Capítulo Cinco
TRAJE OLIVA
Aproveché la mañana para ubicar la zona del complejo administrativo en el norte de la ciudad. Después de averiguar qué ventanillas me tocarían para la extensión de la visa y de casi derretirme bajo el sol del mediodía, el asfalto me obligó a buscar refugio.
Terminé entrando en una cafetería moderna de techos altísimos, pisos de mármol y ventanales ahumados. Me dejé caer en una mesa redonda cerca del pasillo central, desplegué mi mapa de papel, pedí un café helado y me preparé para descansar los pies.
—Así que este es tu concepto de lealtad.
La voz sonó baja y familiar justo sobre mi hombro.
Di un respingo. Fah estaba parada a mi lado, pero parecía una persona completamente distinta.
Llevaba el pelo lacio peinado hacia atrás y un traje de sastre verde oliva que gritaba exclusividad a kilómetros.
La única señal de que seguía siendo ella era la sonrisa burlona que le tiraba de la comisura de los labios.
—Puedo explicarlo —me atajé, levantando las manos—. Me estaba evaporando en la vereda y fue la primera puerta abierta que vi. Cero premeditación.
—Una traición a la competencia sigue siendo una traición, escritora —respondió.
Iba a invitarla a sentarse cuando vi que su expresión cambiaba. Fah no se movió, pero su mirada se clavó en la entrada. Dos chicas jóvenes se habían detenido del otro lado del ventanal y señalaban hacia adentro, sacando sus teléfonos con desesperación.
Fah soltó un suspiro cansado. Metió la mano en el bolsillo del blazer, sacó unas gafas oscuras y se las puso sin prisa.
—Ven —me dijo en un murmullo, tocándome apenas el hombro—. Vamos al fondo.
Agarré mi mapa y mi vaso transpirado y la seguí hacia un reservado protegido por un divisor de madera y un par de plantas inmensas.
Apenas nos sentamos, un mozo de chaleco apareció de la nada.
Hizo una reverencia tan exagerada que me dio vergüenza ajena, dejó una jarra de agua helada y desapareció sin atreverse a decir una palabra.
Fah se quitó las gafas y las dejó sobre el mármol, pasándose una mano por la nuca para aflojarse la rigidez del cuello.
—Bueno —dije, apoyando los codos en la mesa, mirándola de arriba abajo—. Definitivamente no vienes de limpiar la máquina de espresso. ¿Eres cantante? ¿O heredera de un imperio tailandés?
Fah esbozó una sonrisa que no le llegó a los ojos. Agarró su vaso de agua.
—Actriz —dijo, dándole un sorbo—. Series, algunas películas. Venía de una prueba de vestuario a dos cuadras de acá. No suelo andar vestida así por la vida por gusto propio.
La palabra quedó flotando. Los gorros hundidos hasta las cejas, el Porsche, la fobia a sentarse cerca de los ventanales en su propio local... todo hizo clic de golpe en mi cabeza.
—Mierda —murmuré, recostándome en la silla—. Con razón Pim te cuida tanto la espalda. Supongo que tendré que buscar tu nombre en internet esta noche para ver de qué me estoy perdiendo.
Fah detuvo su vaso a mitad de camino. La mandíbula se le tensó bajo la piel.
—No lo hagas.
Fruncí el ceño, sorprendida por la sequedad de su tono.
—¿Por qué no? ¿Tus series son tan malas?
—No es eso —Fah cruzó los brazos sobre la mesa y me miró.
Toda la postura de estrella de televisión se le vino abajo—.
Es que... si ves esas cosas, vas a empezar a tratarme con el mismo cuidado con el que me acaba de tratar ese mozo.
Y no quiero eso. Solo... quiero que me sigas mirando igual que ahora.
Me quedé callada. El aire de pronto pesaba una tonelada. No sabía qué contestarle a alguien que se estaba abriendo el pecho en medio de una cafetería de lujo, así que mi cerebro eligió la salida de emergencia más cobarde que encontró.
Agarré mi café helado y le di un sorbo largo por la pajita para ganar un segundo de tiempo.
El líquido me golpeó el paladar. Tosí, alejando el vaso de un tirón con la cara arrugada.
—Dios, esto sabe a agua sucia. Sabe a tierra mojada con hielo.
Fah parpadeó, descolocada por el cambio abrupto de tema. Miró mi bebida con una mueca de indignación profesional y arrastró el vaso hacia ella.
—A ver, déjame probar —dijo. Sin pedir permiso, giró el vaso para usar el otro lado de la pajita y le dio un sorbo minúsculo.
Cerró los ojos un segundo y tragó con esfuerzo—.
Definitivamente es un insulto al grano. Te lo mereces por traidora.
Si le cuento a Pim que estás pagando una fortuna por tomar esta basura, no te vuelve a preparar un capuchino en la vida.
—Lo hice por el aire acondicionado, te lo juro. Me perdí tres veces buscando Inmigración y casi me subo a un autobús que iba en sentido contrario. Bangkok no tiene piedad con los irlandeses al mediodía.
Fah soltó una risa, recostándose en el sillón de terciopelo. La rigidez de sus hombros por fin desapareció. Su vista bajó hacia el desastre de papel arrugado que yo había dejado sobre la mesa.
—¿De verdad estás intentando navegar por Bangkok con un mapa impreso? —preguntó, arrastrando el papel hacia ella con curiosidad.
—Mi teléfono murió a las diez de la mañana por el calor —me excusé, apoyando los antebrazos en la mesa para acercarme a mirar con ella—. Y los carteles están todos en un alfabeto que todavía me marea.
Fah sonrió de lado. Acortó la distancia entre las dos y, con su dedo índice, empezó a trazar una línea sobre el papel desde donde estábamos hasta el complejo administrativo.
—Estás mirando el mapa al revés, Freya —murmuró, girando el papel suavemente.
El borde de su manga rozó mi brazo. Se tomó el tiempo de explicarme qué avenida evitar y dónde tomar el tren aéreo, hablando despacio, concentrada en el laberinto de calles de papel.
La escuché en silencio. Verla ahí, con un traje de miles de dólares, tomándose el tiempo de explicarle la ruta de un autobús a una turista perdida, borró por completo a la estrella de televisión y me devolvió a la chica del café.
Estábamos con las cabezas juntas sobre el mapa cuando su teléfono vibró sobre el mármol.
La pantalla se iluminó con el nombre de su mánager. Fah detuvo el dedo sobre el papel. Miró el teléfono, apretó un botón lateral para silenciarlo y lo dejó boca abajo. El mundo real acababa de avisar que la estaba esperando.
—Siempre contigo las conversaciones son agradables.
Aparté el mapa despacio y le di un toque suave con el dedo a su vaso de agua.
—¿Famosa? —susurré, inclinándome un poco más para que nadie más pudiera escucharme—. Yo solo le hablo a la chica bonita de mi café favorito.
Fah parpadeó, sorprendida por la naturalidad de la frase, y vi cómo su pecho subía y bajaba al tomar una bocanada de aire temblorosa. Bajó la vista hacia nuestras manos casi rozándose y negó imperceptiblemente con la cabeza.
—A veces logras sorprenderme, escritora —murmuró con la voz ronca, rindiéndose a la evidencia.
Y un segundo después, esos hoyuelos aparecieron junto con su sonrisa. Me dedicó una última inclinación de cabeza y salió del salón, dejándome la certeza de que habíamos dejado atrás cualquier título formal.