Capítulo Quince
ROJO CARMESÍ
Faltaban exactamente catorce días para mi vuelo de regreso a Dublín. Últimamente me la pasaba en el café en el sitio al lado de la barra. Me gustaba verla a Fah trabajar y sentía la obligación de poder memorizar cada instante que pasaba.
Esa mañana, el café tenía el ritmo acompasado de siempre, hasta que la campanilla de la entrada sonó con más fuerza de lo normal.
Un grupo de tres mujeres cruzó la puerta de vidrio, seguidas por un murmullo que escaló a gritos ahogados en las mesas de la planta baja.
No necesité preguntar quiénes eran; su porte, la ropa de diseño y las gafas de sol oscuras gritaban que pertenecían exactamente al mismo entorno que Fah.
Eran actrices, colegas de su círculo íntimo, y su sola presencia alteró la gravedad del lugar.
En cuestión de segundos, los teléfonos se alzaron.
Los flashes empezaron a rebotar contra la madera oscura.
Vi a Fah salir de detrás de la barra con su lenguaje corporal cambiado por completo: irguió la espalda, dibujó esa sonrisa perfecta y pulida que le regalaba a las cámaras, y se fundió en abrazos efusivos con ellas.
Fue una realidad que, aunque doliera, sentí necesario para despertar.
Le hice una seña sutil a Mochi, que estaba echado cerca del mostrador, y caminé hacia la escalera.
Subí al tercer piso buscando el silencio de mi sillón esquinero, dejando el caos de fotos, fans y risas agudas muy por debajo de mis zapatillas.
Pasó casi una hora. Estaba inmersa en el documento, tecleando con la vista fija en la pantalla y con Mochi durmiendo sobre mis pies, cuando el crujido de la madera en la escalera me sacó de mi burbuja.
Fah asomó por el descanso. No venía sola.
Estaba dándoles un recorrido por el local a sus amigas.
Avanzaron por el salón vacío señalando los vinilos.
Ellas destilaban perfume caro y parecían sacadas de una editorial de moda.
Yo me removí en mi asiento, repentinamente muy consciente de mi camiseta de algodón gastada y mi taza de café frío.
Una de las chicas bajó la vista y soltó un chillido agudo de ternura.
—¡Mochi! —exclamó, agachándose a medias y dando un par de palmadas en sus rodillas.
El perro, traicionando mi lealtad de la última hora, levantó las orejas, se bajó de mis zapatillas y trotó hacia ellas moviendo la cola.
El movimiento inevitablemente arrastró las miradas del grupo hacia mi rincón.
Fah se detuvo a un par de metros de mi mesa.
Sus amigas me observaron con una curiosidad educada.
Levanté la vista de la pantalla, manteniendo las manos sobre el teclado.
Los ojos oscuros de Fah chocaron contra los míos.
Hubo un silencio de apenas un segundo, un parpadeo imperceptible en el que pareció medir el peso de cada palabra antes de abrir la boca.
—Chicas, ella es Freya —dijo Fah, con un tono cordial y medido, señalándome apenas con un gesto de la mano—. Es una clienta muy fiel. Ya es casi... una amiga de la casa.
Asentí con la cabeza, esbozando una sonrisa amable que no me llegó a los ojos.
—Un placer —murmuré.
Las chicas me devolvieron el saludo con simpatía, completamente desinteresadas, y siguieron su camino hacia el ventanal trasero para ver la vista, llevándose a Fah con ellas.
«Amiga de la casa»
La etiqueta tenía sentido, pero dolió.
Cuando el grupo volvió a la planta baja y el silencio regresó al tercer piso, me quedé mirando el cursor parpadeando en la página en blanco. Mis dedos se movieron solos sobre las teclas, volcando la opresión del pecho directamente en el documento.
«Hay abismos que no se miden en kilómetros. A veces, la distancia real entre dos personas es el silencio que se ven obligadas a guardar cuando el resto del mundo las está mirando.»
Guardé el archivo justo cuando la pantalla de mi celular, apoyado sobre la mesa ratona, se encendió con una notificación.
Fah: «Me tengo que ir ya mismo a grabar. Perdón por la invasión. Nos vemos más tarde.»
Me asomé al ventanal. A través del cristal, vi a Fah salir a paso rápido por la puerta principal, rodeada de sus amigas y escoltada por el personal de seguridad hacia una camioneta oscura que las esperaba en la avenida.
Las puertas se cerraron, el vehículo arrancó y me dejó a solas en el piso de madera, con la fecha de mi vuelo grabada en la cabeza y la certeza aplastante de que mi tiempo en su mundo se estaba consumiendo.