Un café en Bangkok Capítulo Once
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Capítulo Once

MUSA

Llevaba cuatro días viviendo en el penthouse y, aunque la convivencia había fluido con una facilidad que todavía me asustaba, yo misma me estaba encargando de levantar un muro entre las dos.

Fah me había entregado su espacio. Me dejaba invadir su cocina por las mañanas y se había dejado cuidar, bajando la guardia por completo.

Y, sin embargo, yo le negaba sistemáticamente el acceso a mi mundo.

La noche anterior, cuando me preguntó con curiosidad sobre mi protagonista, me atraganté con el vino y desvié la charla hacia el clima de Dublín con una torpeza imperdonable.

Fah no dijo nada, pero el silencio que se instaló en la cocina después fue el claro ejemplo que se estaba agotando.

Esa mañana, salimos a la terraza a hacer ejercicio sobre unas colchonetas. La brisa todavía era tolerable y Mochi dormía plácidamente a la sombra de una maceta, ignorando nuestro esfuerzo.

—Baja un poco más la cadera, escritora —me molestó Fah desde su colchoneta, aguantando una plancha en el suelo con una facilidad que rozaba lo insultante—. Estás haciendo trampa.

—Si bajo un centímetro más, me quedo a vivir en el piso —le respondí, temblando por el esfuerzo—. No todas tenemos tus abdominales.

Fah soltó una carcajada abierta y se dejó caer de rodillas, mirándome divertida mientras se secaba la frente con el dorso de la mano.

—Te rindes muy fácil.

—Solo estoy reservando energía para teclear —bromeé, girándome hacia ella.

Estábamos en nuestra propia burbuja, riéndonos, cuando de la nada la línea de diálogo exacta que mi protagonista necesitaba me cruzó la cabeza. Era la pieza que me faltaba para cerrar el capítulo y sentí el terror irracional de olvidarla si no la anotaba ya mismo.

Rompí la postura con un jadeo, agarré mi celular del suelo y le di la espalda a medias para abrir las notas. Empecé a teclear a toda velocidad.

—¿Todo bien? —preguntó Fah. Escuché el roce de su ropa contra la colchoneta al acercarse—. ¿Un mensaje urgente?

—No, no es nada —murmuré—. Solo... una idea que no quería que se me escapara.

Fah me miró con esa atención silenciosa que siempre me ponía nerviosa.

—Es una tontería —respondí. Me puse de pie con demasiada prisa, sacudiéndome las manos para cambiar de tema—. ¿Quieres que prepare café?

Creí que estaba molesta, pero fue peor. La chispa de su mirada se apagó por completo. Se puso de pie despacio y agarró una toalla pequeña.

—No hace falta —murmuró con un tono apagado, apartando la vista hacia los edificios—. Me voy a duchar. Tengo que ir a la productora en un rato, va a ser un día largo.

Se dio media vuelta y entró al departamento. El ruido de la puerta de cristal deslizándose me dejó a solas en la terraza, con el celular apretado en la mano y un nudo asqueroso en el estómago. Sabía exactamente lo que había roto.