Capítulo veinticinco
C APÍTULO V EINTICINCO
— B ébete esto.
—¿Qué es?
—Agua.
Con el paño frío aún sobre los ojos y la frente, acepté a ciegas el vaso largo que me ofrecía Matt.
—¿Y el café?
—Luego. Ahora mismo tu cuerpo necesita agua. Bébetela, Clare. Confía en mí, llevo muchas resacas a mis espaldas y sé de lo que hablo.
En ese tema, confiaba sin reservas en el trotamundos de mi exmarido, que parecía encarnar la letra de la canción One Night in Bangkok cuando dice: «Todos los países parecen el mismo cuando tienes la cabeza en la taza del váter».
Yo misma había adorado al dios de porcelana en el Inferno, justo después de descubrir a mi hija, recién llegada a la mayoría de edad, a punto de introducir polvo boliviano por una de sus delicadas fosas nasales.
Lo que aconteció después era un recuerdo borroso y bastante horrible: aunque estaba dispuesta a agarrar a Joy por la muñeca para sacarla a rastras de ese club, no necesité alcanzar esa cota de dramatismo, ya que se asustó tanto al verme ebria y a punto de perder el conocimiento que me acompañó a la puerta a coger un taxi.
Una vez allí, la obligué a volver conmigo para que pasara la noche en el dúplex, porque me negaba a perderla de vista.
Cuando subimos las escaleras, Matt ya había vuelto a casa…, para sorpresa mía. Me habría apostado cualquier cosa a que pasaría la noche en la cama de Breanne, pero allí estaba él, listo para cuidarnos a ambas.
Al enterarse de que Joy dormía en el dúplex, le cedió su cuarto.
Después de sacar una de sus camisetas para dormir, me arropó en la cama de cuatro postes del dormitorio principal.
Me encontraba demasiado débil para preguntarle dónde iba a dormir él, pero de nuevo di por hecho que tendría en mente la cama de cualquier otra mujer.
—Matt, tienes que hablar con Joy —dije, todavía cubierta por el paño para la resaca—. Tener con ella una seria conversación.
—Lo haré, Clare. En cuanto nos levantemos. Pero vamos a descansar un poco esta noche.
No tenía fuerzas para discutir. Justo en ese momento, oí un sutil tintineo, como si un piano de juguete tocara mi canción favorita de Sonrisas y lágrimas .
—Mi móvil —gemí—. Matt, perdona, ¿me ayudas de nuevo?
—Claro. —Siguió la versión electrónica de Edelweiss hasta la silla donde yo había dejado el bolso. Buscó el teléfono y me lo trajo.
—Gracias —dije mientras abría la tapa—. ¿Diga?
—¿Clare? Soy Mike. Me has dejado un mensaje para que te llame. Espero que no sea demasiado tarde.
—No, está bien. Espera un segundo. —Me levanté y el paño se me cayó de los ojos.
Matt me miró fijamente. Le lancé una mirada suplicante.
—¿Café? —le pedí con los ojos muy abiertos y cara de inocencia.
—Vuelvo enseguida —dijo.
Se dio la vuelta y salió del dormitorio… muy despacio. Cuando por fin estuvo lo bastante lejos como para no oírme, volví al teléfono.
—Mike, Fen me ha secuestrado esta noche.
No quería que Matt me oyera, porque ya estaba harto de mi vena detectivesca estilo Nancy Drewy, si se enteraba de eso, montaría en cólera, que era justo lo que estaba a punto de sucederle a Quinn.
—¡Qué! Clare, ¿qué puñetas ha pasado? ¿Dónde estás? ¿Te encuentras bien? ¿Quieres que envíe un coche patrulla?
—Estoy bien, ya en casa. Ahora todo está en orden, pero hace un rato Fen envió a dos gorilas para que me recogieran en una limusina y me llevaran en contra de mi voluntad a un club privado en Meatpacking District. Se llama Inferno y no me cabe la menor duda de que es un garito de mafiosos.
Sentí el suspiro de frustración de Quinn.
—Sí, he oído hablar de ese lugar. Y los federales también.
No es el único punto conflictivo del distrito, pero, a menos que haya una actividad delictiva evidente, queda fuera de mi jurisdicción.
El secuestro, en cambio, es otro asunto.
¿Quieres presentar una denuncia formal? ¿Qué pasó allí, por Dios santo?
—Fen me dijo que, como se había enterado de que yo estaba haciendo demasiadas preguntas, quería hablar conmigo. Quería averiguar qué sabía e intimidarme para que no me metiera en sus asuntos. Añadió alcohol de grano al vino de ciruela que me sirvió, supongo que para soltarme la lengua.
—¿Has averiguado algo?
—No mucho más de lo que ya sabía. Niega tener algo que ver con el asesinato de Rena.
—Tiene una coartada sólida.
—Bueno, investiga a su sobrino, Bryan Goldin.
Yo creo que es él quien se ocupa del trabajo sucio.
Por supuesto, Fen tiene en nómina al reparto entero de Los Soprano .
Y he descubierto algo de su pasado. Una de las mujeres con las que se acostaba murió en extrañas circunstancias en Tailandia en 1988.
Mona Lisa Toratelli, la hermana de Lottie Harmon.
—Tomo nota y veré lo que averiguo a través de Interpol.
—Estupendo.
—Clare, ¿seguro que estás bien?
—Estaré mejor cuando Tucker salga de la cárcel y detengan al asesino de Rena.
