Un café en Bangkok Capítulo Dieciséis
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Capítulo Dieciséis

VALIJA ABIERTA

La había estado observando durante la última hora. Ya me había aprendido de memoria sus pequeños gestos y los cambios de ritmo en su respiración. Me angustiaba saber que, en cuestión de días, el privilegio de verla descansar me sería arrebatado por completo.

Me deslicé fuera de la cama antes de que el sol terminara de salir. Me calcé las zapatillas de correr y salí del departamento casi huyendo.

Exigí mis pulmones en el asfalto húmedo de Bangkok hasta que me ardieron. Cuando regresé al penthouse, el silencio me confirmó que Fah ya se había ido a su jornada. Solté un suspiro largo. Era un alivio patético, pero alivio al fin y al cabo.

Aproveché la mañana para sacar mis cosas de su cuarto y devolverlas a la habitación de invitados.

Al mediodía, hablé casi una hora con Maeve.

Mi agente ya me estaba enviando el calendario de imprenta y las fechas de prensa para mi regreso a Dublín.

Mientras la escuchaba hablar de lanzamientos, el tirón de mi propia vida se volvió físico, arrastrándome de vuelta a la realidad.

Eran pasadas las ocho cuando Fah volvió. Entró a la cocina con una sonrisa que desapareció en el instante en que me vio sentada en la isla, a dos metros de distancia.

—Pensé que pasarías por el café hoy —dijo. Su tono era suave, buscando una conexión que yo no estaba dispuesta a darle.

Me froté la nuca, clavando la vista en el mármol.

—Estuve con llamadas de la editorial todo el día —respondí, con la voz plana—. Maeve ya está organizando los eventos del libro. Tengo la cabeza en cualquier lado.

Algo dentro mío se rompió al ver cómo la línea de su mandíbula se endurecía. Le dí el golpe de los días que nos faltaban. Asintió una sola vez.

—De acuerdo ¿Ya has comido?

—Sí, ya me voy a ir a dormir, estoy destruida —mentí, poniéndome de pie.

Caminé hacia ella. Fah levantó un poco la cara, buscando instintivamente mi boca, pero me incliné y le dejé un beso en la mejilla.

—Buenas noches.

Me encerré en la habitación de invitados. Apagué la luz y me quedé mirando las sombras del techo. No dormí un solo minuto en toda la noche.

Al día siguiente, el silencio en el departamento era un campo minado. Al mediodía, Fah se detuvo en el pasillo antes de irse con el bolso al hombro. Miró unos segundos las llaves de la camioneta en su mano y luego soltó en un tono que rozaba la resignación.

—Hoy es el evento de la productora. Pasé toda la mañana pensando en cómo convencerte de que vinieras. Iba a prometerte que estarías con mis custodios todo el tiempo, que nadie te molestaría con las cámaras...

Se interrumpió a sí misma. Cuando por fin levantó la vista, ya no había ningún rastro de esperanza en sus ojos. Había entendido exactamente lo que pasó la noche anterior en la cocina.

—Pero no vas a venir, ¿verdad? —preguntó, con una sonrisa triste que no le llegó a los ojos—. Las dos sabemos que el problema ya no son las cámaras, sino mi mundo. Y sé que no quieres estar ahí.

El golpe de honestidad me afectó de una forma que no podría explicar.

Me estaba dando la salida más fácil, poniéndome la excusa en la boca para ahorrarnos la pelea, y a la vez, no me daba otra opción.

Clavé la vista en la pantalla de mi laptop, incapaz de sostenerle la mirada y confirmar en voz alta que tenía razón.

—Tengo que terminar unas cosas de la editorial —respondí, aferrándome a la excusa que ella misma me acababa de regalar—. Disfruta tu noche, Fah.

Fah asintió con un movimiento leve y se fue.

Eran más de las tres de la mañana y yo seguía sentada en la terraza. Estaba encorvada hacia adelante, con los codos apoyados en las rodillas y un vaso de vino tibio que apenas había probado. Miraba el tráfico allá abajo con el estómago cerrado, esperando que el cansancio me apagara la cabeza.

Escuché el riel de la puerta corrediza a mis espaldas.

No me atreví a mirarla.

Fah caminó despacio y se detuvo a mi lado. Traía el olor de la ciudad y el encierro de su evento encima, pero ninguna de las dos habló. Se quedó allí, mirando la noche sin siquiera una intención iniciar una charla.

En ese silencio, supe que ella había dejado de pelear. Lo estaba viendo con la misma claridad que yo: me estaba yendo mucho antes de subirme al avión.

Se inclinó hacia mí y me dejó un beso en la sien.

Apoyó los labios ahí unos segundos de más, con el cansancio pesado de quien ya no tiene fuerzas para discutir. De quien acaba de aceptar que perdió.

Se separó en silencio. Escuché sus pasos alejarse por la madera del salón, hasta que el sonido de la puerta de su cuarto cortó el silencio del departamento.

Me quedé ahí, apretando el vaso inútilmente, mirando las luces del tráfico allá abajo sin enfocar la vista en nada. Un par de segundos después, una gota fría me cayó sobre la rodilla desnuda.

Levanté la mano libre y me toqué la cara. Tenía la piel empapada. Llevaba un buen rato llorando, rompiéndome en silencio, y mi propio cuerpo ni siquiera me había avisado.