Capítulo veintiséis
C APÍTULO V EINTISÉIS
E l domingo por la mañana comenzó demasiado pronto. Me levanté a las seis con la boca seca y un leve dolor de cabeza fruto de la resaca, cortesía del cóctel atómico de Fen.
Matt seguía dormido en mi cama y, en silencio, le agradecí que la ligera molestia que sentía no fuera el horrible dolor de cabeza que podría haber sido sin su ayuda de la noche anterior.
Después de ducharme y vestirme como un zombi de George Romero, bajé las escaleras y me encontré con Gardner Evans, que estaba fresco como una lechuga a pesar de haber cerrado la cafetería la noche anterior y haberla abierto esa mañana.
Él y otros dos empleados del turno de noche atenderían a los clientes habituales del Blend mientras Esther, Moira y yo nos ocupábamos del catering durante el desfile de Fen en el centro, que comenzaría en menos de seis horas.
Esther y Moira llegaron enseguida y cargamos la furgoneta que yo había alquilado unos días antes y que estaba aparcada en el callejón de detrás del Blend: dos cafeteras expreso y servicio para trescientas personas, incluyendo nata, leche, azúcar, café, vasos desechables, palillos para remover, servilletas y platos de papel para los productos de bollería que nos entregarían allí mismo a las ocho en punto.
También llevábamos agua filtrada esa misma mañana, ya que para que el café salga bueno es esencial que el agua sepa bien.
Para espabilarnos, preparé un termo con nuestra mezcla de desayuno de doble fuerza, una combinación de tueste medio de los arábica con mayor cantidad de cafeína de nuestro repertorio, que compartimos antes de salir.
—Tú conduces. Creo que yo no estoy en condiciones —le dije a Esther mientras le pasaba las llaves.
En circunstancias normales, me habría resistido a entregarle las llaves —y mi vida— a una conductora novata, pero un domingo a las siete de la mañana el tráfico en Manhattan era casi inexistente y, de todos modos, la cabeza me dolía demasiado como para que me importara.
Me subí a la cabina de la furgoneta y llamé a Moira.
—Quítate la mochila y siéntate delante con Esther y conmigo.
—No pasa nada, señora Cosi, yo iré detrás.
Moira se subió a la parte trasera de la furgoneta. Apenas la veíamos entre toda la mercancía que llevábamos.
—John —susurró Esther con cara de fastidio—. Podría ser un poquito más sociable. Ni que la mochila se le hubiera quedado pegada a la espalda.
Hice callar a Esther y nos pusimos en marcha.
Cuando divisamos los leones de la biblioteca en la calle Cuarenta y Dos, las nubes de la mañana ya se habían disipado y el sol brillaba con bastante fuerza para tratarse de una mañana de finales de septiembre, aunque desde el este llegaba un fresco viento oceánico que anunciaba la inminente llegada del invierno.
No había vuelto a Bryant Park desde que visité a Lottie el día de la inauguración de la Semana de la Moda. Ahora, el ambiente era todavía más caótico: taxis, furgonetas, camiones de marcas de moda y muchísima gente. Nos detuvimos junto a la barrera de la calle Cuarenta.
El camino estaba cortado al tráfico normal durante la celebración, pero le enseñamos nuestra acreditación a un policía uniformado y nos dejó pasar. Esther consiguió aparcar la furgoneta medio torcida entre una unidad móvil de Metro New York y un autobús turístico con el logo de Fen.
—Muy bien —comenzó Esther—, sé que el domingo está justo en medio de la Semana de la Moda y que es el mejor momento para un estreno en las pasarelas, pero ¿por qué Fen y Lottie lo celebran antes del mediodía?
—Lottie me dijo que, como se trata de una colección de primavera, Fen quería que las modelos rebosaran energía. «Como los primeros brotes de la primavera», fueron sus palabras.
—¿Y qué pasa con los asiduos a este tipo de cosas? —se quejó Esther—. Con todas las fiestas nocturnas que hay ahora, ¿no se quedarán dormidos?
—Precisamente por eso no hemos traído descafeinado —contesté—. Y me da la impresión de que Fen tenía razón.
Señalé hacia el grupo de periodistas y compradores que ya rodeaban las carpas, la mayoría de los cuales no parecían estar del todo alerta.
Mientras tanto, las modelos, que daban grandes zancadas ataviadas con vaporosos vestidos de primavera en el frío aire otoñal, parecían, en efecto, llenas de vitalidad.
—Se mueven como impulsadas por baterías supercargadas —señalé.
—O más bien por cocaína —bromeó Esther.
Fruncí el ceño al acordarme de Joy y deseé que Matt cumpliera su promesa de hablar con ella.
