Un café en Bangkok Capítulo Tres
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Capítulo Tres

TRACCIÓN TOTAL

El viento soplaba en ráfagas cortas, empujando una llovizna fina contra los cristales que había vaciado casi por completo las calles del barrio.

Para el día dieciocho, el café ya se había convertido en mi único punto fijo.

Al empujar la puerta de vidrio, el repiqueteo del agua se quedó afuera, reemplazado por la música suave de jazz y el calor denso de la máquina de espresso.

Me acerqué a la barra sacudiéndome un poco las gotas de los hombros. Pim estaba secando el mostrador.

—Sawasdee ka, Freya. Capuchino con leche de avena, supongo.

—Sawasdee ka, Pim —respondí, apoyando los codos sobre la madera—. Sí, por favor. Aunque a este punto ya me estoy considerando una persona bastante aburrida y predecible.

Pim soltó una risita amable mientras encendía el molinillo, pero su atención se desvió hacia la parte trasera del mostrador.

Fah estaba de espaldas, frente a una repisa baja. Llevaba una camiseta básica gris y el delantal de lino atado a la cintura. Sostenía dos frascos de cristal llenos de granos tostados, mirándolos con el ceño fruncido.

—¿Encontraste ya el de Guatemala? —le preguntó Pim por encima del ruido de la máquina.

—No —respondió Fah, girándose hacia nosotras—. El proveedor nuevo no les puso las etiquetas a las bolsas de muestra y los tuestes son idénticos a la vista. Uno es el de Antigua y el otro es el blend local. Si los mezclo, voy a arruinar el lote entero.

Me quedé mirando los frascos de cristal.

—Tengo un año de estudio de cata encima —solté, dando un paso hacia el mostrador—. A pesar de que soy una aburrida tomando solo capuchinos, trabajé mucho tiempo sirviendo café de especialidad en Dublín. Puedo intentarlo, si quieres.

Fah me evaluó un segundo en silencio. Sin decir una palabra, destapó uno de los frascos y lo deslizó por la madera hasta mis manos.

Inhalé el aroma profundo que subía del cristal. Era fuerte, con un final amargo y terroso.

—Este debería ser el blend local —dictaminé, abriendo los ojos. Le hice una seña para que me pasara el otro.

Fah me acercó el segundo frasco. Volví a inhalar. Tenía una acidez brillante, un dulzor claro y un fondo especiado.

—Si mi memoria no me falla, y ruego que no, este es el de Guatemala —dije, bajando el frasco a la mesa—. Notas de chocolate y manzana.

Fah se quedó mirándome un par de segundos.

—Vaya... —murmuró al fin—. Pim, ya puedes ponerle la etiqueta.

Extendió la mano para recuperar el cristal que yo acababa de soltar a medias, y nuestros dedos chocaron torpemente.

El roce de su piel tibia me tomó tan desprevenida que casi empujo el frasco por el borde de la barra.

Retiré la mano rápido, disimulando el tropiezo fingiendo acomodarme la correa de la mochila.

Fah acomodó el café en la repisa.

—Bueno —dijo, bajando un poco la voz—, parece que tenemos a nuestra propia catadora irlandesa en el equipo.

—A tu disposición —le respondí, sintiendo que las mejillas me quemaban un poco.

Pim colocó mi capuchino humeante sobre la barra.

Le agradecí, tomé la taza y subí directo al tercer piso.

Me instalé en el sillón esquinero de siempre.

Para obligarme a concentrarme, me puse los auriculares con música instrumental a un volumen alto y abrí el documento.

El ritmo del texto me atrapó y los minutos empezaron a estirarse, dejándome ajena a mi entorno.

Perdí por completo la noción de la hora.

No me di cuenta de cómo se había oscurecido la luz del salón, ni de que la llovizna de la tarde se había transformado en una masa de agua pesada.

A través del cristal, solo veía el agua desdibujando los semáforos de la avenida, pero el aislamiento de mis auriculares me mantenía en un silencio absoluto.

Estaba a mitad de un párrafo cuando sentí un peso leve sobre mi antebrazo izquierdo.

No di un respingo. Bajé la vista con naturalidad. Era una mano de dedos largos y piel tibia, un contraste directo contra el frío del aire acondicionado del piso. Levanté el rostro despacio y me encontré con Fah.

Estaba de pie junto a mi sillón, mirándome desde arriba. Me quedé quieta un segundo de más, procesando el brillo de sus ojos oscuros en la penumbra y la cercanía de su cara, hasta que levantó su mano libre y se señaló los oídos, pidiéndome que me quitara los auriculares.

Apenas me quité las almohadillas, la paz acústica desapareció. Fue reemplazada de golpe por un zumbido sordo y continuo: el monzón estaba golpeando los ventanales con tanta fuerza que hacía vibrar los marcos de madera.

—Sé que a los irlandeses les gustan las tormentas —dijo Fah, levantando la voz para ganarle al ruido del ambiente—, pero créeme que esta no es una de esas.

Me giré hacia la ventana. El cielo de Bangkok se había transformado en un violeta furioso, casi negro.

—Dios... —murmuré, dejando los auriculares sobre el teclado—. Simplemente no había notado que había empezado a crecer de esta manera. Estaba totalmente en mi mundo.

Fah se cruzó de brazos, apoyando el peso en una pierna con postura relajada.

—Bueno, ahora vas a tener que quedarte por seguridad. No creo que sea buena idea que vuelvas ahora. Luego me culparán en las noticias de haber dejado a una extranjera tirada en la calle bajo el monzón.

Solté una risa corta, sintiendo que el pecho se me aflojaba por fin tras el susto, agradecida por esa familiaridad que solo ella sabía construir.