Un café con leche agria Capítulo veinticuatro
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Capítulo veinticuatro

C APÍTULO V EINTICUATRO

D ios mío de mi vida, me han secuestrado.

El corazón me iba a mil por hora y empecé a hiperventilar.

Tranquila, Clare. Piensa.

Busqué en el bolso y saqué el móvil como si fuera un revólver.

—¡Déjeme salir ahora mismo o llamo a la policía! —grité mientras pulsaba la tecla del nueve.

Los ojos del conductor destellaron con ira a través del espejo retrovisor. Frenó el coche con tanta violencia que tuve que estirar el brazo para no estamparme contra el asiento de delante. El móvil salió despedido de mi mano y cayó al suelo.

Con una sacudida y un chirrido de frenos sobre el asfalto, la limusina se detuvo en seco y acabé de rodillas sobre la moqueta, lo cual me vino bien para buscar el móvil.

Pero mientras agarraba mi pequeño salvador plateado, oí que se abría la puerta delantera del copiloto y una mole se deslizó sobre el asiento de atrás y me agarró la muñeca mientras unos dedos robustos me quitaban el móvil.

—Oye, tío, dame eso —grité mientras me apartaba el pelo de la cara.

Nota mental: la próxima vez que te secuestren, no amenaces con llamar a la policía, ¡llámala directamente!

Me abalancé sobre él para recuperar el teléfono, pero el gigante, que vestía vaqueros y una chaqueta de cuero negra, levantó las enormes manos para esquivarme. El anillo que llevaba en el meñique me habría servido de pulsera.

—Siéntate y disfruta del viaje —dijo el hombre en tono grave mientras me levantaba y me colocaba a su lado.

Me miró con los ojos oscuros de un basset hound por encima de la nariz aplastada. Su cabeza, grande y redonda, estaba coronada por un pelo negro al cepillo y tenía unas orejas de soplillo que parecían torcidas. Le sostuve la mirada, que era intimidante, y levanté los puños.

—¡Dame el móvil y déjame salir del coche! —Exigí.

Como a propósito, el coche aceleró de manera abrupta y me hundí en el respaldo de cuero. La limusina se apartó de la acera con rapidez y continuó por el centro de la ciudad.

—¿Quiere salir, señora? —El hombre se estiró por encima de mí para abrir la puerta.

Solté un grito ahogado cuando me aplastó el pecho.

El chirrido de los neumáticos resonó en el interior del vehículo.

El coche viró con brusquedad mientras aquel brazo musculoso era lo único que impedía que la puerta saliera despedida y que yo siguiera sujeta al asiento—. Pues adelante —dijo riéndose.

Por el interfono sonó un chasquido electrónico y la voz del conductor:

—Déjate de gilipolleces, Chiqui.

La puerta se cerró con un golpe, el pestillo sonó de nuevo y Chiqui se sentó. Sin su brazo encima, pude volver a respirar.

—¡Para! —chillé.

De repente, me puso un dedo gordo como un plátano debajo de la nariz.

—Ni media palabra más o te meto el teléfono en la boca para que cierres el pico hasta que lleguemos.

Su acento era del sur de Brooklyn, lo que indicaba que eran tipos duros, lo más probable mafiosos.

Casi me pareció oír a mi viejo y querido padre, corredor de apuestas, cuando me aconsejaba: «Cielo, a veces chocarte con un muro solo sirve para abrirte la cabeza.

Tienes que saber cuándo hay que seguirle la corriente a la gente y ver qué pasa después».

Cerré la boca de inmediato y no dije nada más.

—Mucho mejor —dijo Chiqui antes de cruzar los gigantescos brazos y mirar al frente.

En realidad, me parecía admirable la calma de Chiqui, habida cuenta de la manera de conducir del chófer, que iba a toda pastilla, hacía eses y esquivaba peatones y vehículos mientras tomaba curvas y se saltaba los semáforos en ámbar.

Cuando oí sirenas y vi unas luces rojas parpadeantes, recé para que la policía de tráfico se hubiera percatado de su conducción temeraria y le diera el alto.

Pero la causa del alboroto resultó ser otra y la limusina no aminoró la marcha, ni siquiera cuando varias patrullas de policía la adelantaron.

Por mi parte, podría haber hecho alguna señal a la policía para indicar que me encontraba en peligro, pero el vehículo tenía los cristales tan oscuros que nadie me vería, que era la misma razón por la que yo no había visto al hombre del asiento del copiloto antes de montarme.

Cuando los coches de policía giraron hacia la calle Cuarenta y Dos y desaparecieron a toda pastilla, Chiqui se rio entre dientes. Era obvio que le hacía gracia. ¿A un gigante que se llama Chiqui le hace gracia la ironía? Ver para creer .

Con el corazón aún acelerado, barajé las distintas opciones.

A pesar de la orden de Chiqui para que me callara, me planteé la posibilidad de entablar una conversación amable, algo que me facilitara alguna pista sobre nuestro destino y las razones de mi secuestro.

Pero al volver a mirar su gesto de mal humor, concluí que el tipo no estaba para mucho palique.

Y, la verdad, no me apetecía nada comerme el móvil.

