó la mamadera hasta donde sugerían las instrucciones. Armó una segunda en caso de tener que huir sin preparación. Aún lamentaba haber perdido la mitad de sus víveres y los analgésicos en Futrono. La patrulla de Carabineros había llegado antes de tiempo. Guardó lo que pudo y tomó la primera salida a la carretera.
Dentro de la carpa, el pequeño agitaba sus brazos en un intento por alcanzar el techo. Un aleteo le removió el estómago. Se veía indefenso, tierno, hasta cierto punto inocente.
No lo olvides, se dijo.
Una brisa agitó las paredes de tela.
Se acostó a su lado hasta que se terminó la leche y lo hizo dormir.
Salió de la carpa y caminó hasta el auto. La sal transportada por el viento costero le quemaba las heridas del rostro. La fractura de la nariz volvía a ser una molestia con el frío. Comprobó la hinchazón en el retrovisor. Estaba irreconocible, en especial por la nariz, torcida hacia un lado que le cambiaba la configuración facial. Se sentó en el asiento del copiloto y encendió la radio. Sacó un mapa de la guantera, donde trazó la ruta del día siguiente. Calculó que con el estanque de bencina tendrían suficiente para evitar pasar por Puerto Carrera.
En la parte de atrás acomodó su saco de dormir y la almohada improvisada con la bolsa de pañales de Sebastián. No quedaban muchos. Agregó su mochila y la envolvió con una polera. Pañales, escribió en su lista de compras mientras hacía el cálculo mental del dinero que le quedaba en la billetera. Sobrevivirían un par de semanas más. Problemas del Tomás del futuro, pensó.
Leyó las últimas páginas que le quedaban de La carretera. Rubio se lo había prestado a principio de año y nunca lo bajó del auto. Se sintió agradecido consigo mismo cuando lo encontró bajo los asientos. Necesitaba despejarse antes de dormir.
Llevaba días soñando con la escena de los caníbales. En su sueño, veía a Sebastián sobre la hoguera, pero los caníbales eran despedazados antes de poder devorarlo. Despertaba sudado, apuntando con la pistola, hasta convencerse de que estaba solo. Bajaba del auto para comprobar que la carpa siguiera cerrada. Revisaba los alrededores y volvía a acostarse.
La carpa se encendía todas las noches a la misma hora. Se quedaba mirándola hasta caer dormido. Era como una antorcha que guiaba a su señor en medio de la oscuridad, un faro que esperaba su llegada para hacer del mundo su lugar.