Un café en Bangkok Capítulo Ocho
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Capítulo Ocho

LA TERRAZA

El tintineo constante de las cucharitas contra la porcelana y ese murmullo nervioso de voces agudas llenaban la planta baja. Hacía un par de horas que me había instalado en mi rincón de madera, pero esa tarde el café era un hervidero.

Había más de una decena de mesas ocupadas por chicas jóvenes con cafés a medio tomar y teléfonos apoyados sobre los individuales, con las cámaras apuntando con poco disimulo hacia la barra.

Fah había llegado poco después que yo, directamente desde una prueba de vestuario o un set de grabación.

Llevaba una blusa de seda oscura, el pelo peinado con una fijación que no dejaba ni un mechón suelto y un maquillaje que le marcaba las facciones con demasiada precisión.

Apenas cruzó la puerta de servicio, todos los teléfonos se levantaron.

En las dos ocasiones en que Fah subió al tercer piso para revisar bandejas o acomodar las mesas libres cerca de la baranda, apenas me dedicó una inclinación de cabeza protocolar, breve y fría.

Fue exactamente el mismo gesto distante y mecánico que le regalaba a cualquier cliente desconocido que pisara su negocio.

Cerca de las seis y media, cuando el salón de abajo empezaba a vaciarse por la cercanía de la hora de cierre, sus pasos volvieron a sonar en la escalera.

Subió sola, sosteniendo una bandeja pequeña con un vaso alto de café frío con hielo y leche condensada sobre una servilleta doblada. Se acercó a mi mesa con paso firme, sin mirar hacia los costados, y apoyó el vaso sobre la madera con un movimiento limpio.

—Aquí tienes.

Al retirar la mano, presionó el dedo índice contra la base de cristal un segundo de más. Dejó al descubierto unas palabras garabateadas a las apuradas con tinta azul en el borde de la servilleta de papel:

«Por favor, quédate hasta que cierre.»

Levanté la vista despacio. Fah me sostuvo la mirada durante un segundo exacto. La fachada de dueña impecable se agrietó en una súplica silenciosa antes de dar media vuelta y bajar hacia la barra.

A las siete en punto, el último cliente abandonó el local. Escuché a Pim despedirse desde la puerta, el chasquido seco de las trabas de seguridad y el sonido de la persiana exterior al deslizarse hasta el piso, clausurando la calle.

Apagué la pantalla, guardé la libreta en la mochila y bajé despacio por los escalones en penumbra.

La planta baja estaba en silencio, iluminada únicamente por las tiras led cálidas detrás de las botellas de la barra.

Fah estaba apoyada contra la madera del mostrador, desatándose el delantal de lino con un suspiro que pareció vaciarle los pulmones.

Al escuchar mis zapatillas sobre el piso, levantó la cabeza.

La línea rígida de su mandíbula se relajó al instante y soltó una sonrisa agotada.

—Siento mucho lo de hoy —murmuró, tirando el delantal sobre la barra y dando dos pasos hacia mí—.

De verdad. No quería parecer distante, pero si la gente de las redes ve que hablo de más con alguien, empiezan a inventar historias en diez minutos.

El ambiente estaba insoportable y lo último que quería era exponerte a ese circo o que te sacaran fotos sin tu permiso.

—Hey, no te preocupes —le respondí, regalándole una sonrisa tranquila para quitarle peso al asunto—. Entiendo perfectamente que no quieras que la gente malinterprete las cosas. Y sé que tu mundo te exige llevar una máscara puesta. No tienes que disculparte por usarla.

Entreabrió los labios, pero la voz pareció fallarle. Sus ojos oscuros escanearon mi rostro con detenimiento antes de soltar un suspiro largo y hondo.

—No sé si «malinterpretar» es precisamente la palabra que usaría —murmuró, con la voz ronca, arrastrando las sílabas.

Desvió la mirada un segundo hacia la barra y vi cómo pasaba saliva con lentitud.

El pulso le latía rápido en la base del cuello.

Esa mujer, que minutos antes controlaba el salón entero con su sola presencia, de pronto parecía no saber dónde meter las manos.

Verla con la guardia tan baja me arrancó una sonrisa instintiva.

—¿Tienes planes para esta noche? —preguntó de pronto, volviendo a mirarme.

—Mirar el techo de mi hotel y pelear contra la humedad —respondí, bajando un poco el tono—. Nada que no pueda cancelar.

Fah sacó las llaves del bolsillo del pantalón. Las hizo tintinear apenas en su mano y me señaló la puerta trasera del estacionamiento con un movimiento suave de cabeza. Una media sonrisa le asomó al fin en las comisuras.

—¿Vienes conmigo? Quiero llevarte a un sitio.

—Por supuesto.