Capítulo veinticuatro #3
—Siéntese, señora Cosi. De pronto ha vuelto a despertar mi interés. —Me acomodé y Fen se sentó enfrente de mí. Cruzó las largas piernas y se inclinó en mi dirección—. No tengo absolutamente nada que ver con la muerte de Mona Toratelli. Nada.
Bryan Goldin apareció de nuevo y colocó entre nosotros una delicada mesa tallada. La japonesa nos trajo una botella de vino de ciruela y dos vasos de cristal. A continuación, la pareja se deslizó entre las sombras de la sala y pareció que se hubiera esfumado.
Fen agarró la botella. Mientras vertía el líquido morado oscuro en su vaso, examiné el mío: pasé el dedo por su interior y lo olí. Él se rio de mí con un gruñido triste.
—Si quisiera envenenarla, señora Cosi, no la habría traído a mi club. Y no serviría ambos vasos con la misma botella.
Alcé una ceja mientras él me quitaba el vaso para servirme.
—A su salud —dijo, devolviéndome el vaso y levantando el suyo.
Vi que le daba un buen sorbo.
Se me habían secado los labios y estaba sedienta. Necesitaba calmar los nervios, así que, con cuidado, le di un sorbo a mi bebida y no detecté gusto a almendras ni amargor alguno. Los dos únicos sabores que percibí fueron el dulzor y la potencia del alcohol.
—Por favor, cuénteme más cosas —dijo Fen antes de darle otro trago a su vaso—. ¿Qué más sabe de mí? ¿O qué más cree saber?
Le di un segundo sorbo al vino dulce y otro más antes de hablar.
—Sé que usted intentó obligar a Rena García y Tad Benedict a venderle sus acciones de Lottie Harmon —empecé—.
También sé que usted le tendió una trampa a Rena en una trama de plagio de diseños de moda, que la chantajeó y que amenazó con sacar a la luz lo que había hecho si no le vendía las acciones.
Incluso esperó a que ella y Tad anunciaran su compromiso para atraparlo también a él. Un dos por uno, por así decir.
A Fen se le contrajo el ojo izquierdo, cosa que me tomé como una victoria, de manera que continué:
—Sé que Tad y Rena quisieron ser más hábiles que usted e intentar vender sus acciones a otros inversores para que Lottie mantuviera el control de la empresa. Está claro que la pobre Rena murió porque trataba de proteger a su jefa.
—Rena fue una estúpida avariciosa, señora Cosi, pero tampoco tuve nada que ver con su muerte. Esa noticia me impactó tanto como a cualquiera.
—Buen intento, pero no me lo creo.
Fen estampó el puño sobre la mesa.
—¡Entonces es usted idiota! La muerte de Rena deja su patrimonio en el limbo.
Rena García murió sin testamento. Ahora no puedo tocar sus acciones, nadie puede, hasta que se arregle ese embrollo legal.
—Fen se reclinó en su silla. En un esfuerzo por controlarse, volvió a cruzar las piernas—.
Como ve, la muerte de la señora García no me beneficia en nada.
Seguía sin estar convencida, pero cambié de tema.
—¿Y para qué quiere controlar la marca Lottie Harmon? —le pregunté, y seguí templando los nervios con más vino de ciruela.
—La marca no. La marca me importa una mierda. Quiero controlar a Lottie.
Entonces —pensé—, Madame tenía razón .
—Sigue enamorado de ella.
Fen suspiró y apartó la vista hacia la pared de cuadros dorados con mujeres ataviadas con vestidos de corte imperio de terciopelo, cuellos isabelinos y pelucas empolvadas, miriñaques y pieles hasta el suelo.
—En aquella época, Lottie era adictiva —dijo en voz baja—.
Intensa. Tierna y sensual, pero también peligrosa.
Tempestuosa y del todo imprevisible. Como una droga psicotrópica.
He estado con innumerables mujeres desde entonces, pero jamás he vuelto a sentir ni una pizca de lo que sentí por ella.
Quiero que vuelva a mi cama, ¿lo entiende?
—Y usted es de los que consigue lo que quiere, ¿no es eso?
Fen se encogió de hombros.
Era triste, la verdad. Los recuerdos que guardaba Fen de aquella Lottie tan sensual no concordaban con la mujer reservada que yo conocía. Estaba claro que ella había cambiado en esos veinte años, pero Fen no se había dado cuenta o no quería verlo.
No sabía mucho sobre ese Fen/Stephen Goldin que tenía sentado delante.
Quizá había pasado por una serie de obsesiones y Lottie solo era la última de ellas.
O quizá la crisis de la mediana edad lo había abordado en los últimos tiempos y anhelaba con desesperación algo que ya no existía…
, si es que alguna vez existió. No sería la primera persona en idealizar una relación pasada para compensar el vacío presente.
Dejé el vaso en la mesa profusamente tallada con un golpecito sonoro y me di cuenta de que ese vino de ciruela era mucho más fuerte que cualquier otra bebida que hubiera probado jamás.
—Esos sentimientos… —dije, algo mareada—, sospecho que volvieron cuando Lottie se puso en contacto con usted después de tantos años, ¿no?
Fen asintió mientras me rellenaba el vaso.
—Lottie estaba acabada cuando se marchó, cuando huyó de su trabajo y de mí.
Ha pasado décadas así. Esta colección nueva, lo de las joyas inspiradas en el café, era interesante y viable desde un punto comercial, aunque muy convencional.
Pero me pareció que podría ser lucrativo.
Como algo que Isaac diseñaría para Target o David Mintzer para las tiendas Bullseye…
De pronto me quedé pasmada. David Mintzer.
Dios mío —pensé—, ese es el hombre con el que he hablado en el Hotel Pierre, uno de los diseñadores de moda más famosos de la industria .
Mintzer era propietario de dos cadenas de restaurantes, tres tiendas y varias líneas de ropa, bolsos, zapatos, perfumes y productos de baño, además de varias líneas de productos exclusivos para la cadena de grandes superficies Bullseye.
Madre mía, Clare, ¡ese tío sale cada dos por tres en el programa de Oprah y tú no lo has reconocido!
Le di otro trago al vino de ciruela mientras Fen seguía hablando.
—Sabía que podía ayudarla a vender su colección, por supuesto, así que acepté la colaboración esperando que quisiera volver conmigo, pero ya hace un año que mantiene las distancias y se me ha agotado la paciencia.
Entonces, ¿por qué intentas matarla? , me pregunté. No tenía ningún sentido. En ese momento, la sala empezó a dar vueltas.
—¿Y cuál es el problema, Fenny? —Me di cuenta de que se me trababa la lengua—. Cortéjela. Gánesela. Es más, cásese con ella… Las cosas que hace todo el mundo.