A lo largo de los años había mantenido muchas conversaciones con mi hija sobre los peligros de las drogas ilegales, pero ahora me daba cuenta de que necesitaba oír las advertencias de su mítico y exadicto padre, ya que sus palabras tendrían mil veces más peso que las mías.
Al salir de la furgoneta, yo misma me sentí como una yonqui y me tapé los ojos, sensibles por la resaca, de la dolorosa agonía del sol. De pronto, deseé haber llevado aquellas gafas oscuras de Jackie Kennedy que guardaba Madame.
Me fijé en que Moira McNeely también se llevaba una mano a la cabeza.
—Moira, ¿estás bien?
Me hizo un gesto negativo.
—Jaqueca. De las gordas.
—Bienvenida al club. —Me saqué un bote de aspirinas del bolsillo de los vaqueros y se lo pasé—. Vengo preparada. Tómate dos con un buen café.
—No, no puedo —dijo mientras me devolvía el bote con cara de pánico—. Ya se lo dije a principios de semana, soy alérgica.
—Perdona —dije—, estoy en la inopia.
—Un primo mío puede morirse si come cacahuetes —dijo Esther—. ¿La alergia a la aspirina puede ser mortal?
Mientras Esther y Moira seguían hablando, me volví para abrir las puertas traseras de la furgoneta y vi que Bryan Goldin bajaba del autobús de Fen.
No había ni rastro de los trajes de cuero ni de la gargantilla con tachuelas de Billy Idol.
Ni siquiera se le veían los tatuajes. Ese día, bajo su corte al cepillo rubio platino, el joven Goldin lucía un traje de Fen marrón chocolate con camisa y corbata, ambas color lavanda.
Se detuvo a mitad de camino para estirarse la ropa.
Miró a su alrededor —sin duda para saber si alguien lo observaba—, pero no reparó en mi presencia.
Al cabo de un momento, se revisó también los puños de la camisa y cruzó el parque hacia la carpa Teatro.
No vi a Fen por ninguna parte, pero supuse que un hombre tan huraño —la verdad, tan reptiliano— permanecería oculto el mayor tiempo posible.
Durante la siguiente hora, Moira, Esther y yo trasladamos las cafeteras expreso hacia la carpa Teatro y las colocamos en el amplio vestíbulo principal con la ayuda de un joven y atractivo empleado de la Semana de la Moda llamado Chad.
A Esther se le iluminó la cara y se puso encantadora cuando el chico vino a saludarnos y, por sorprendente que parezca, Chad, que parecía un recién llegado del Medio Oeste alimentado a base de maíz, no pareció intimidado por las trenzas, la sudadera amplia y las gafas de pasta negra de Esther, todo muy poco glamuroso.
De hecho, le lanzó una sonrisa tan cálida que pensé que quizá le recordara a alguna vieja amiga de la granja.
Moira, sin embargo, estaba concentrada en comprobar el funcionamiento de las cafeteras. Los tres trabajaban con tanta eficiencia que apenas me necesitaban.
—Quedaos pendientes de la entrega de la panadería. Tiene que estar a punto de llegar —le dije a Esther—. Voy entre bastidores a hablar un momento con Lottie.
—Pásalo bien, jefa —contestó, claramente distraída por la ondulante musculatura que se percibía bajo la camiseta de la Semana de la Moda de Chad.
El público aún no tenía acceso a la carpa Teatro, por lo que crucé el vestíbulo vacío y llegué a la zona de la pasarela, de un blanco inmaculado.
Al no haber espectadores, el amplio espacio parecía hueco y, mientras pasaba por delante de las filas y filas de asientos hacia la parte delantera de la sala, solo se oía el ruido fantasmal de los ventiladores.
Las paredes de lona blanca estaban impolutas, salvo por una serie de focos, y la pasarela, lisa y pulida, estaba desierta.
La puerta del escenario estaba flanqueada por dos pantallas planas mastodónticas coronadas con unos enormes letreros con el logo de Fen.
En las pantallas chisporroteaba una nieve silenciosa y dos hombres con corbata de la Semana de la Moda trabajaban en el sistema de vídeo para solucionar algún tipo de fallo.
No estaba segura de dónde buscar a Lottie, pero divisé una puertecita que daba a la parte de atrás del escenario y me pareció lógico empezar por allí. Junto a la puerta, un fornido guarda de seguridad se limitó a echar un vistazo a mi acreditación antes de dejarme entrar en el caos del camerino.
Enseguida comprendí cuál era el motivo de distracción del guarda: un harén de jóvenes modelos semidesnudas se paseaban por la estancia o se maquillaban delante de unos espejos que ocupaban toda la pared.
Algunas llevaban batas o ropa de calle, pero la mayoría lucían una lencería bastante escasa.
