Un café con leche agria Capítulo veintisiete #2
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Capítulo veintisiete #2

—El muy gilipollas ni siquiera me cogió el teléfono. Tras varios intentos, volví a llamarlo, pero en esta ocasión le dije a la recepcionista que era Lottie Harmon y me pasó con él. La llamada de Lottie sí la respondió.

—¿Y qué pasó?

—Pensé que conocía a Lottie lo bastante bien como para hacerme pasar por ella.

Había ensayado bien mi discurso y funcionó.

Él creyó que hablaba con Lottie Toratelli y yo corté la conversación antes de que se diera cuenta de lo contrario.

Me suplicó que fuera a verlo, pero pospuse la visita.

Cuando colgué, ya sabía lo que tenía que hacer.

Harriet se volvió hacia mí con tono desafiante.

—Para la mayoría de la gente, tal vez fuera un movimiento exagerado, pero yo lo vi como un renacimiento.

Ya había perdido peso, estaba delgada y fortalecida.

Un poco de bisturí, una rinoplastia, unos retoques en la barbilla y los pómulos, un aumento de pecho, un poco de tinte en el pelo y una ligera liposucción…

—Y te convertiste en Lottie Harmon. La nueva conejita Duracell.

—Incluso me cambié el nombre legalmente. Y ¿sabes qué? Funcionó. —Harriet insistió—. Tuve que mantenerme alejada de Fen, cosa que no me costó, ya que me parece repugnante, pero las cosas fueron muy bien. Me ayudó mucha gente, como Tad y la pobre Rena… —Lottie volvió a echarse a llorar.

Me quedé un rato en silencio. Había mucho que asimilar, mucho que procesar… Estaba a punto de hablarle de Fen, para ver si sabía algo del plan que había trazado en contra de ella, cuando apareció un chico de prácticas de la Semana de la Moda.

—Disculpen, señoras, tenemos que despejar la sala. Recibiremos a los invitados dentro de media hora.

—¡Dios mío! —Harriet se levantó y se secó la última lágrima—. Tengo mil cosas que hacer antes del desfile.

Yo también me levanté y ella me apretó la mano.

—Bueno, Clare, ahora ya lo sabes. Te he contado la verdad porque has averiguado cosas y porque me has preguntado. Para ser sincera, no sé cómo te ayudará el pasado a resolver el problema presente de tu amigo. Casi no conocía a Ricky Flatt, pero debo pedirte que me guardes el secreto.

—Pero hay más cosas de las que tenemos que hablar, Harriet…

—Lottie, por favor. Llámame Lottie. Ya te he dicho que me cambié el nombre legalmente.

—Sí, claro…

—Eh, jefa, ¡te necesitamos! —Era Esther Best, que gritaba desde la primera fila.

—Tenemos que seguir hablando —le insistí a Lottie—. Pero, te lo ruego, hasta entonces mantente alejada de Fen. Creo que intenta hacerte daño.

—Perdona, querida, pero precisamente hoy es imposible.

Lottie se apresuró a los camerinos mientras yo me acercaba a Esther.

—Lottie parece preocupada —observó Esther.

—Sigue destrozada por la muerte de Rena García.

—Uf, claro —dijo Esther con un estremecimiento—. Sabes, creo que Moira y yo fuimos las últimas en verla con vida.

Me quedé helada.

—¿Cómo dices?

—Digo que creo que Moira y yo fuimos las dos últimas personas en verla con vida.

—¿Cómo lo sabes?

Esther se encogió de hombros.

—Fue el jueves por la noche, tú estabas encerrada en el despacho. Moira y yo estábamos esperando a que Gardner nos relevara y Rena se pasó a por un café. Lo recuerdo porque Moira y Rena se pusieron a hablar y después se fueron juntas en un taxi…

—¿A qué hora?

Esther puso cara de sombro al notar mi tono impaciente.

—A eso de las nueve, supongo.

Moira McNeely. Veintipocos años. De Boston.

Alérgica a la aspirina. Estudiante de moda de la Escuela de Diseño Parsons.

Una joven atractiva y heterosexual que había entablado amistad con el barista gay del Blend, Tucker, más o menos en la misma época en que Lottie Harmon empezó a frecuentar la cafetería.

Una persona callada, que trabaja en segundo plano, el tipo de persona que pasa desapercibida.

Era la hija de Mona Lisa Toratelli. En ese momento lo supe.

La niña pequeña que presenció el asesinato de su madre a manos de su tía, que salió impune del crimen.

—¡Cielo santo! —grité—. ¿Dónde está Moira ahora?

—La dejé en el puesto del café. El desfile está a punto de empezar, como ya sabes.

Eché a correr con Esther detrás de mí.

—¿Qué problema hay, jefa? —gritó.

Pero no me daba tiempo a explicárselo, solo a salir al vestíbulo y a abrirme paso entre la multitud hasta el puesto del café.

