Un café en Bangkok Capítulo Cuatro
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Capítulo Cuatro

LETRA CHICA

Al empujar la puerta de vidrio, el aire frío me cortó el sudor de la calle. Caminé hacia la barra sacándome la mochila del hombro, pero Pim me levantó una mano desde lejos antes de que pudiera abrir la boca.

—Ni lo digas —me frenó Pim, riéndose—. Capuchino con leche de avena. Si te veo cruzar la calle, ya pongo a calentar la leche.

—Me estás malcriando —admití, dejando mis cuadernos sobre la madera.

Pim espió las tapas de mis libretas, donde asomaban mis apuntes caóticos de fonética y flechas rojas.

—¿Hoy toca pelearse con el tailandés?

—¿Cómo vienes con eso? —La voz de Fah llegó desde el otro extremo de la barra. Se enderezó con una caja de té en las manos y se acercó, secándose los dedos en el delantal.

—Avanzando —dije, enderezando un poco la espalda por puro instinto—. De hecho, ya armé un par de frases.

Me aclaré la garganta. Solté la oración que venía repitiendo mentalmente toda la mañana para decir que me gustaba el lugar, cuidando la entonación como si estuviera desactivando una bomba.

En cuanto terminé, Pim soltó una carcajada que resonó en todo el mostrador. Fah agachó la cabeza de golpe, llevándose una mano a la cara para intentar disimular, pero los hombros le temblaban de la risa.

—¿Qué? —pregunté. El calor me subió por el cuello de inmediato, quemándome las orejas—. ¿Qué dije?

—Le erraste a la vocal, Freya —explicó Pim, secándose una lágrima del ojo—. Acabas de decir «yo beso este lugar». Agradece que no te cobramos extra por la demostración de afecto.

—Oye, déjala —Fah le dio un golpe suave con el trapo a Pim, aunque no podía borrarse la sonrisa—. Lo está intentando. El idioma es un infierno para los extranjeros.

—Yo no digo que esté mal —se atajó Pim, encogiéndose de hombros mientras volcaba la leche espumada en mi taza—. De hecho, si lo usas como táctica para coquetear con los chicos por ahí... o con las chicas... seguro te funciona excelente.

Fah rodó los ojos, suspirando.

—Pim, vas a espantarla y vamos a perder a nuestra única catadora.

Me acomodé la correa de la mochila. El bochorno seguía ahí, pero el comentario de Pim me había dejado la puerta abierta. Antes de que el filtro del sentido común me frenara, me tiré a la piscina.

—A decir verdad —dije, apoyando una mano en la barra y mirando directo a Fah—, sí podría intentarlo con las mujeres.

El trapo que Fah estaba doblando se quedó quieto a mitad de camino. La sonrisa se le borró de la cara. Levantó la vista y chocó contra mis ojos. Nos quedamos así, de pronto demasiado conscientes del ruido de la máquina de espresso y de la distancia que nos separaba.

—Acá está tu capuchino —irrumpió Pim, golpeando el platillo contra la madera con bastante más fuerza de la necesaria para romper la tensión.

Agarré la taza casi con torpeza. Le di las gracias a Pim sin mirar atrás y encaré para la escalera, sintiendo que el corazón me latía en la base del cuello.

Con el paso de los días había aprendido los horarios en los que el sol pegaba directo sobre el ventanal, el punto exacto de la madera del suelo que crujía al pisar y la hora exacta en la que Pim cambiaba la lista de jazz por una de instrumentales acústicos.

Aquella tarde tenía la pantalla de la laptop dividida en dos: a la izquierda, el documento de mi novela que por fin sumaba páginas a un ritmo constante; a la derecha, la página web del departamento de inmigración de Bangkok con un formulario a medio rellenar.

Me froté los ojos, con la vista ya nublada de tanto leer la letra pequeña del formulario, cuando escuché unos pasos cerca.

Fah traía una bandeja pequeña para retirar dos tazas vacías de una mesa contigua.

Mientras equilibraba la loza con una mano, usó la otra para atraparse un mechón suelto de la cara y volver a asegurarlo en la pinza de su nuca.

Al verme pelear con la pantalla, se detuvo a un par de pasos de mi sillón, secándose los dedos en el delantal.

—Esa cara no es de estar escribiendo una escena inspirada —comentó con una media sonrisa, señalando la pantalla con la mirada.

—Es el trámite menos poético del mundo —suspiré, dejándome caer contra el respaldo—.

Estoy intentando entender los requisitos para la extensión de estadía.

Tratando de descifrar cómo quedarme un mes más sin que migraciones me deporte.

Aparentemente, mi pasaporte irlandés no me salva de tener que llenar cincuenta formularios en una página que parece diseñada en el año dos mil.

Fah apoyó una mano en el respaldo de la silla vacía frente a mí.

—Inmigración es una pesadilla. Siempre inventan una fotocopia extra en la ventanilla que no figuraba en ningún lado, solo para amargarte el día.

—Fantástico. Y mi tailandés apenas me da para decir que quiero besar los edificios, así que me veo rogándole al oficial a los gritos y con mímica —me pasé las manos por la cara, frustrada—. Pero bueno... últimamente la ciudad me está dando bastantes motivos para querer quedarme esos treinta días.

Fah sostuvo mi mirada un segundo más de lo necesario. Vi cómo se le escapaba una sonrisa divertida.

—Bangkok sabe cómo convencer a la gente —respondió Fah, metiendo la mano en el bolsillo del delantal y sacando una pequeña tarjeta de cartón del café.

Tomó el lápiz que descansaba sobre mi libreta abierta y garabateó una serie de números en el reverso con trazo prolijo.

—Toma —dijo, extendiéndome la tarjeta—. Es mi número.

Agarré la tarjeta, de pronto muy consciente de que acababa de darme su número personal sin que yo tuviera que buscar una excusa para pedírselo.

—Si te pierdes yendo a la oficina, o si simplemente decides que prefieres huir del país antes que llenar otro formulario, avísame. —añadió Fah con calma.

—Gracias, Fah —le respondí, intentando que la voz no me delatara la sorpresa—. Prometo no usarlo para consultas de pánico a cualquier hora.

—Mientras no me hagas traducir formularios legales a las seis de la mañana, estás a salvo —respondió con una risa baja antes de tomar la bandeja con las tazas y bajar despacio la escalera, dejándome con su número en la mano y la página de migraciones completamente olvidada en la pantalla.