Capítulo Diecisiete
VUELO
Galway me recibió con el mismo cielo gris de siempre y un frío que me adormeció las articulaciones en segundos.
Adiós al monzón. Adentro, la paz duró exactamente cero segundos.
Mi madre se me tiró encima apenas solté el equipaje, armando un escándalo sobre lo desnutrida que me veía con ese tono intenso que jamás perdió de Madrid.
Mi padre, por supuesto, no se sumó al caos.
Fiel a su estilo hermético, me saludó con un asentimiento mudo y me clavó una taza de té humeante en las manos.
Incluso mi hermano había viajado para pasar ese primer día conmigo. Con la excusa de estirar las piernas y sacudirme el encierro de los aviones, me arrastraron en el auto familiar hasta los acantilados de Moher.
El viento soplaba con una violencia salvaje al borde del abismo, levantando la espuma del océano Atlántico y golpeándonos la cara.
Mi familia caminaba un par de pasos por delante, riendo y sacando fotos, pero yo no podía concentrarme en el paisaje.
Con los dedos congelados, saqué el celular del bolsillo del abrigo por quinta vez en menos de una hora.
Nada. La falta de señal en los acantilados me estaba carcomiendo los nervios por dentro. Lo guardé de nuevo con un suspiro frustrado, frotándome las sienes.
Horas más tarde, el viento nos dio una tregua mientras paseábamos por las calles empedradas del centro de Galway. Los pubs ya empezaban a encender sus luces amarillas y el sonido de los violines se filtraba por las puertas de madera.
Seán, que caminaba a mi lado con las manos hundidas en los bolsillos de su campera, me dio un empujón suave con el hombro.
—¿En qué tanto estás pensando,? —me preguntó, ladeando la cabeza para estudiarme el rostro—. Estás aquí, pero parece que tu cabeza se quedó en Asia. No has soltado el celular en todo el día.
Apreté el aparato dentro del bolsillo de mi abrigo y esbocé una sonrisa a medias, mirando las fachadas coloridas del pueblo.
—Es bueno volver —murmuré, esquivando su mirada—. Solo... estoy intentando acomodarme. Por cierto, ¿cuándo te vuelves a Dublín?
—La semana que viene —respondió mi hermano, sin dejar de mirarme con cierta desconfianza. Él había construido su vida en la capital y solo venía de visita.
—Me voy contigo, entonces —decidí en el acto—. Así aprovecho el viaje en auto y no tengo que tomar el tren. Tengo que reunirme con Maeve en la editorial. La novela está terminada y necesitamos empezar a organizar la publicación.
Seán asintió despacio, conforme con la respuesta, y se adelantó para alcanzar a mi padre en la esquina.
Yo me quedé un par de pasos atrás. En cuanto me dieron la espalda, volví a sacar el celular.
Desbloqueé la pantalla, deslicé el dedo hacia abajo para actualizar una vez más y me quedé mirando el ícono de carga girando sobre el fondo blanco.