Un café en Bangkok Capítulo Dos
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Capítulo Dos

FAHSAI

Pasé los días siguientes obligándome a no pisar el café. Quería convencerme de que mi viaje no dependía de un rincón cómodo con aire acondicionado, así que me dediqué a perder el tiempo entre la multitud.

La mañana del octavo día me encontró en un mercado callejero al este del río.

Era un laberinto sofocante de lonas azules, olor a carbón encendido, hierba de limón y pescado seco.

Esquivé carros cargados de mangos frescos, ollas gigantes donde burbujeaban caldos picantes y señoras que trozaban jengibre con una velocidad asombrosa.

El choque de estímulos era fascinante, pero al cabo de dos horas el ruido de las motos y el calor acumulado en el asfalto me dejaron la cabeza zumbando.

Terminé rindiéndome a la evidencia: necesitaba volver a mi mesa de madera.

Al entrar al local, el cambio de temperatura me dio un respiro inmediato. Saludé a Pim desde la entrada, pedí una limonada y subí directo al tercer piso. El sillón esquinero estaba vacío, esperándome junto al ventanal.

Me instalé y me quedé cuatro horas seguidas.

No fue una tarde gloriosa de inspiración: escribí dos párrafos, borré uno y medio, y dejé que los cubos de hielo de mi vaso se deshicieran hasta convertir el fondo en un charco de agua tibia sobre la servilleta de papel.

Afuera, la luz espesa del atardecer comenzaba a teñir los edificios de un naranja brillante cuando escuché unos pasos en la escalera.

Aquella mujer asomó al final de los escalones. Con una camisa de lino holgada en tono arena con las mangas dobladas sobre los antebrazos. Sostenía un vaso bajo con agua fría, hielo nuevo y una rodaja fina de lima. Se acercó despacio y lo apoyó en la mesa baja con un tintineo suave de cristal.

—Por cuenta de la casa —dijo, arrastrando una silla vacía para apoyarse en el respaldo—. Llevas casi cuatro horas peleando con la tecla de borrar.

Bajé la pantalla de la laptop de golpe, avergonzada de que llevara tanto tiempo vigilando mi página en blanco.

—Te lo agradezco. ¿Tanto se nota la frustración?

—Solo a partir de la tercera hora.

Miró hacia la ventana, observando la luz espesa del atardecer que teñía los edificios, ignorando por completo mi incomodidad.

—Eres escritora, ¿verdad?

—Sí. Y vine desde Dublín con la ingenua idea de que cruzar medio planeta me devolvería las ideas por arte de magia.

Fah siguió mirando el tráfico allá abajo. Pasó un dedo por el borde de la mesa de madera, ausente.

—A veces viajar al otro lado del mundo no te devuelve las ideas —murmuró, casi como si estuviera pensando en voz alta—. Solo te cambia el paisaje del bloqueo.

Me quedé mirándola en silencio. Sus palabras dieron tan en el clavo que no supe qué responder de inmediato. Miré el vaso de agua que acababa de dejar en mi mesa y até cabos.

—Tragos por cuenta de la casa, libertad absoluta para moverte por aquí y diagnósticos precisos sobre clientes en crisis —enumeré, apoyando los codos en la mesa—. Supongo entonces que estoy hablando con la jefa, dueña o CEO del lugar, ¿me equivoco?

Una risa corta, casi imperceptible, la obligó a volver a mirarme. Ya no había rastro de la anfitriona distante; uno de sus hoyuelos la traicionó por una fracción de segundo.

—Con «dueña» basta.

Hizo una pausa ínfima. Vi cómo sus ojos me evaluaron rápidamente y me extendió la mano derecha, adaptándose con una fluidez cosmopolita.

—Soy Fahsai. Pero puedes decirme solo Fah.

Acepté el gesto por puro reflejo. El contacto me dio un respingo: tenía los dedos helados y mojados por la condensación del vaso que acababa de traerme. Esa torpeza repentina, el agua fría rompiendo la imagen intocable que yo me había armado de ella, me hizo aterrizar de golpe.

—Yo soy Freya —le respondí, intentando disimular el escalofrío en la palma de mi mano—. Y te agradezco el rescate con el agua. Prometo que mañana intentaré que mi crisis existencial sea un poco más discreta.

Fah retiró la mano y se secó disimuladamente la humedad contra la tela del pantalón.

—No te preocupes por eso —dijo, dándose media vuelta para regresar a la escalera—. Mientras no empieces a tirar mis vinilos por la ventana, eres libre de venir a frustrarte aquí el tiempo que necesites.