Un café en Bangkok Capítulo Siete
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Capítulo Siete

LOTO IMPERFECTO

Llevaba dos días enteros encerrada en la habitación del hotel.

El monzón se había ensañado con la ciudad en una seguidilla de aguaceros pesados que convertían las calles en ríos de barro, y el único día previo que había intentado cruzar hasta el café, Fah no estaba; Pim me había dicho que tenía un rodaje en un estudio.

Así que me había atrincherado frente a la pantalla, viendo cómo el cursor avanzaba entre tazas de té tibio.

Cerca de la medianoche, la pantalla de mi teléfono se iluminó.

Fah: «¿Estás viva? Hace cinco días que no te veo la cara por acá.»

Sonreí sola en la habitación oscura y me acomodé el teclado sobre las piernas para responder.

Freya: «Viva y entera. Fui el martes pero estabas en tu otra vida de actriz, y los últimos dos días la lluvia no me dejó sacar ni un pie a la vereda. ¿O es que mi presencia en el tercer piso se volvió tan extrañable?»

Tardó un par de minutos en responder. Me imaginé su media sonrisa antes de ver aparecer las burbujas de texto.

Fah: «Digamos que el piso de arriba hace demasiado eco cuando no estás peleando con la tecla de borrar. Te dejo seguir con el capítulo.»

Dejé el celular a un lado y volví al documento.

La charla corta me había destrabado algo; las palabras empezaron a salir con un ritmo ágil, desnudando escenas que venían madurando desde hacía días.

Cuando volví a levantar la vista para estirar los brazos, el reloj de la laptop marcaba las tres y veinte de la madrugada.

El teléfono vibró dos veces seguidas sobre la madera.

Fah: «¿Sigues despierta?»

Freya: «Sí, la trama se puso interesante y perdí la noción de la hora. ¿Qué haces levantada?»

Fah: «¿Estás como para que te lleve a un sitio? Ponte algo cómodo y baja en diez minutos.»

Parpadeé frente a la pantalla. No tenía la menor idea de qué podía estar abierto a las tres y media de la mañana en Bangkok con este clima, pero no dudé un segundo. Me calcé unas zapatillas, agarré una campera y bajé al lobby desierto.

La camioneta oscura estaba estacionada junto a la entrada, con las balizas titilando.

Al subir al asiento del copiloto, el olor a jazmín y a aire acondicionado me golpeó de frente.

Fah ni siquiera me miró de inmediato. Estaba ajustando algo en la consola central.

Llevaba un buzo gris gastado y el pelo atado de cualquier forma en la nuca.

Verla así, sin trajes de lino ni maquillaje impecable, se sentía como estar invadiendo su domingo por la mañana en plena madrugada.

—Buenas madrugadas, escritora —murmuró al fin, girando el rostro. La sonrisa que me dedicó fue perezosa, arrastrando el cansancio.

—Que sepas que, en mi lado del planeta, los tours turísticos empiezan bastante más tarde —comenté, tirando de la puerta pesada para cerrarla.

Fah soltó una risa nasal, apoyando una mano sobre la consola central.

—Si querías un tour normal, tendrías que haber contratado a una agencia con guías aburridas.

—¿Y perderme el lujo de pasear a las tres de la mañana? Ni loca —le devolví la provocación, frotándome los ojos—. ¿A dónde vamos?

—A ver el único lugar de esta ciudad que huele mejor que mi café —respondió, maniobrando por el asfalto brillante—. Y de paso necesito reponer las flores de las mesas antes de abrir a las ocho.

Cruzamos la zona antigua bordeando el río.

Al bajar de la camioneta cerca del puente Memorial, el ruido me pegó en la cara: mientras el resto de Bangkok dormía, el mercado de Pak Khlong Talat era un torbellino.

Camiones descargaban montañas de vegetación y la gente corría esquivando charcos bajo cientos de bombillas amarillas.

El aire olía a tierra mojada, a tallos aplastados y a orquídeas.

—¿Por qué está todo el mundo trabajando a esta hora? —pregunté, alzando la voz por encima del ruido mientras dos hombres acomodaban bloques inmensos de hielo picado alrededor de pilas de rosas—. En Dublín a las cuatro de la mañana solo encuentras borrachos y gaviotas.

—Porque el calor del mediodía acá no perdona —explicó Fah.

Un hombre con una carretilla de metal dobló la esquina casi corriendo, viniendo directo hacia mí. Antes de que me diera cuenta, Fah me agarró fuerte del antebrazo y tiró de mí hacia ella para apartarme del camino. Choqué contra su hombro.

—No te me pierdas, escritora —me advirtió.

No me soltó el brazo. Su mano bajó por mi manga hasta encontrar la mía, enredando nuestros dedos con una naturalidad que me dejó el pulso latiendo en las sienes.

El calor de su palma era un contraste brutal contra el frío de la madrugada.

Caminamos así por los pasillos ruidosos.

Nadie se detenía a mirarla; la actriz famosa no existía acá, solo era una chica de buzo gris comprando flores.

