Un café en Bangkok Capítulo Seis
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Capítulo Seis

EXCESO

El sol de Bangkok apenas empezaba a trepar por encima de los rascacielos, pero el asfalto ya irradiaba esa humedad pesada que te obligaba a respirar por la boca.

Había decidido salir a correr temprano, intentando ganarle al bochorno del mediodía y sacudirme el letargo de tantas horas sentada frente a la laptop.

Doblé por el callejón de toldos verdes, manteniendo un trote constante, cuando reconocí la fachada angosta de madera oscura a unos metros. No planeaba detenerme, pero el sonido de agua chapoteando contra las baldosas me hizo bajar el ritmo.

Ahí estaba Fah. Acostumbrada a verla impecable con sus trajes de sastre o su delantal de lino, la imagen me descolocó por completo. Sostenía una esponja empapada mientras un chico del personal de cocina vaciaba un balde de agua jabonosa sobre la vereda para frotar los ventanales del local.

Vestía unos pantalones cortos deportivos y una camiseta de algodón que ya empezaba a pegársele al cuerpo por el esfuerzo.

Hizo una pausa en su tarea para pasarse el reverso de la muñeca por la frente, apartándose con cansancio los mechones que se le habían escapado del rodete alto y se le pegaban a la nuca por la humedad asfixiante de la mañana.

El ruido de mis zapatillas contra el suelo mojado la hizo girar la cabeza. Se quedó con la esponja a medio levantar. Vi cómo su mirada bajó directo hacia mis piernas, subió por mi ropa deportiva empapada y se detuvo en el sudor que me bajaba por el cuello.

—¿Tú corres? —preguntó, frunciendo apenas el ceño, incrédula.

Frené por completo frente a ella, apoyando las manos en mis caderas para recuperar el aliento. La miré de arriba abajo. Tenía la muñeca manchada de espuma blanca y las zapatillas completamente mojadas. Me encantó verla así. Tan desprolija y terrenal.

—¿Tú lavas? —le retruqué. Me limpié una gota de sudor de la frente con el dorso de la mano, dedicándole una sonrisa que no intenté disimular.

Fah apretó los labios y, con un movimiento rapidísimo de muñeca, sacudió la esponja en mi dirección. Un chorro de agua fría y jabonosa voló por el aire y me salpicó directo en la clavícula y el hombro.

El contraste del agua helada contra mi piel hirviendo por el ejercicio me hizo dar un respingo. Solté una carcajada, sacudiéndome las gotas de la camiseta.

—¡Oye! —me quejé, riendo. Pero no retrocedí. Al contrario, verla ahí con la guardia totalmente baja me dio un atrevimiento que no venía con el ejercicio. —Aunque, mirándote bien... ¿sabes qué te hace falta a ti? Un abrazo.

Abrí los brazos de par en par, mostrándole mi ropa empapada en sudor. Fah dio un respingo. Sus zapatillas chirriaron contra las baldosas al dar un salto rápido hacia atrás, levantando la esponja jabonosa a la altura de su pecho como escudo.

—Ni se te ocurra, Freya. Estás mojada —advirtió, pero la voz se le quebró con una carcajada nerviosa que nunca le había escuchado. Se arrinconó contra su propio ventanal.

—Anda, es pura transpiración y un poco de tu jabón, ven aquí —la provoqué, dando otro paso lento hacia ella, invadiendo por completo su espacio personal.

Fah retrocedió otro medio paso, chocando casi contra el vidrio.

El juego nos había dejado demasiado cerca.

El olor fresco a jabón industrial chocó de lleno contra el calor que irradiaba mi cuerpo agitado.

Dejé mis manos en el aire un segundo más solo para disfrutar de verla acorralada y dudando, antes de soltar una risita y bajar los brazos, dándole tregua.

—No todo en mi vida puede ser estar sentada adelante de una pantalla —le expliqué, recuperando mi postura—. Este cuerpo también tiene que ejercitarse, y además, le hace muy bien a la mente.

Fah no se apartó. Al ver que yo ya no iba a abrazarla, bajó la esponja despacio.

Me di cuenta de que ya no se estaba riendo.

La gota de agua jabonosa que me había tirado minutos atrás resbaló por mi clavícula, y sus ojos siguieron ese recorrido exacto hacia el escote de mi camiseta.

Se quedó ahí, con la mirada clavada en mi piel durante un segundo larguísimo.

Cuando volvió a subir la mirada hacia mi rostro, me sostuvo la vista con un silencio tan pesado que sentí el pulso golpeándome en la garganta con mucha más violencia que los tres kilómetros que acababa de correr.

—Ya lo creo —murmuró Fah en un tono ronco, arrastrando las palabras.

Apretó la mandíbula, sacudiéndose el trance de encima de un parpadeo, y señaló mi ropa con un leve movimiento de barbilla.

—Anda, ve a ver cómo te dejan entrar al hotel con esas pintas.