Capítulo Catorce
VENDA SUELTA
La luz de la mañana me pegó directo en la cara.
Era la primera vez que despertaba en su cama, rodeada por completo de ese rastro tenue a madera y frutos rojos que su piel había dejado impregnado en las sábanas.
A mi lado, el colchón estaba vacío, pero el sonido del agua cayendo en el baño me indicó que Fah ya se estaba duchando.
Me levanté despacio y fui directo hacia el baño para lavarme la cara justo cuando ella salía, envuelta en una toalla, dejándome el espacio.
Unos minutos después, al salir del baño, me quedé clavada en el umbral de la habitación.
Fah estaba frente al espejo. Se abotonaba una camisa de seda blanca, concentrada, ajustando el cuello con una precisión milimétrica.
Aún no se había puesto el pantalón; vestía únicamente su ropa interior oscura, dejando a la vista sus piernas largas y desnudas sobre la madera clara del piso.
Era fascinante observarla en ese estado intermedio: la mujer intocable y fina que todos veían de la cintura para arriba, contrastando con la vulnerabilidad íntima que solo me permitía ver a mí.
Me acerqué a ella y cuando estuve lo suficientemente cerca, levantó la vista. Nuestros ojos se encontraron a través del cristal del espejo, le sostuve la mirada unos segundos y me incliné despacio para dejarle un beso suave y demorado en la mejilla.
Fah sonrió, relajando los hombros al instante.
—Voy a preparar el café —murmuré, separándome para dejarla terminar de vestirse.
Fui hacia la cocina con Mochi trotando detrás de mí. Saqué dos tazas y me puse a preparar todo en la cafetera, disfrutando del silencio de la mañana.
Poco después, Fah apareció por el pasillo caminando a paso rápido. Ya tenía el pantalón oscuro puesto y miraba el reloj de acero en su muñeca con el ceño fruncido. Iba tarde.
—Tengo que irme volando, la productora me está esperando —dijo, agarrando su bolso al vuelo.
Yo estaba frente a la isla, sirviendo las tazas. Fah se me cruzó por delante, me agarró fuerte del hombro para no chocar con la porcelana y me estampó un beso rápido y firme en la boca.
—Nos vemos más tarde.
Se despidió de Mochi con una caricia al pasar y la puerta del ascensor se cerró tras ella.
Esa misma tarde fui al café para seguir avanzando con el manuscrito.
Terminé la llamada y dejé el teléfono boca abajo sobre la mesa de madera ratona. Después de semanas, finalmente le había asegurado a mi editora que los últimos capítulos ya estaban tomando forma.
El crujido de la madera en la escalera me hizo levantar la vista.
Fah apareció por el descanso. Llevaba el delantal de lino oscuro atado a la cintura y una camisa blanca de mangas arremangadas, manteniendo esa postura de dueña intocable que usaba siempre que había clientes en el local.
Cruzó el salón con pasos tranquilos y silenciosos, deteniéndose justo detrás de mi sillón para retirar la taza vacía que yo había dejado a un costado.
Desde la posición de los turistas, Fah simplemente estaba limpiando mi mesa.
Sentí su cercanía, el calor de su cuerpo. Sin hacer el menor ruido, Fah se inclinó hacia adelante. La cortina de su pelo oscuro cayó hacia un lado y ese destello dulce a frutos rojos de su piel reemplazó por completo el olor a café tostado del aire.
Acercó el rostro a mi cuello. Su respiración tibia chocó contra mi piel, haciéndome tragar saliva y obligándome a dejar las manos rígidas sobre el teclado para no delatarme.
—Espero que le hayas dejado claro a tu editora... —su voz rasposa me vibró directamente en el oído— que tu protagonista tiene el control.
Quise girar la cabeza, pero no me dio tiempo.
Sentí la humedad de sus labios rozando el borde de mi oreja. Y entonces, sin el menor aviso, cerró los dientes sobre mi lóbulo. El tirón me arrancó un escalofrío que me bajó directo por la columna vertebral, dejándome el pulso latiendo a la vista en la base del cuello.
Me soltó despacio. Agarró la taza, dio media vuelta y caminó hacia la escalera con la misma seguridad con la que había llegado. Me quedé clavada en el sillón, con la pantalla en blanco frente a mí y un nudo en el pecho, sabiendo que no iba a poder teclear una sola palabra más en todo el día.