Capítulo veintisiete
C APÍTULO V EINTISIETE
S in mediar palabra, Harriet me agarró del brazo y me llevó a uno de los asientos de la fila de atrás de la sala vacía, lejos de las miradas y de los oídos curiosos.
—Antes era Harriet Tasky —admitió con un susurro después de sentarse a mi lado—. Ahora soy Lottie Harmon. Pero ¿a ti qué te importa eso?
—¡Me importa porque tengo un amigo en la cárcel y la única manera de sacarlo es averiguar qué demonios está pasando!
—Shhh, baja la voz —insistió Harriet. Luego encorvó los hombros—. Esta semana ha sido un infierno. Primero, el envenenamiento en la fiesta; luego, la muerte de Rena… —Hizo una pausa para contener unas lágrimas repentinas, pero a continuación comenzó a sacudir la cabeza y se derrumbó por completo.
—Siento lo de Rena —dije—. De verdad que lo siento. Pero necesito saber qué está pasando. Necesito saber la verdad. ¿Por qué te haces pasar por Lottie Harmon?
—¿Tú qué crees? —contestó, después de recomponerse y secarse las lágrimas—.
Harriet no era nadie en este mundo. Con sobrepeso, tímida y sin glamour .
Daba igual que yo creara la mitad de las piezas que llevaron la marca Lottie Harmon a lo más alto del mundo de la moda en sus buenos tiempos.
Por supuesto, la pobre Mona creó la otra mitad.
—¿Y Lottie Toratelli?
—Ella era la fiestera profesional. El rostro público, precioso, extravagante y elocuente de Lottie Harmon.
No niego que su papel fuera fundamental.
Ella establecía los contactos y cerraba los tratos.
Llevaba la marca y los diseños a la prensa, asistía a actos, lucía las joyas y complementos, atraía a la clientela adecuada…
—El conejito de Duracell —murmuré.
—Que dura y dura. —Lo dijo con tanta ironía que traté de leer entre líneas.
—¿Te refieres a que se drogaba?
Lottie sacudió la cabeza.
—No, no consumía drogas. Tanto Lottie como Mona Lisa tenían unas extrañas alergias hereditarias. Eran la bebida, la música y el sexo con distintas parejas lo que mantenía a Lottie tan activa.
—¿Y a Mona y a ti no?
Harriet sacudió la mano.
—Bueno, Mona salía mucho al principio, pero luego se quedó embarazada de un ligue de una noche y decidió tener el bebé.
Sentó la cabeza y se convirtió en la hermana responsable.
Yo probé la vida nocturna durante un tiempo, pero mi aspecto físico…
En fin, digamos que me cansé de pagarles el alcohol y la droga a tíos que me trataban como a una mierda.
Dejé que sus palabras flotaran en el aire unos instantes.
—Supongo que sería duro para ti y para Mona. Trabajabais con ahínco y nadie os reconoció el mérito por vuestro trabajo como diseñadoras.
Harriet se encogió de hombros.
—Eso nos daba igual, te lo aseguro. Todas nos hacíamos ricas. Ese era el plan, y también el acuerdo desde el principio. Las cosas iban muy bien hasta que el cabrón de Stephen Goldin empezó con sus jueguitos.
—¿Fen?
Apartó la mirada con los ojos un poco vidriosos.
—Por aquel entonces Stephen era alguien: brillante, engreído, un joven diseñador heterosexual en un negocio saturado de hombres gais. Lottie se sintió atraída por él de inmediato y Mona poco después. Polillas hacia una llama, como en realidad fue.
—Entonces, ¿alentó los sentimientos de ambas?
—¿Si los alentó? Él se lo pasaba en grande.
Estuvo años jugando a un retorcido juego del gato y el ratón con las dos.
Alardeaba de su relación con Lottie al mismo tiempo que amenazaba a Mona con revelarle a su alocada y posesiva hermana la aventura que ambos mantenían en secreto.
Era un juego muy peligroso, nadie supo hasta qué punto, hasta que fue demasiado tarde…
Se le cortó la voz, pero comprendí adonde quería llegar.
—Harriet —dije en voz baja—, sé que Mona murió en Bangkok.
Lottie asintió y cerró los ojos.
—Vi casi toda la mierda que provocó aquel enfermizo ménage à trois , pero conseguí esquivar el apocalipsis, que tuvo lugar en 1988.
—¿Qué pasó?
Suspiró y abrió los ojos.
—Fen se llevó a las dos hermanas a Tailandia, los tres iban con pasaportes falsos.
Habían planeado sacar piedras preciosas del país sin pagar impuestos ni pasar por la aduana.
Conociendo su libido, es probable que Fen también quisiera probar la famosa industria del sexo tailandesa.
En cualquier caso, Mona se llevó a su hija pequeña al viaje, puede que para utilizarla como cebo y que las autoridades no sospecharan del contrabando.
Fue un error trágico y estúpido. Hasta años después no me enteré de lo que de verdad pasó con la muerte de Mona. Lottie me lo confesó todo, al final…
—La única noticia que encontré sobre la muerte de Mona decía que se cayó desde un balcón.
—La empujaron —corrigió Harriet sacudiendo la cabeza.
—¿Fen la empujó?
