Un café en Bangkok Epílogo
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Epílogo

La luz cruda de Bangkok se filtraba por los inmensos ventanales del penthouse, pero esta vez no traía consigo ninguna cuenta regresiva.

Me quedé un momento bajo las sábanas blancas, escuchando el zumbido distante del tráfico y asimilando, por enésima vez, que el reloj de migraciones ya no era mi enemigo.

Me levanté sin hacer ruido. Caminé descalza por el pasillo de madera clara, escoltada por el repiqueteo perezoso de las uñas de Mochi, hasta llegar al umbral de la cocina.

Me apoyé en el marco, cruzada de brazos. Fah estaba de espaldas frente a la isla de mármol, descalza y envuelta en una de mis camisetas grises de algodón. El ambiente olía intensamente a grano tostado, entrelazado con ese fondo cálido que ya había adoptado como mi propio perfume.

La vi acariciar el papel con la yema del índice, completamente absorta. Sabía con exactitud en qué página estaba detenida: «Al refugio del tercer piso por salvarme del bloqueo. Y a mi musa, por arruinar mis planes y adueñarse de cada página.».

La tensión perpetua que siempre le endurecía la espalda desapareció. Su postura cedió por completo, desarmada ante aquel pedazo de historia nuestra. Se pasó el dorso de la mano por la mejilla con un movimiento rápido y silencioso, asimilando, una vez más, el peso de esas hojas entre sus manos.

Caminé hacia ella. El crujido leve de la madera le advirtió de mi presencia. Se giró despacio, llevándose el borrador contra el pecho. Sus ojos oscuros brillaban con una vulnerabilidad absoluta, limpios de cualquier maquillaje o pose de celebridad.

—Me dijiste que era tu musa —murmuró, con la voz rasposa por el sueño de la mañana—. Pero jamás me advertiste que me ibas a inmortalizar de esta manera.

—Era el único final posible —respondí. Acorté el espacio hasta apoyar mis manos en su cintura, sintiendo el calor de su cuerpo a través de la tela—. La historia te pertenecía desde el día que me preparaste ese primer capuchino.

Sonrió. Fue un gesto inmenso, libre de cualquier escudo, que le iluminó el rostro entero. Dejó las hojas sobre la mesada y rodeó mi nuca con los brazos, acercándome a su piel.

—Maeve me escribió ayer —comenté, rozando mi nariz con la suya en la quietud de la cocina—. Dice que el lanzamiento del libro final está haciendo mucho ruido en Dublín. Quiere saber si ya tengo ideas para el próximo proyecto.

La curiosidad le encendió la mirada al instante.

—¿Y las tienes?

—Creo que voy a cambiar de género —le susurré, trazando la línea de su espalda con las palmas—. Necesito investigar a fondo la vida oculta de una actriz tailandesa. Exige muchísimo trabajo de campo, observación diaria y... probablemente no salir de este departamento en todo el fin de semana.

Una risa cálida y profunda le vibró en la garganta, acariciándome el pecho.

—Qué suerte que lograste esa visa por cinco años, escritora —respondió contra mis labios—. El trabajo de campo apenas empieza.

Me besó con una firmeza dulce, borrando los continentes, el pasado y cualquier duda, anclándome definitivamente a su mundo.

FIN