Una mujer altísima, con pinta de amazona eslava, pasó junto al guarda sudoroso, ataviada con poco más que unos elevados tacones; el pelo rubio le llegaba hasta la cintura y llevaba los brazos cruzados sobre el pecho con despreocupación.
Entre las jóvenes atractivas había muchos rostros conocidos, supermodelos cuyos nombres no sabía, pero cuyas caras adornaban las cubiertas de las revistas todos los meses.
Cerca de una de las mesas de maquillaje, divisé a Ratana Somsong —Ojazos Violetas—, tan apabullante como siempre con un minivestido malva con cinturón.
Sin embargo, parecía solo una espectadora, ya que observaba los preparativos entre bastidores con manifiesto regocijo.
Cerca de ella se encontraba Lloyd Newhaven, que le secaba y cardaba el pelo a una modelo con la melena más voluminosa que yo había visto en esta parte de la colmena.
Bryan Goldin ya estaba allí. Era probable que Fen llegara en cualquier momento. Y también estaban Lloyd Newhaven, Ojazos Violetas…, la panda al completo. ¿Trabajarían juntos? ¿O quizá por separado?
Sin embargo, aún no tenía todas las piezas del puzle y sentía que Fen era la cabeza pensante y la persona a quien vigilar.
La noche anterior me había ofrecido una interesante representación donde aseguraba no tener nada que ver con los envenenamientos, pero el alcohol de grano que me puso en el vino de ciruela demostraba que era capaz de alterar una bebida para conseguir sus objetivos.
También recordé lo que Madame me había dicho por teléfono esa misma noche. ¿De verdad era Lottie quien estaba en peligro? ¿O era a ella a quien debía vigilar?
Crucé dos veces el gran camerino, pero no vi ni rastro de la diseñadora de complementos. Entonces oí una voz amplificada que retumbaba desde el escenario.
—… Milán es mi pasarela favorita —tronaba la mujer—. La comida, el vino…
Otra voz fuerte la interrumpió:
—¡Y los hombres! ¡No te olvides de esos italianos tan deliciosos…!
El comentario vino acompañado de una carcajada forzada y aguda que al instante reconocí como la risa de Lottie Harmon.
Corrí hacia la puerta, esperando hallarla en la pasarela con el micrófono en mano.
Sin embargo, solo encontré a uno de los técnicos junto a un reproductor de vídeo.
Levanté la vista hacia las grandes pantallas y vi la imagen rebobinada de tres mujeres sentadas en una terraza en algún lugar de la costa mediterránea.
Me dirigí a toda prisa hacia el técnico.
—¿Acaba de poner usted la grabación?
El hombre asintió.
—¿Qué es? —pregunté.
Él se encogió de hombros.
—Una especie de retrospectiva de diez minutos. Está previsto que se proyecte antes de que empiece el desfile.
—¿Podría ponerla de nuevo, por favor?
Volvió a encogerse de hombros y apretó el botón.
El fragmento que acababa de oír pertenecía a una entrevista de televisión para la cadena italiana RAI .
Un rótulo en la parte inferior indicaba que las imágenes se habían tomado durante el desfile de 1984 en Milán.
La entrevista era en inglés con subtítulos en italiano.
Lottie Harmon, de apellido Toratelli, estaba sentada en una tumbona y su característica melena escarlata se agitaba ligeramente con la brisa del Mediterráneo.
Llevaba un vestido de verano amarillo chillón bajo el cual encogía las piernas largas y morenas.
En una silla, junto a Lottie, su hermana Mona Lisa llevaba un vestido verde claro.
El parecido entre ambas era aún más sorprendente al verlas en movimiento.
Del mismo modo, llamaba la atención la diferencia de comportamiento entre ambas: Lottie era ruidosa, extrovertida y extravagante; Mona Lisa, seria, callada y reservada.
Entre la glamurosa pareja de hermanas aparecía, casi invisible, Harriet Tasky, más corpulenta, de pie con un traje pantalón negro y el pelo rubio ceniza mecido con suavidad por el viento marino.
Era Mona Lisa quien decía que Milán era su pasarela favorita y hablaba de la comida y el vino. Lottie Harmon se inclinaba hacia la cámara y añadía el comentario sobre los «italianos tan deliciosos». Pero era Harriet Tasky quien soltaba esa peculiar carcajada forzada y aguda.
La cinta se cortó de forma abrupta con una capa de nieve estática y crepitante.
A mi lado, el técnico maldijo y comenzó a toquetear los cables.
Aún en estado de confusión, me di la vuelta.
De pie, justo detrás de mí, estaba la mujer que durante el último año se había hecho llamar Lottie Harmon y que ahora miraba horrorizada la pantalla sin imágenes.
—Tú —dije con voz ronca—. Tú no eres Lottie Harmon, ¡eres Harriet Tasky!