Capítulo Trece
SALTO
El siseo agudo de la máquina de espresso me sacó del sueño.
Me desperecé entre las sábanas blancas de la habitación de invitados.
Todavía no dormíamos juntas, pero el ritmo tácito que habíamos adoptado nos funcionaba a la perfección, dándonos el espacio justo sin dejar de sentir la presencia de la otra.
Mochi me recibió con un bufido al pie de la cama y me siguió por el pasillo de madera clara.
Al llegar a la cocina, Fah ya estaba de pie frente a la isla de mármol.
Llevaba unos pantalones de vestir oscuros y una camisa de seda, impecable y peinada, revisando su teléfono con el ceño fruncido.
Sostenía una taza gigante de café con ambas manos, apuradísima.
Apenas alcancé a darle los buenos días en voz alta cuando me estiró el brazo y me ofreció su propia taza, que todavía estaba por la mitad. Me senté en la banqueta, la agarré con ambas manos y di un sorbo largo, buscando instintivamente la marca húmeda de sus labios en la porcelana.
Fah no perdió tiempo. Se acercó, me dio un par de besos fugaces en la boca, con sabor a café amargo, y agarró sus llaves de la mesada.
—Tengo que irme ya mismo —anunció, colgándose el bolso al hombro—. Debo pasar a buscar unas cosas antes de ir al local. Nos vemos allá, ¿sí?
Asentí, viéndola desaparecer por la puerta principal con la misma rapidez con la que el ascensor privado se cerró tras ella.
Cumplí con mi rutina de ejercicios en la terraza, me duché y, para el mediodía, guardé la laptop en la mochila y caminé hacia el café.
Al doblar la esquina de la avenida, me frené de golpe.
El local era un caos. Había muchísima más gente de lo normal.
Una multitud de chicas jóvenes se aglomeraba en la vereda y en la entrada, sosteniendo teléfonos en alto y pequeñas bolsas de regalo.
A un costado, reconocí al hombre de seguridad de Fah.
Al verme acercar, me reconoció al instante, asintió con la cabeza y me hizo una seña rápida para que pasara, abriéndome camino entre la multitud.
Adentro, la situación no era mucho mejor.
Pim y los chicos de la barra estaban atareados, moviéndose a toda velocidad entre las máquinas de vapor.
Pim me vio, con la frente perlada de sudor, y abrió los ojos como pidiendo auxilio.
Le levanté una mano y le sonreí, haciéndole un gesto para que no se preocupara por mí, que después buscaría mi capuchino.
En ese exacto momento, la puerta de servicio se abrió y Fah entró al salón.
El murmullo estalló. De pronto, todo el café empezó a cantarle el feliz cumpleaños en tailandés. Los fans se acercaban con respeto, haciendo reverencias suaves y dejándole regalitos sobre la barra.
Me quedé quieta junto a la columna, sorprendida. ¿Su cumpleaños?
Fah sonrió, agradeciendo con las manos juntas a la altura del pecho.
Levantó la vista y sus ojos chocaron directamente con los míos por encima de la gente.
Hubo un entendimiento mudo, una disculpa silenciosa cruzando el salón.
Era evidente que no había forma de acercarme a ella con ese nivel de exposición, así que le dediqué una sonrisa rápida, me di media vuelta y subí al tercer piso para dejarla lidiar con la marea y esperar a que el ambiente se calmara.
Me senté en mi sillón esquinero, con la laptop sobre la mesa ratona, escuchando el bullicio de abajo.
Unos minutos después, el crujido de la escalera me hizo levantar la vista. Pim subió con una bandeja para entregar un pedido en la mesa de enfrente. Al pasar por mi lado, se inclinó disimuladamente.
—Ve al patio interno —me susurró, guiñándome un ojo—. Creo que la jefa quiere hablar contigo.
Solté una risa baja. Me levanté despacio y bajé las escaleras, esquivando el salón principal para deslizarme por el pasillo interior hasta la puerta metálica.
El patio trasero era un pulmón de humedad fresca y silencio, lejos de los flashes. Fah no estaba descansando; estaba moviendo un par de cajones de madera, acomodándolos contra el muro de ladrillos.
Me crucé de brazos y me apoyé en el marco de la puerta.
—Así que esconder tu fecha de nacimiento es tu nueva forma de celebrar —bromeé.
Fah se detuvo. Dejó el cajón en el piso y se giró hacia mí. Se limpió las manos en el pantalón y me regaló una sonrisa dulce, casi inocente, encogiéndose un hombro.
—No sabía cómo decírtelo —admitió, dando un paso hacia mí—. Tampoco es tan importante, Freya.
—¿Que no es importante? La calle entera te está cantando.
—Pero no es lo que quiero hacer hoy —confesó, bajando la voz. El peso de la frase quedó flotando en el aire húmedo del patio. Asentí despacio, comprendiendo el agobio de sus ojos—. Voy a hacer lo imposible para ir temprano a casa a la noche. De verdad, solo quiero pasar un rato contigo.
Asentí despacio, comprendiendo el agobio en sus ojos.
—Tranquila —le dije, acariciándole el brazo—. Ve y disfruta tu día.
Fah soltó una exhalación cansada, dejándose caer contra la pared de ladrillos.
—La productora armó una de esas "fiestas íntimas" en uno de los salones del centro —dijo, con evidente fastidio—.
Básicamente es ir, sonreír para las cámaras, sacarme trescientas fotos con las marcas que me patrocinan y dejar asentado que la pasé bárbaro con mi entorno.
Y no es mentira, los aprecio mucho, pero...
preferiría mil veces algo más tranquilo. A solas.
Me acerqué un paso más y le acomodé el cuello de la camisa.
—Tranquila. Haz lo que tengas que hacer. Te espero a la noche, entonces.
No podía comprarle un reloj de diseñador para competir con los regalos que le llovían. No podía reservar en un restaurante lujoso sin exponerla a los mismos flashes de los que estaba huyendo. Así que, en cuanto salí del café, caminé hasta el mercado de importados más grande del distrito.
Desenterré de mi memoria la herencia de mi madre madrileña y pasé la tarde entera ensuciando la mitad de la cocina del penthouse para lograr una paella de mariscos que estuviera a la altura.
El aroma a azafrán, ajo dorado y caldo espeso se adueñó del departamento, mientras un par de botellas de vino blanco se enfriaban en la heladera.
Cuando el sol cayó, trasladé todo a la inmensa terraza. Apagué las luces frías del departamento y encendí solo las farolas de suelo que bordeaban la piscina. Proyectaban una luz ámbar y temblorosa que se reflejaba en el agua, dejando el lugar en una penumbra rojiza.
Pasadas las diez de la noche, escuché el clic de la puerta principal.
Fah apareció en el umbral de la terraza poco después.
Me quedé en blanco. Llevaba un vestido largo de seda negra que se le ceñía al cuerpo como una segunda piel, con un escote asimétrico que dejaba un hombro al descubierto.
Venía descalza, cargando los tacones de aguja en una mano y con los hombros hundidos por el puro agotamiento.
Al levantar la vista, el cansancio se le borró de golpe.
Sintió el olor a comida, repasó la mesa baja, la paellera humeante y las luces sobre el agua, y dejó caer los zapatos al suelo con un ruido sordo.
Una sonrisa incrédula le desarmó la cara por completo, marcándole esos hoyuelos que me volvían loca.
—No me digas que cocinaste tú —susurró, acercándose despacio, como si temiera que la escena fuera un espejismo.
—Paella española, cortesía de la sangre materna —respondí, descorchando el vino y sirviendo dos copas generosas—. Feliz cumpleaños, Fah.