—Ya… Escucha, no he sacado nada en claro de Fen, salvo que tiene una buena coartada, pero la información que me proporcionaste sobre el chantaje ha sido una gran ayuda para Starkey y Hut.
Tad se ha sincerado con ellos y me van a ayudar con el asesinato de García.
Incluso reconocen que los dos envenenamientos están relacionados y que podría haber otra persona implicada.
—No sería «otra» persona implicada —insistí—. Sería «la» persona implicada.
—Poco a poco, detective Cosi.
Sonreí al percatarme del ligero tono burlón de Mike, algo bastante difícil de identificar si tenemos en cuenta que, por lo general, su voz era tan impasible como su rostro.
La mitad de las veces, interpretar a Quinn era como leer un muro, un muro en blanco, por supuesto, no una pared con cuadros al óleo de mujeres elegantemente vestidas.
—Gracias por devolverme la llamada, Mike.
—No hay de qué, Clare.
Seguí en silencio, con el móvil pegado a la oreja, durante un rato. Parecía que ninguno de los dos teníamos nada más que decir, pero tampoco queríamos colgar.
—¡Aquí tienes, cariño, café recién hecho! —Matt había vuelto a la habitación principal con dos tazas humeantes.
—Tengo que colgar —le dije a Mike en voz baja.
—Buenas noches, Clare.
—Buenas noches.
Cerré el teléfono y acepté la taza. Agradecí la fragancia cálida con matices de frutos secos que desprendía su tueste oscuro y me bebí el café con enorme satisfacción.
—Dios, lo necesitaba.
—Esto también lo vas a necesitar.
Matt me soltó dos aspirinas en la mano y me las tragué con el resto del agua. Después, volví al café. Tras un prolongado silencio, Matt se sentó en el borde de la cama y cruzó los brazos.
—¿Quieres contarme qué le has dicho?
Me retorcí.
—No hay nada que contar. En serio. Solo que bebí demasiado en la fiesta de Trend y que me encontré con un amigo que me llevó al Inferno, donde vi a Joy.
—Mentirosa.
—Uf, Matt. Se parece mucho a la verdad. Déjalo, anda.
—Clare, te lo advierto, no te pases con el jueguito de los detectives. Es demasiado peligroso.
—Matt, por favor. No vamos a discutir.
Apuré el café. Estaba a punto de volver a colocarme el paño frío sobre los ojos cuando sonó el teléfono de la mesita de noche. Me abalancé sobre él y, milagrosamente, lo agarré antes que Matt.
— ¿Diga? —contesté.
—Clare, querida, no te habré despertado, ¿verdad?
—No, Madame.
Matt levantó las cejas.
—He estado pensando —dijo Madame en tono conspirativo—. En nuestro caso, ya sabes.
Por Dios —pensé—, que Matt no te oiga decir eso . Bajo la mirada fija y recelosa de mi exmarido, pregunté:
—¿Qué has pensado?
—Solo que… ¿te parece posible que la culpable sea la propia Lottie?
—¿La propia Lottie? —Ni me había planteado esa posibilidad—. ¿Por qué crees eso, Madame?
—Porque Lottie podría haberse enterado del plan de Tad y Rena para vender sus acciones. Y Rena confiaba en Lottie; es fácil que aceptara de ella un café con leche envenenado y se lo bebiera.
—Cierto. Pero ¿por qué iba Lottie a envenenarse a sí misma?
Matt torció el gesto y soltó fuego por los ojos al oír por fin la frase que confirmaba nuestra conversación sobre el caso. Esquivé su mirada de desaprobación.
—A ver, querida, eso también me lo he planteado yo —respondió Madame—.
Es posible que encontrara un cómplice que la ayudara a montarlo todo, que no pretendiera tomarse el veneno, solo probarlo para acusar a Tad y Rena de envenenarla.
Pero, claro, al final fueron Ricky Flatt y ese pobre chico, Jeff Lugar, quienes se lo bebieron.
Lottie Harmon podría haber intentado hacerse con el control de la marca por todos los medios.
—Es una posibilidad interesante, Madame… No lo niego.
—Por supuesto, podría equivocarme, pero pensé que debías oír mi teoría.
—Sí, bueno… —Levanté de nuevo la vista y vi que Matt estaba a punto de estallar—. Será mejor que descanse un poco… Y tú también deberías. ¡Mañana será un gran día!
—Ay, sí, el desfile. Allí nos veremos, querida. ¡Qué duermas bien!
Recordé que Bryan Goldin me había deseado lo mismo, pero dudé mucho que lo consiguiera. Colgué el teléfono, me desplomé en la pila de almohadas y me coloqué el paño frío sobre los ojos antes de que Matt pudiera interrogarme.
—Clare.
—No, Matt. Ahora no.
—Vale. Vamos a dormir entonces.
Antes de que me diera tiempo a interpretar el significado de ese plural, la luz se apagó y mi exmarido se metió en la cama conmigo.
Dios mío, no , pensé, pero estaba demasiado agotada para protestar. Me limité a darme la vuelta para apartarme del padre de mi hija. Al cabo de un momento, noté que Matt me rodeaba con su musculoso brazo y tiraba de un modo posesivo hacia él.
Sabía que estaba mal, que debía resistirme, pero la sensación familiar de su fuerte cuerpo envolviendo el mío era como la taza de café que me había llevado un rato antes: cálida y reconfortante, y me recordó a esos días en que estábamos casados, cuando éramos felices juntos, cuando éramos jóvenes y seguíamos indemnes, esperanzados y optimistas.
Con un suspiro, me relajé en sus brazos y dejé que los sueños descendieran.