Capítulo veinticuatro #2
La silueta del pasillo asintió y se apartó para dejarnos pasar. Chiqui me empujó hacia dentro y, bajo la luz lavanda, vi que el hombre que vigilaba la puerta estaba cubierto de pies a cabeza con un traje ébano confeccionado a medida. Sus ojos de color verde claro se toparon con los míos.
—Bienvenida al Inferno —dijo sin sonreír.
Entré en un espacio que parecía enorme, aunque la mayor parte se perdía entre las sombras. A mi derecha había una isla de luz con una barra donde servían cócteles a unos cuantos hombres con pinta de querer pillar cacho.
—Por aquí —dijo Chiqui al tiempo que me empujaba hacia una rampa larga que conducía a la siguiente planta.
El suelo era de hormigón y tenía altas barreras de madera a ambos lados. Reparé, con un sobresalto, en que era una rampa para el ganado. Vacas, cerdos y ovejas que un día recorrieron esa misma pendiente de hormigón hacia el matadero. Deseé no estar siguiendo sus huellas.
Al final del desnivel, una puerta de madera nos bloqueó el paso.
Chiqui levantó la vista y, al seguirle la mirada, me sorprendió ver a un hombre con un zahón de cuero sobre una plataforma de madera suspendida por encima de nosotros.
Sostenía un gran mazo con ambas manos que le tensaba los músculos de unos brazos peludos.
—¿Dónde está? —le preguntó Chiqui al guardián.
—¡En el cuarto círculo! —gritó el hombre del mazo—. Y cuidado con lo que dices. Está cabreadísimo.
Sobrevino un fuerte ruido, tan repentino como para hacerme saltar, y la puerta de madera se elevó.
Al otro lado solo había un largo pasillo de hormigón iluminado por luces de neón añiles que cubrían el suelo, las paredes y el techo.
Al final, divisé unas cortinas negras y oí que desde detrás llegaban una música y voces.
Un mural pornográfico en la pared anunciaba, con un elaborado tipo de letra, que estábamos entre los Lujuriosos.
Al otro lado de la tela, había una zona amplia, llena hasta los topes, de juerguistas bulliciosos jóvenes, atractivos y con pinta de tener pasta, rodeados de unos cuantos hombres y mujeres mayores: sugar daddies y sugar mommies , sin duda.
La pista de baile era grande, pero no especialmente cómoda.
Todas las paredes y el suelo estaban cubiertos de azulejos blancos cuadrados, y en el techo se entrecruzaban las tuberías de plomo y los conductos de ventilación de aluminio; las luces de discoteca y los rayos láser se esparcían y bañaban a los asistentes con distintas tonalidades carmesíes.
Me fijé en los sumideros cubiertos con rejillas de hierro fundido que había en el suelo ligeramente inclinado; se usaron en el pasado para verter la sangre y las vísceras de los animales sacrificados.
De las paredes colgaban sierras para huesos y cuchillos de carnicero.
Sobre los bailarines pendían hojas como espadas de Damocles.
El humo que flotaba en el ambiente me confirmó que la rigurosa legislación antitabaco de Nueva York se cumplía solo desde un punto de vista técnico, ya que se estaba fumando mucho, pero nada que oliera a tabaco.
Junto a las paredes, unas mesas de acero inoxidable para cortar carne hacían las veces de barra, con una variada selección de bebidas que sustituían los trozos de animales muertos y unos bloody marys combinados a la perfección que suplantaban la sangre que una vez encharcó esas superficies.
Chiqui y su silencioso compañero tardaron unos minutos en conducirme a través de la multitud hasta el lado opuesto de la pista de baile.
Pasamos por delante de una larga barra de bloques de cristal iluminada desde dentro por una luz sanguínea.
Cerca del baño de mujeres, me mostraron una escalera de caracol de hierro forjado.
—Abajo, señora —gritó Chiqui por encima del aporreo de la música.
Al final de la escalera, llegué a un sótano poco iluminado revestido de ladrillo. Chiqui se detuvo en seco y señaló una puerta con un letrero que decía: PROHIBIDO EL PASO. SOLO PERSONAL AUTORIZADO .
—Adelante. Te está esperando…
Parpadeé sin moverme.
—¿Tú no vienes? —pregunté.
—¿Cómo? ¿De repente me vas a echar de menos?
—Quiero que me devuelvas mi móvil —respondí con terquedad.
Chiqui puso cara de fastidio, se llevó la mano a la chaqueta de cuero y miró la pantalla. Volvió a cerrarlo y me lo lanzó. Lo agarré con las dos manos. Su mirada me confirmó que a esa profundidad no tendría cobertura, de manera que una llamada de auxilio resultaría del todo inútil.
—Entra ya —gruñó Chiqui, y me dio una palmada en el culo.
¡Oye! Mientras cruzaba la puerta, Chiqui y el otro hombre se dieron la vuelta y subieron por la escalera de caracol.
Frente a mí había una sala en penumbra del tamaño de un garaje pequeño.
Tres de las paredes de ladrillo estaban completamente cubiertas con antiguas pinturas al óleo enmarcadas en oro que representaban mujeres recostadas o posando, vestidas con la moda de distintas épocas a lo largo de los últimos quinientos años.
