Un café en Bangkok Capítulo Nueve
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Capítulo Nueve

SONGKRAN

El calor de abril ya se sentía asfixiante desde temprano.

Entré al café empujando la puerta de vidrio, pero esta vez llevaba los hombros inusualmente livianos.

El local era un hervidero de turistas refugiándose del sol y del caos del festival de Songkran en la calle.

El ruido de las máquinas de espresso apenas lograba tapar las conversaciones a los gritos.

Me abrí paso hasta el mostrador, esquivando mochilas. Pim estaba secando la barra y me miró de arriba abajo, deteniéndose en mi ropa ligeramente húmeda y en mi falta de equipaje.

—Creo que es la primera vez que te veo cruzar esa puerta sin la intención de teclear hasta morir —comentó, apoyando el trapo.

Solté una risa, sacudiéndome un par de gotas de agua de la camisa.

—La calle es una zona de guerra para andar con una laptop. Fui a correr temprano y ligué tres baldes de agua helada desde una camioneta en movimiento.

Pim se echó a reír con ganas mientras encendía el molinillo.

—Es lo que te espera de acá a tres días. Mejor que te acostumbres. ¿Te preparo el capuchino de siempre?

Lo medité un segundo, apoyando los codos en la barra.

—No —respondí—. Hoy no quiero café. Dame un matcha bien helado.

Pim asintió con una sonrisa. Preparó la bebida rápido y, al deslizar el vaso alto y transpirado sobre la madera, no retrocedió. En lugar de eso, se inclinó sobre la barra para acortar la distancia y bajó la voz.

—Hoy el salón está intratable. Hay demasiada gente y demasiados teléfonos grabando —me susurró, haciéndome un gesto mínimo con la cabeza hacia el fondo del pasillo—. Fah está atrincherada en el patio interno. Pasa por la puerta de servicio. Si vas por ahí, nadie te va a prestar atención.

Le guiñé un ojo a modo de agradecimiento. Agarré mi vaso frío y caminé disimuladamente por el pasillo del fondo, empujando la puerta pesada de madera oscura.

El contraste me zumbó en los oídos. El ruido de la cafetería quedó sepultado al instante, reemplazado por el olor a tierra húmeda y la sombra de los helechos.

Fah estaba sentada sobre un cajón de madera volcado contra la pared de ladrillos.

Llevaba unos pantalones cargo sueltos y una camiseta básica; la gorra descansaba en el suelo a su lado.

Tenía los codos apoyados en las rodillas y la vista clavada en las baldosas, frotándose la sien.

Se la veía completamente agotada del asedio de la calle.

—¿Así que aquí es donde se esconde la resistencia? —pregunté en voz alta.

Fah dio un pequeño respingo. Levantó la cabeza de golpe, pero al ver que era yo, toda esa tensión que le endurecía los hombros desapareció como si le hubieran cortado los hilos. Soltó una exhalación larga y una sonrisa de puro alivio le asomó en la cara.

—Pensé que eras Pim viniendo a decirme que alguien más quería una foto —confesó en voz baja.

Me acerqué despacio y me quedé de pie frente a ella. Fah bajó la vista hacia mi mano, notando el vaso verde, y luego miró mi espalda sin mochila.

—Matcha y sin computadora —notó, enarcando una ceja—. ¿Quién eres y qué hiciste con mi irlandesa?

—Hoy quería improvisar —le di un sorbo al vaso, sintiendo el frío del hielo—. Además, me advirtieron que intentar trabajar con medio Bangkok tirándose baldes de agua es una misión suicida.

Fah soltó una risa seca, recostándose contra los ladrillos.

—Es un caos. La ciudad entera está fuera de control hoy.

—¿Y tú planeas quedarte escondida entre las macetas todo el día?

Fah me miró de reojo. Se impulsó hacia adelante, apoyando las palmas en el borde del cajón de madera. La sonrisa cansada desapareció, reemplazada por esa chispa de descaro que le conocía tan bien.

—De hecho, tengo planes —murmuró, bajando un poco la voz—. Y tú también.

—¿Ah, sí? —sonreí, cruzándome de brazos.

—Paso por mi departamento a cambiarme y nos vamos a una fiesta privada.

Me quedé quieta. La idea me aceleró el pulso, pero el ruido del salón repleto de turistas al otro lado de la puerta me bajó a la realidad.

—Fah... no sé si sea buena idea —le dije en serio, borrando la sonrisa—. Está lleno de gente afuera. Tienes a medio mundo grabándote en la puerta de tu propio local. No quiero generarte un problema con tu mánager ni exponerte a un escándalo por salir juntas.

Fah se puso de pie. Se acercó hasta acorralarme suavemente contra uno de los pilares del patio. Me sostuvo la mirada, y no había ni una sola gota de duda en sus ojos oscuros.

—Escúchame bien —dijo, con un tono bajo pero absolutamente firme—. Si alguien en esa fiesta saca un teléfono, lo tiro yo misma a la piscina. Son mis amigos, Freya. Confío en ellos. Y a estas alturas, me importa un carajo si a mi mánager le molesta. Hoy quiero divertirme contigo.

Se me quedó mirando, esperando mi respuesta. Con esa franqueza brutal desarmándome cualquier excusa, tragué el resto de mi matcha y asentí despacio.

—Más te vale tener ropa seca para prestarme, entonces.