Un café en Bangkok Capítulo Doce
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Capítulo Doce

TIEMPO PRESTADO

Fah apareció en la cocina arrastrando una valija pequeña de cabina.

Llevaba ropa cómoda, el pelo recogido y la cara completamente lavada, lista para los tres días de rodaje intensivo que le exigía la productora en las afueras de la ciudad.

Yo estaba sentada en una de las banquetas, dándole el último sorbo a mi desayuno mientras Mochi dormía plácidamente sobre mis pies.

Fah se detuvo a mi lado y dejó la valija en el piso de madera clara. Me miró, evaluándome de arriba abajo.

—¿Segura que vas a estar bien? —preguntó—. ¿Cuidando del departamento y lidiando con este escapista profesional?

Sonreí y dejé la taza sobre la mesada.

—Tranquila, tengo todo bajo control. Intentaré no hacer demasiadas fiestas clandestinas mientras no estás.

Fah soltó una carcajada limpia, de esas que le fruncían apenas la nariz y le marcaban los hoyuelos con fuerza. Acortó el paso que nos separaba, deteniéndose justo frente a mi banqueta. Se quedó ahí, mirándome un segundo de más. Su vista bajó directo hacia mis labios y vi cómo dudó.

—Bueno... me voy —murmuró al fin, haciendo el leve amago de dar medio paso hacia atrás, con una timidez repentina que me derritió el pecho.

Solté una risa bajita. Estiré la mano, me agarré de la tela de su camisa y tiré de ella hacia mí.

Fah quedó levemente más alta. Ella sonrió, rindiéndose al juego al instante.

Levantó una mano, me tomó del mentón con una delicadeza absoluta y me inclinó el rostro hacia arriba para darme un beso.

Fue un roce suave, demorado y cálido, que me dejó el pulso latiendo a mil por hora.

Se separó apenas unos milímetros, manteniendo su mano en mi barbilla.

—Es injusto —susurró, con la voz grave rozándome la boca—. Cuando apenas tengo acceso a tus labios, ya debo ausentarme por días.

Le acaricié la muñeca y le sonreí, mirándola desde abajo.

—Se irán acumulando, lo prometo.

Fah soltó una exhalación corta y feliz. Me regaló una última mirada brillante, se agachó para rascarle la cabeza a Mochi a modo de despedida, agarró su equipaje y cruzó la puerta principal, dejándome sola con una sonrisa inevitable en la cara.

El penthouse quedó inmensamente silencioso.

Sin Fah paseándose por ahí, supe que tenía que improvisar para no quedarme mirando las paredes y volviéndome loca.

Paseé a Mochi por el barrio, me calcé unas zapatillas y salí a caminar por Bangkok.

Terminé encontrando refugio del calor asfixiante en la Biblioteca Nacional, un edificio imponente de techos altísimos, mármol frío y estanterías interminables que olían a papel viejo.

Esquivé los pasillos en tailandés, cuya gramática aún me resultaba un rompecabezas demasiado complejo, y me perdí en la sección de literatura en inglés. Estaba hojeando una edición gastada de El retrato de Dorian Gray cuando una mujer mayor a mi lado soltó un bufido suave.

—Deberías buscar la versión sin censura, querida —comentó en inglés, acomodándose unos anteojos de marco grueso—. Esa edición corta que tienes ahí le quita toda la provocación original a Wilde.

Me giré, sorprendida por la intromisión, pero la mujer tenía una sonrisa amable y chispeante.

—Lo sé —le respondí, cerrando el libro—. De hecho, ya leí la versión larga. Pero me gusta coleccionar ediciones de este texto. Wilde tiene una forma de escribir que me... obsesiona un poco.

La mujer me evaluó de arriba abajo, deteniéndose en mi pronunciación.

—Ese acento... eres irlandesa, ¿verdad?

—Así es —asentí, sonriendo—. Supongo que por eso me tira tanto la sangre de mis propios autores.

Resultó llamarse Eleanor. También era escritora, de Inglaterra, y terminamos sentadas en unos sillones de la sala de lectura charlando sobre lo extraño y fascinante que era viajar buscando inspiración en rincones donde nadie te conoce.