Nos detuvimos frente a un puesto lleno de canastas con capullos de flor de loto cerrados. Fah pagó un atado con unos billetes arrugados y me señaló dos banquetas bajas de plástico azul bajo un alero.

—Ven —dijo, sentándose y haciéndome un lugar a su lado.

Me senté tan cerca que sentía el calor de su brazo contra el mío. Fah tomó una de las flores, cortó el sobrante del tallo con los dedos y me la puso entre las manos. Sentí la humedad fría y vegetal del capullo contrastando con su piel tibia.

Sin soltarme, cubrió mis manos con las suyas, acomodando mis pulgares sobre la punta de los primeros pétalos exteriores. Me obligó a relajar los dedos bajo los suyos.

—A las flores de loto hay que abrirles el corazón despacio —susurró. Su respiración chocó suavemente contra mi sien—. Pétalo por pétalo hacia adentro, formando un triángulo, con cuidado de no quebrar la fibra en la base. Te obliga a concentrarte en el movimiento de los dedos.

Guiada por el tacto firme y paciente de sus manos, fui doblando cada capa hacia el centro. Cuando Fah me soltó para agarrar su propia flor, seguí con el trabajo. El loto fue desplegándose sobre mi palma, revelando el tono más claro y suave de su interior.

Cuando terminé, dejé caer las manos sobre mis rodillas y solté un suspiro. Mi flor estaba abierta, sí, pero los bordes de un par de pétalos se habían marcado y asimetrizado torpemente por la presión excesiva de mis dedos.

Giré la cabeza. Fah sostenía el suyo con una facilidad insultante. Era una geometría impecable.

Ella bajó la vista hacia mi flor chueca y luego miró la suya. Una sonrisa torcida le asomó en la cara. Sin avisar, estiró el brazo y me la quitó de las manos, encajándome su loto a cambio.

—Oye —me quejé en voz baja, sintiendo el tallo húmedo y frío que me acababa de encajar—. Me esforcé bastante en ese.

—Lo sé —murmuró Fah. Acomodó mi flor defectuosa sobre su propio regazo con un cuidado reverencial que me desarmó por completo—. Por eso me lo quedo yo. Tú llévate el decente al hotel. Ponlo en un vaso con agua al lado de la computadora; capaz te ayuda a destrabar los diálogos.

El rechinar de los frenos de aire de un camión a un par de metros nos tapó los oídos, pero yo ni me inmuté.

Me quedé callada, mirándola. Bajo la luz amarilla y cruda de los focos del puesto, con el ruido de los motores diésel haciéndonos vibrar las zapatillas de plástico, el cuidado absurdo con el que protegía mi flor rota me cerró la garganta.

—Aunque, si en tu novela resuelves los conflictos con la misma torpeza con la que doblas pétalos... —arrastró las palabras, apoyando un codo sobre la rodilla y acortando el espacio— vamos a estar en serios problemas, escritora.

Solté una risa por lo bajo, sintiendo cómo un calor súbito me subía por la base del cuello. Apreté el tallo de su flor perfecta entre los dedos, sosteniéndole la mirada con toda la valentía que me prestaba la madrugada.

—Te prometo que con las palabras soy bastante más delicada —sonreí—.

De hecho, me paso la vida buscando cómo describir las cosas.

Llevo media hora, por ejemplo, intentando encontrar las sílabas exactas para describir la paz que tienes en los ojos en medio de todo este ruido.

Y te aseguro que, cuando las encuentre, voy a pronunciarlas con muchísimo cuidado.

Los ojos de Fah bajaron un milímetro hacia mi boca. Fue un movimiento tan rápido e instintivo que podría habérmelo imaginado, antes de volver a clavarse en los míos.

—Eso espero —murmuró.

La chispa de burla se fue apagando despacio, dejando en su lugar una quietud que no tenía nada que ver con el caos de carretillas y gritos del mercado a nuestro alrededor.

Fah bajó la vista hacia el loto imperfecto que descansaba sobre su regazo.

Rozó uno de los pétalos que yo había marcado torpemente con el pulgar, y luego volvió a mirarme.

—Sabes... —empezó, bajando el tono de voz—. Dudé mucho antes de mandar ese mensaje. Pero realmente me alegra haberlo hecho. Gracias por la compañía, Freya.

Me quedé en silencio un segundo. La miré ahí, sentada en esa banqueta de plástico azul a las tres de la mañana, la volvía peligrosamente real.

—Si supieras lo poco que tardé en levantarme de la silla cuando lo leí, te darías cuenta de que no tenías absolutamente nada que dudar —le respondí, con una franqueza que me salió directamente del estómago—. Yo te agradezco el secuestro nocturno.

Fah soltó una risa suave, de esas que le entrecerraban los ojos, y me dio un apretón ligero en la pierna antes de retirar la mano despacio.

—No tientes a tu suerte, escritora. Podría agarrarle el gusto a secuestrarte a deshoras cada vez que se me complique el día.

—No te aseguro que vaya a oponer mucha resistencia —admití, sonriendo.

Fah se puso de pie, sacudió el plástico de su banqueta y cargó el resto de los atados de orquídeas y follaje fresco que había apartado para el café.