Un café en Bangkok Capítulo Diez
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Capítulo Diez

PIES DESCALZOS

Terminé de guardar el cargador de la laptop en el bolso, cerré la cremallera de mi mochila y me acerqué al mostrador para despedirme. Aquella estela de lo que había ocurrido entre las dos aun persistía, haciendo que cada cruce de miradas tuviera un brillo cómplice.

Fah estaba apoyada contra la madera de la barra, terminando de secar una taza de cerámica. Al verme llegar, dejó el paño y me sonrió con esa calidez que me estremecía.

—¿Te vas al hotel a descansar? —preguntó, bajando apenas el tono.

—Sí, pero... quería avisarte que por una semana no voy a poder venir al café —dije, rascándome la nuca con un gesto apenado.

Fah frunció el ceño de inmediato, dejando la taza sobre la repisa.

—¿Por qué?

—Un desastre con el hotel. Creí que había confirmado la extensión, pero resulta que mi habitación ya está ocupada para los próximos siete días. Buscar algo a las apuradas por esta zona me arruina el presupuesto del viaje, así que tengo que recortar gastos, empezando por mi dosis diaria de cafeína.

Fah me miró en silencio durante dos segundos. Simplemente negó con la cabeza con una rotundidad absoluta.

—De ninguna manera vas a pagar una fortuna ni vas a dejar de venir. Te vienes a mi departamento.

Me quedé helada.

—Fah, no, ni hablar. No tienes por qué hacer eso. No quiero invadir tu espacio.

—No es ninguna molestia —insistió. Dio la vuelta a la barra y dando un paso hacia mi, invadiendo mi espacio con una calma que no admitía discusiones—.

Tengo una habitación de invitados enorme que no se usa nunca.

Y si solo quieres quedarte esa semana hasta resolver lo del hotel, me parece perfecto.

Tómalo como un agradecimiento por la compañía.

Me miró con una suavidad que me aflojó las objeciones en el pecho.

—¿Estás segura? —murmuré, buscando una última confirmación en sus ojos oscuros.

—Completamente segura —sonrió, rozándome apenas el antebrazo—. Vamos a buscar tus cosas antes de que cierren la recepción.

Fuimos en su camioneta hasta mi hotel, cargamos mi valija en el baúl y dejamos atrás el barrio para volver a su torre residencial.

Subir en el ascensor en absoluto silencio, viendo el reflejo de mi equipaje junto a sus zapatillas, tenía un peso distinto.

Era un paso más hacia adentro en la vida de la otra; vertiginoso, pero extrañamente natural.

Al entrar al penthouse, Mochi apareció trotando por el pasillo, moviendo la cola con tanta fuerza que casi derrapa contra mi valija.

Fah soltó una risa baja, dejó las llaves en un cuenco y se agachó para rascarle detrás de las orejas.

El contraste entre la inmensidad lujosa del departamento y el perro dándome lengüetazos en la mano aterrizó la escena de golpe: no estaba entrando a una revista de decoración, estaba entrando a su casa.

Fah me guio hasta la última puerta del corredor. La abrió, encendió una lámpara de pie de luz cálida y se hizo a un lado. La habitación era espaciosa, con una cama de sábanas blancas impecables y un escritorio de madera pesada junto al ventanal.

—Instálate tranquila —dijo Fah desde el marco de la puerta, mirándome con una sonrisa suave mientras dejaba mi valija en el piso—. Ese escritorio tiene buena luz para escribir por las mañanas. Esta semana estás en tu casa.

Caminó directo hacia el salón, encendió un parlante del que empezó a salir un ritmo de jazz pausado y deslizó la puerta de cristal que daba a la terraza. Mochi la siguió al trote y se dejó caer sobre la alfombra exterior soltando un suspiro de relajación.

Me dejé caer en uno de los sillones de exterior, todavía procesando la velocidad a la que había escalado todo.

Fah se apoyó de espaldas contra la baranda.

El hielo tintineó contra el cristal del vaso de agua que sostenía.

Se quedó mirándome en silencio mientras la brisa tibia de la ciudad le revolvía los mechones sueltos de la frente.

La observé un segundo. Repasé la calma absoluta con la que me estaba cediendo su refugio más privado.

—¿Entiendes que acabas de invitar a vivir a tu casa a una persona que conoces hace apenas un mes? —solté de la nada, rompiendo el ritmo del saxofón.

Fah parpadeó. Bajó la vista hacia el vaso y soltó una carcajada limpia. Fue una risa tan abierta que le frunció apenas el puente de la nariz y de nuevo esos hoyuelos profundos. Me quedé muda, aferrándome al borde del sillón solo para contener las ganas instintivas de levantarme y tocarle la cara.

Fah tomó un sorbo de agua, todavía con la sonrisa jugándole en las comisuras, y volvió a clavar sus ojos en mí.

—Estaba pensando precisamente en eso —admitió, arrastrando las palabras con una suavidad. Dejó el vaso sobre la mesa ratona y dio un paso hacia mí, acortando el espacio entre los sillones—. No soy una persona que suela abrirle las puertas a cualquiera, Freya.

Sostuvo mi mirada.

—Pero supongo que tengo que hacerle caso a mi instinto.

Ahí comprendí, que ella también estaba dispuesta a saltar al vacío para ver qué pasaba.