En la cuarta pared había una docena de pantallas planas de televisión: en cuatro de ellas se veían desfiles de moda de alta costura, cuatro mostraban noticias financieras, incluidos teletipos con las cotizaciones del Nikkei y de otras bolsas internacionales, y en las cuatro restantes aparecían programas de noticias de distintos países. Todas sin sonido.
La música de fondo emanaba desde una fuente invisible, pero no era el ritmo tecno que retumbaba en el piso de arriba, sino una mezcla retro de metales y saxos con violines y una guitarra eléctrica por detrás.
La música me resultaba familiar hasta un punto surrealista y, de pronto, comprendí el porqué: era el tema de una de las películas de James Bond con las que Matt estuvo muy obsesionado cuando tenía veintitantos años.
Ignoraba cómo habría sido el suelo original, pero estaba claro que lo habían sustituido por un parqué nuevo que habían cubierto con una enorme alfombra de piel de leopardo sobre la que se amontonaban una gran cantidad de cojines de seda bordados.
Junto a las paredes había sillas antiguas y estanterías de cristal con un amplio surtido de vinos tintos y blancos, licores coloridos y bebidas alcohólicas de alta graduación.
De inmediato, vislumbré a dos personas y, con mi llegada abrupta, un hombre que estaba recostado sobre la pila de cojines y miraba una de las pantallas de cotizaciones bursátiles volvió la cabeza hacia mí.
Vi su pelo decolorado y enseguida supe que se trataba de Bryan Goldin.
A su lado, una guapa japonesa, vestida con un kimono amarillo chillón y el pelo largo y negro, le acariciaba el cuello suavemente con unas manos pequeñas y delicadas.
Desde otro montón de cojines, junto a una gran pipa marroquí de filigrana, se movió otra figura masculina.
Tenía los brazos cubiertos con una elegante seda egipcia y las largas piernas enfundadas en unos vaqueros estrechos con unos mocasines de piel Bruno Magli.
Como una araña, el hombre se desenroscó y se levantó para venir hacia mí.
No había visto su imagen muchas veces en mi vida, pero lo reconocí.
Sabía que de joven había sido guapísimo, pero era obvio que no escondía un retrato a lo Dorian Gray que envejeciera en un sótano secreto, porque aparentaba más edad de la que tenía y se me ocurrió que ese mapa de arrugas trazaba, con toda probabilidad, una vida de excesos disolutos.
Lo bastante excéntrico para el panorama de la moda internacional, el hombre llevaba unos aritos en las orejas, y el pelo, antes oscuro y ondulado, recogido en una larga coleta gris que le colgaba por la espalda.
Los rasgos convencionales de su vida, antes corriente, se habían borrado para lograr la esperada afectación de otra vida más afamada.
Me miró con ojos curiosos e intensos, pero no se acercó.
—Ha hecho usted muchas preguntas sobre mí, señora Cosi.
—Buenas noches, Fen. ¿O prefiere que lo llame señor Goldin?
Levantó intrigado una ceja gris.
—En realidad, aún soy Stephen Goldin, de Goldin Asociados, aunque poca gente conoce la conexión entre mis actividades financieras y mi colección de ropa. Intento estar presente en ambos mundos, pero me gusta mantenerlos separados.
—No hacía falta que me secuestrara para reunirse conmigo —contesté—. Hace días que quiero hablar con usted.
—Usted y también ese plasta de detective Quinn. —Fen sacudió la mano—. No tengo mucho tiempo para chorradas durante la Semana de la Moda.
—Pero si ha tenido tiempo para raptarme en plena calle.
Fen soltó una risita.
—¿Le han sorprendido mis socios?
—Ah, no. De hecho, creo que los había visto antes…, como figurantes en Los Soprano .
—Hay cosas inevitables, señora Cosi. Diseño y produzco mi ropa aquí, en Estados Unidos, y ya sabe lo que eso significa. Esos hombres…, mis socios…, me ayudan a evitar huelgas y otros problemas sindicales. Y también me resultan útiles en otros menesteres.
—¿Como el secuestro?
—Como la compra de este lugar. Se lo compré por una miseria a un empresario del mundo del espectáculo que, por desgracia, era ludópata y propenso a pedir dinero prestado a quien no debía…
—Entonces son prestamistas. ¿Es a eso a lo que se dedican? ¿Y qué tal se les da envenenar gente? —Le lancé una mirada dura a Bryan, que a su vez me contestó con la cara de desprecio de Billy Idol.
Fen suspiró.
—Qué plasta está usted con eso.
—Ah, ¿estoy plasta? Pues me va a oír. Sé que, hace veinte años, usted fue amante de Lottie Toratelli. También sé que se acostaba con su hermana durante esa misma época y que Mona murió de manera prematura.
Fen miró por detrás de mí y le hizo una señal a su sobrino. Bryan Goldin se puso de pie de un salto y fue a un rincón en busca de una silla de estilo provenzal francés. La japonesa del kimono amarillo, a su vez, trajo otra silla a juego.