Estaba desierto. La única señal de que Moira había estado allí era su mochila, de la cual no había querido desprenderse en todo el camino; ahora estaba abierta en el suelo.

—¡Tengo que encontrar a Lottie! ¡Está en peligro! —chillé.

Esther, jadeando, me alcanzó justo en ese momento.

—¿Cómo? ¿Vuelves al escenario? —resopló.

—Espera aquí y, si ves a Matteo, dile que Moira es quien ha envenenado a la gente.

—¿Qué? ¡Clare, espera un segundo! —gritó Esther.

Pero yo ya me dirigía hacia la sala. Pasé por delante del becario, que vigilaba la entrada.

—¡Oiga, señora! ¡No puede entrar!

No le hice caso y crucé el escenario hasta la puerta del camerino. Oí unos gritos de pánico y vi que varias modelos con diversos grados de desnudez corrían de un lado para otro.

Moira estaba en el centro del caos con un revólver calibre 38 especial de la policía en una mano. Con la pequeña arma negra y reluciente apuntaba a Lottie Harmon… y a Fen, que se encontraba a su lado.

—¿Por qué no estás muerta? —gritó Moira—.

¡Deberías estar muerta! Yo misma molí las aspirinas…

Eres alérgica, tienes que serlo, es hereditario.

Te di aspirina aquella noche, cuando acudiste al Blend para planear tu fiesta, pero no pasó nada…

Así que lo intenté con cianuro, en la gran fiesta, pero ese pobre hombre se bebió el café…

Moira sollozó y la pistola tembló, pero contuvo las lágrimas y enderezó el arma.

—Incluso volví a intentarlo con aspirina molida en esas galletas italianas tan finas que te trajo la señora Cosi el otro día…

, pero sigues viva. Es como si no pudiera matar al monstruo…

Por eso acabé con Rena, solo para que supieras lo que se siente…

, lo que se siente al perder a un ser querido…

Y cómo te atreves…, cómo te atreves a tratar a Rena como a una hija, a comprarle un apartamento, a incluirla como socia en tu negocio, después de olvidarte durante todo este tiempo de la hija de tu propia hermana…

Moira se agarró la cabeza con una mano mientras con la otra seguía sujetando el arma. Un guarda de seguridad me empujó antes de salir corriendo de la sala. Di por hecho que, al no ir armado, pretendía buscar ayuda, no huir.

Mientras Lottie/Harriet observaba a la chica, que estaba histérica, cayó en la cuenta de lo que ocurría.

—Tú eres la hija de Mona Toratelli… —murmuró atónita.

—¡No pronuncies el nombre de mi madre! —chilló Moira con todas sus fuerzas—.

Tú mataste a mi madre, zorra. A tu propia hermana…

Te vi empujarla por el balcón… Te veo todas las noches en sueños…

¿Cómo pudiste matarla de ese modo y salir corriendo?

¡Me dejaste allí! ¡Eres un monstruo y ha llegado tu hora!

—¡No, Moira! —grité.

Moira cerró la boca y fijó la vista en mí. Parecía enloquecida, desquiciada por el dolor y por la enfermiza necesidad de venganza.

—Te equivocas de persona —expliqué con rapidez—. La mujer que tienes delante no es tu tía. Ni siquiera es pariente tuya…

—¡Cállate! Sé quién es —gritó Moira—. ¡Ya te lo he dicho! La vi matar a mi madre. Mi madre vino a verme. Dentro de mi cabeza, me explicó lo que debía hacer para que las pesadillas desaparezcan. Lottie tiene que morir.

De pie, junto a Harriet, Fen no parecía oír a Moira, solo le lanzaba una mirada intensa. En el momento en que se dio cuenta de que la mano le temblaba de nuevo, se abalanzó sobre el arma.

—¡No! —grité.

Pero fue demasiado tarde. El disparo sonó como un cañonazo y Fen, herido en el pecho, envolvió con su cuerpo el brazo de Moira. Con las pocas fuerzas que le quedaban, le arrebató la pistola. Un momento después, se desplomó y el arma cayó al suelo con un ruido metálico.

Bryan Goldin saltó de inmediato sobre Moira mientras Lloyd Newhaven recogía el revólver. Entre los gritos de las modelos medio desnudas que se encogían de miedo entre los percheros de ropa, Harriet se arrodilló al lado de Fen.

Empapado en sangre, él la miró. Toda la fanfarronería de Fen, la arrogancia, se había esfumado y solo percibí un cariño triste y desesperado tras los ojos moribundos.

—Lottie… Yo…

—Calla —susurró Harriet mientras le tapaba la boca con los dedos.

—Olvida el dolor…, las cosas malas… —dijo Fen, jadeante—. Perdóname por esos… Recuerda solo el gozo… que compartimos…

Fen abrió mucho los ojos y, a continuación, la luz los abandonó. Harriet Tasky, para siempre Lottie Harmon, lo sostuvo entre sus brazos hasta que los médicos llegaron para certificar su muerte.