Un café con leche agria Capítulo veinticuatro #4
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Capítulo veinticuatro #4

—Usted no lo entiende. No quiere trato conmigo.

Para ella, el pasado sigue tan vivo como para mí.

Pero Lottie solo recuerda el daño que le causé, no el éxtasis que compartimos.

Ahora, con el éxito de su colección, temo que pronto deje de necesitar nuestra relación comercial.

Y no voy a correr el riesgo de que desaparezca de nuevo.

Tengo el poder de quitarle lo que más le importa…

, así que lo haré. De ese modo tendré también el poder sobre ella, ¿lo ve ahora?

—No, no lo veo. Si tanto le importaba Lottie en aquella época, ¿por qué se acostaba usted con su hermana?

En vez de contestarme, Fen se puso de pie. En ese momento, al cernirse sobre mí, me pareció más alto que antes. Levanté la vista y me sobresalté a darme cuenta de que el techo era un estilizado espejo en el que se reflejaban los cuadros al óleo que cubrían tres de las cuatro paredes.

—Madre mía, mírelas —murmuré—. Todas esas mujeres…

—La sala giró más deprisa y perdí el control de la lengua—.

Ah, espere, ¡ahora lo entiendo! —grité algo más fuerte de la cuenta—.

Este club se llama Inferno por el infierno de Dante y estamos en el cuarto círculo, el círculo de la avaricia.

Usted colecciona mujeres, Fen, ¡es un avaro!

—Me puse a señalarlo con un dedo tembloroso como una monja al regañar a un niño.

Me miró con cara de asco.

—Ya se está poniendo plasta otra vez. Me gustaría que se marchara.

—¡Ja! Primero me secuestra y ahora me echa. ¡Qué poca vergüenza, Fenny!

Sacudí el brazo para enfatizar mis palabras y tiré el vaso de vino medio vacío, que se cayó de la mesa tallada y rebotó con suavidad en uno de los cojines de seda y lo manchó sin remedio.

—Nadie la ha secuestrado, señora Cosi. Me he limitado a traerla y a facilitarle un guardaespaldas para garantizar su seguridad en el trayecto. Usted se subió por voluntad propia al coche, no sé si lo recuerda, pero estoy convencido de que el portero del Pierre podrá confirmarlo.

—Paparruchas. —Me levanté. Como un barco al escorar, toda la sala pareció inclinarse hacia un lado.

Me tambaleé y tuve que agarrarme al borde de la mesa tallada, que también estuve a punto de derribar.

—Usted afirma que la han raptado, señora Cosi. Pero yo digo que es usted quien ha acudido ebria a mi club y se ha puesto a dar voces y a alterar el orden. De hecho, ha montado un numerito, como mis empleados asegurarán. Madre mía, una noticia tan escandalosa podría incluso salir en los periódicos.

—¡Rata inmunda! —chillé—. ¡Me ha drogado!

—Solo he añadido una buena dosis de alcohol de grano a su bebida, nada por lo que alarmarse. Por mi parte, hemos terminado, señora Cosi; espero que por la suya también. Esto de meter las narices en los asuntos ajenos no es saludable. Pero hemos brindado por su salud, ¿no es cierto?

Entonces Fen terminó de hablar. En cuanto me dio la espalda, su sobrino, Bryan Goldin, emergió de entre las sombras. Con poca delicadeza, me acompañó a la puerta y me dejó a los pies de la escalera de caracol, que bien podría haber sido el campamento base del Everest.

—Que duerma bien, Cosi.

Después de inspirar hondo, me agarré con ambas manos a la barandilla de hierro y comencé a subir. Tardé una eternidad en pasar de un escalón al siguiente y tuve que parar de vez en cuando para tomar aire y esperar a que todo dejara de girar. Señor, ¿dónde hay un sherpa cuando más lo necesito?

Por fin, llegué a una planta que reconocí, con la pista de baile y la barra alargada de bloques de cristal iluminada desde dentro por una luz rojo sangre.

Al verla y al pensar en todos los animales sacrificados en ese edificio, se me revolvió el estómago.

Fue entonces cuando vislumbré un teléfono público —que estaba ocupado— y, al lado, el baño de mujeres.

Madre mía, voy a vomitar . Eché a correr hacia el baño.

Gracias al cielo, no había cola, de manera que empujé la puerta para entrar.

Dentro me encontré con dos cubículos, ambos cerrados.

Oí risas y voces dentro de uno de ellos.

Estaban haciendo un uso indebido de los baños y, de repente, monté en cólera.

El alcohol me volvía atrevida, por no decir loca, y empecé a aporrear la puerta.

—¡Oye, ya está bien! —gritó una mujer desde el otro lado.

Volví a llamar y le di una patada a la puerta, que se abrió de golpe.

Dos chicas y un chico vestido de traje se apretujaban dentro.

Una de las jóvenes era alta y rubia con un atrevido conjunto de chaleco y falda de cuero con la barriga al aire.

La otra era castaña y guapa, con un vestido corto de terciopelo que dejaba al descubierto buena parte de sus piernas y su escote.

Su color de labios me resultó familiar, un tono llamativo que yo jamás me pondría, el mismo que había encontrado en el cuello de la camisa de mi exmarido el día anterior.

Parpadeé, con la esperanza, aunque no la seguridad, de que solo fuera una horrible alucinación.

Los ojos de la chica castaña parecían tan grandes como los de un ciervo en medio de una autopista; no era de extrañar, ya que la acababa de pillar con una cucharita llena de polvo blanco ilegal debajo de la nariz.

Entonces, su conocida voz gritó:

—¡Mamá!

Y supe que no se trataba de una ilusión. La chica que sostenía la cocaína era Joy, mi hija.