En la calle Treinta y Cuatro, nos dirigimos hacia el oeste y giramos de nuevo hacia el centro por la Novena Avenida.

Al llegar a la calle Catorce, la limusina se ralentizó por culpa del tráfico.

Después de varios giros rápidos, nos acercamos a Hudson, no muy lejos del Village Blend.

Por un esperanzador y absurdo momento, pensé que esos hombres querían llevarme a casa y fantaseé con la posibilidad de cruzar la acera y entrar en el santuario acogedor y familiar del Blend.

Sin embargo, giramos hacia una calle oscura y adoquinada bordeada de edificios industriales del siglo XIX con restaurantes nuevos y relucientes.

Años atrás, cuando yo no era más que una joven recién casada y empezaba a dirigir el Blend, lo averigüé todo sobre el Meatpacking District, el antiguo barrio de los mataderos.

Por el día sus calles estaban llenas de hombres toscos con delantales ensangrentados que llevaban sierras, cerdos muertos o cuartos de res sobre sus anchas espaldas.

Hablaban con acento de los barrios periféricos y bebían cerveza en los bares de mala muerte a todas horas.

Por la noche, en cambio, las aceras estaban plagadas de otro tipo de comercio.

Yo era tan joven e inocente que tardé un tiempo en averiguar por qué aquellas mujeres que hacían la calle con aquellos taconazos eran tan altas, tenían la voz tan grave y, a veces, vello facial.

(Al provenir de un antiguo barrio italiano de Pensilvania, las mujeres con vello facial no eran algo tan inusual para mí).

Unos años después, algunos de los mataderos (o abattoirs , como los llamaba Madame) se convirtieron en bares y clubes que atendían a la comunidad gay.

Luego, en los años noventa, la gentrificación transformó el Meatpacking District.

Hoy en día aún quedan algunas carnicerías excelentes, como la de mi amigo Ron Gerson, famoso por sus costillas de primera, pero por lo demás, los espacios urbanos que antaño albergaban plantas de procesamiento cárnico pasaron a ser restaurantes elegantes y clubes de moda para todo tipo de clientela.

Con la gentrificación comercial llegaron también los cambios en la vivienda y muchos de los almacenes que antes alojaban a los trabajadores de las fábricas ahora eran apartamentos para ricos.

La limusina prosiguió su camino entre el tráfico del sábado noche.

Las aceras estaban atestadas de juerguistas risueños iluminados por la abigarrada fluorescencia del Hotel Gansevoort.

Avanzábamos despacio y, como quien no quiere la cosa, apoyé el brazo en el tirador de la puerta.

Cuando el vehículo se detuvo para dejar pasar a un grupo de gente, intenté de nuevo abrir la puerta, pero el pestillo seguía bien cerrado.

De nuevo, oí la risilla insolente de Chiqui, ese runrún grave.

La limusina siguió parada hasta que el tráfico peatonal se interrumpió durante un instante y viró hacia un callejón oscuro y estrecho, bordeado por cubos de basura y contenedores, por cuya superficie adoquinada corría un chorro de agua salobre.

Nos detuvimos delante de un muro de ladrillo con los restos desconchados de un cartel pintado a mano hacía cincuenta años que decía: JAMONES, BEICON Y OTRAS ESPECIALIDADES PORCINAS DE GANSEVOORT .

El conductor salió y abrió la puerta. Chiqui me agarró con fuerza del brazo y tiró de mí.

Sujeté el bolso mientras mis tacones se posaban sobre la calzada de piedra.

Con la tenue luz del callejón, mis sentidos se agudizaron.

El olor, por ejemplo. Estaba rodeada de basura podrida, moho y orina. Maravilloso .

Era un lugar horrible para morir y consideré la posibilidad de escapar de Chiqui, quitarme los tacones y volver a la transitada acera, pero, aunque lograra zafarme de él, dudaba que me diera tiempo a avanzar más de unos pocos metros antes de que me atrapara de nuevo o, peor aún, de que…

¿Iba armado? De repente me lo pregunté. Si intentaba echar a correr, ¿me dispararía por la espalda?

Mientras sopesaba todas esas posibilidades tan halagüeñas, Chiqui y su compañero, que era bajito y fibrosos como mi padre, aunque apenas llegaba a los treinta años y tenía un bigote terrorífico, me condujeron por una puerta metálica anónima, sin cartel ni señalización alguna salvo las capas y capas de grafitis que cubrían hasta el último palmo de su superficie.

Desde el otro lado sonaba una especie de golpeteo industrial, como si unos motores gigantes giraran sin cesar dentro del edificio de ladrillo.

Chiqui no me soltó del brazo para llamar a la puerta con su gigantesca mano, cuyo anillo del meñique repiqueteó contra el metal.

Sonó un cerrojo y la puerta se abrió. Desde el principio me llamaron la atención el horrendo tono lavanda fluorescente que iluminaba la penumbra y el martilleo de una música de baile tecno.

En contraste con la luz, apareció una silueta oscura. Sentí que los ojos del hombre me estudiaban y luego miraban a mis secuestradores.

—Hola, Virgil, somos nosotros —dijo Chiqui.