—Fen y Lottie habían discutido, mucho. Por esa época estaban a punto de separarse para siempre.
La ruptura tuvo lugar en Bangkok, pero, antes de que Fen se largara a Nueva York sin ellas, le reveló a Lottie su aventura con Mona.
Lottie siempre había sido impulsiva y, a veces, colérica.
Esa vida, con un elevado consumo de alcohol diario, la volvió peligrosa de verdad.
Irrumpió en la habitación de Mona y la atacó.
Mona se defendió y Lottie le devolvió el golpe.
Empezaron a forcejear… Lottie empujó a su hermana por el balcón delante de la hija pequeña de Mona.
—Ay, por Dios…
Harriet hizo una pausa.
—Esa cría preciosa… Creo que solo tenía seis años.
Yo apenas la conocí, porque Mona contrató a una canguro a tiempo completo y solo la llevó al taller un par de veces.
La hija, ¿cómo se llamaba?, María o Maura, algo así.
Ahora tendrá veintipocos años. Solo espero que haya olvidado lo que vio o al menos que se haya reconciliado con ello.
—¿Qué pasó después de la muerte de Mona?
—El asunto se silenció, te lo aseguro. Del padre de la niña no se sabía nada, así que la mandaron a vivir con un pariente en el nordeste. Creo que a Boston.
—¿Y Lottie? ¿Qué fue de ella?
—Salió impune del asesinato, tal cual. Enseguida se determinó que la muerte de Mona había sido un suicidio.
Y Lottie volvió a Nueva York a tiempo para la nueva temporada, pero nunca llegó a estrenarla.
Lo dejó todo, canceló los pedidos, cerró la empresa y se fue a Europa.
Matar a su hermana y ocultar el asesinato, dejar huérfana a su sobrina y perder a Fen… Fue demasiado para ella. Renunció.
—¿Y Fen?
—Él siguió adelante… con otros socios comerciales y supongo que sexuales.
Yo me trasladé a Londres para empezar una nueva vida.
Todavía me quedaba mucho dinero, así que abrí mi propio negocio de ropa vintage .
Perdí el peso que llevaba arrastrando toda mi vida y las cosas me fueron bien. Después me enteré de lo de Lottie…
—¿Qué le pasó a Lottie?
—Que su problema con la bebida se agravó.
Un día recibí una llamada desde un hospital de París y me preguntaron si podía ir a recoger a Lottie Toratelli.
Ella había dado mi nombre como pariente más cercano.
Después me enteré de que se había gastado la mayor parte de su fortuna y de que era una alcohólica empedernida.
—¿Y qué hiciste?
—Me la llevé conmigo a Londres. La metí en rehabilitación y la convertí en socia de mi negocio.
Ella no tenía mucho dinero para invertir, así que acordamos que me cedería parte de sus propiedades, incluida la casa del Village en la que he vivido durante el último año.
Nos fue bien con el negocio vintage de Londres, hasta que un accidente absurdo lo cambió todo…
—Harriet se quedó callada. Le di tiempo para ordenar sus ideas—.
Acabábamos de recibir un lote de ropa antigua de una finca de Cornualles, prendas de primera calidad, anteriores a la guerra, perfectamente conservadas.
Lottie y yo comenzamos a abrir las bolsas de plástico para llevar a cabo el inventario.
De pronto, Lottie se puso enferma y luego sufrió un ataque.
Llamé a una ambulancia y se la llevaron al hospital.
Pero fue demasiado tarde y murió ese mismo día.
Parpadeé asombrada.
—¿De qué?
—Los médicos dijeron que fue un envenenamiento por las bolas de naftalina.
Lottie siempre fue alérgica a la aspirina.
Resulta que la reacción a la naftalina forma parte de la misma alergia, solo que es mucho peor.
Después del fallecimiento de Lottie, yo me ocupé de todo, incluyendo su petición, en el lecho de muerte, de que la incineraran del modo más discreto posible, sin avisar siquiera a la familia.
Entendí lo que sentía, ya que durante su larga rehabilitación me había confesado que fue ella quien mató a su hermana.
—Entonces, ¿por qué resucitaste la marca Lottie Harmon? ¿Necesitabas dinero?
—No, no era dinero lo que buscaba. —Harriet suspiró—.
Con las dos hermanas muertas, yo era la única propietaria de la marca.
Había hecho un trabajo excelente durante un montón de años, siempre en la oscuridad…
Quería saber qué se sentía al recibir los aplausos, al aparecer en las revistas, al recibir las invitaciones de las fiestas… Al ser un genio, una estrella…
Recordé el comentario de David Mintzer sobre la gente pequeña que trabaja en la sombra y a quienes todo el mundo ignora o desprecia. Por lo visto, Harriet pertenecía a ese grupo, siempre a la espera de una oportunidad para irrumpir, para convertirse en el centro de atención.
—No fue un camino fácil —continuó Harriet—. Al principio, cuando intenté poner en marcha de nuevo el negocio, llamé a Fen con la esperanza de que quisiera asociarse conmigo. No me hacía mucha gracia tratar con una sabandija como él, pero me pareció la única manera viable de regresar al mundillo.
Imaginé lo que sucedió después y Harriet confirmó mis sospechas.