Un café en Bangkok
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Capítulo Uno
TERCER PISO
Llegué a Bangkok huyendo. Llevaba meses arrastrando un agotamiento interminable en Dublín, mirando el cielo gris por la ventana mientras los plazos editoriales se me venían encima.
Había llegado a ese punto en el que cambiar de escritorio o dar paseos junto al río Liffey ya no servía de nada: estaba completamente bloqueada y no pensaba volver a subirme a un avión de regreso hasta que no tuviera una historia real entre manos.
Elegí Tailandia porque era el reverso absoluto de todo lo que conocía: un entorno ruidoso, caliente y saturado de estímulos que llevaba años llamándome la atención, al punto de haber estudiado tailandés por mi cuenta entre borrador y borrador.
Vivir de los libros no había sido un golpe de suerte; me había costado años de turnos dobles en pubs, juntando monedas para pagar el alquiler mientras garabateaba escenas en servilletas o en la pantalla rota del teléfono.
Las ventas de mis novelas anteriores por fin me daban un colchón financiero para no tener que servir pintas ni redactar folletos corporativos, pero el precio venía siendo un año entero sin una sola página terminada.
Probé con misterio, suspenso y hasta mi área de fantasía. Nada pasaba del tercer capítulo. Aterricé en Bangkok con una mochila, el sello de sesenta días estampado en el pasaporte y la idea fija de tramitar la extensión de un mes más en inmigración si las cosas empezaban a encaminarse.
El calor me dio una bofetada apenas salí del aeropuerto.
Era una humedad tan pesada que por un momento sentí que estaba respirando agua; a años luz de mi Irlanda.
Las primeras cuarenta y ocho horas fueron puro desajuste: el desfase horario me despertaba a las cuatro de la madrugada, empapada en la cama de un hotel modesto mientras el ventilador de techo solo revolvía el aire tibio.
Mirar el documento vacío en la laptop a esas horas no servía para nada; quedarme encerrada entre cuatro paredes oliendo a humedad solo empeoraba el encierro.
En mi segunda mañana, aprovechando que una garúa tenue aplacaba un poco el bochorno, me colgué la mochila al hombro y salí a caminar sin rumbo.
Esquivé puestos callejeros con bandejas de fruta cortada, marañas de cables negros colgados sobre las veredas y el paso continuo de las motos que cortaban el tráfico.
Buscaba un lugar fresco, con sombra y algo de silencio, donde pudiera sentarme a escribir sin el bullicio de la avenida encima.
Doblé por un callejón estrecho, resguardado por unos toldos verdes descoloridos, y vi la fachada de madera.