—El problema principal —le comenté al cabo de un rato, sintiendo que el nudo en mi estómago volvía a aparecer— es que cuando te enamoras del lugar, el tiempo nunca es suficiente.

Eleanor me miró con curiosidad.

—¿Pero qué visa tienes?

—La de turista, obviamente. Ya tramité una extensión, pero el reloj sigue corriendo y se me acaba en un mes.

—Deberías averiguar sobre la visa de nómada digital —respondió ella con total naturalidad, recostándose en el sillón—.

En Tailandia es bastante accesible en ese sentido, sobre todo si demuestras que trabajas de forma remota publicando libros o escribiendo para editoriales extranjeras. Podría aplicar muy bien en tu caso.

—Quizás, pero son muchos los problemas que tendría. Con mi editorial principalmente.

Me despedí de Eleanor al rato, volví al departamento y pasé la tarde haciendo ejercicio en la terraza para cansar el cuerpo, intentando no pensar en visas, pasaportes ni despedidas.

Al día siguiente, el encierro me volvió a ganar. Decidí caminar hasta el café por el simple hecho de buscar ruido conocido. El local de madera oscura estaba inusualmente tranquilo, sin el ritmo frenético de los días en los que Fah estaba presente.

Me acerqué a la barra buscando a Pim, que estaba acomodando unos frascos de vidrio cerca de la máquina de espresso. Al verme, su sonrisa amplia iluminó el mostrador.

No me dejó pedir mi capuchino desde el otro lado de la madera. Levantó la tabla lateral de la barra y me hizo un gesto efusivo con la mano.

—Pasa, siéntate aquí adentro —me dijo, acercándome una banqueta alta al espacio angosto reservado para los empleados—. Como no está la jefa, el lugar está mucho más relajado. Así charlamos mejor y me haces un poco de compañía.

Me deslicé detrás del mostrador y me senté, viendo cómo preparaba mi café con leche de avena sin que yo tuviera que pedírselo.

—¿Y el guardia de seguridad de cuatro patas? —preguntó Pim, espumando la leche.

—Lo dejé durmiendo en el departamento. Lo saqué a pasear temprano y el calor lo dejó planchado en la alfombra —le conté.

Pim se rió por lo bajo y apoyó la taza humeante frente a mí. Luego se recostó contra la mesada, bajando un poco la voz y mirándome con una curiosidad brillante en los ojos.

—Así que... cuidando del perro y viviendo en el departamento de la dueña. Las cosas avanzan bastante rápido para ser solo "una clienta que escribe arriba", ¿no?

Sentí el calor subiéndome por el cuello. Agarré la taza para tener una excusa y no mirarla directamente, pero Pim no tenía intención de soltar el tema.

—Tranquila, no voy a gritarlo por el salón —añadió, viendo mi pánico momentáneo—. Pero trabajo con Fahsai todos los días. La conozco. Y jamás, te lo juro por mi vida, la había visto sonreír como lo hace últimamente.

Tomé un sorbo de café, incapaz de borrarme la sonrisa idiota que se me estaba formando en la cara.

—Las cosas... están bien, Pim —admití en un susurro, rindiéndome a la evidencia—. Muy bien. Lo que le temo luego es a la caída.

Pim suspiró, sacudiendo la cabeza con una mezcla de ternura y resignación.

—Vas a romper muchos corazones cuando te vayas, Freya —dijo, con un tono mucho más serio que me cayó como un balde de agua fría—. Principalmente el de mi jefa.

—He recorrido muchos países, he hecho amigos que entran fuerte a tu vida, pero sabes que en un momento eso se acaba. Es doloroso, pero es el ciclo de la vida. Pero esto…

—Estás dejando entrar a tu corazón de una forma diferente.

—Tomando el cuchillo del filo sabiendo que vas a cortarte.

Me pasé las siguientes dos horas sentada en esa banqueta, bromeando a medias con Pim y los chicos de la cocina, intentando disimular el vacío enorme que me dejaba saber que todavía faltaban dos días enteros para que Fah cruzara esa puerta de nuevo.