Un café con leche agria Capítulo veintitrés #4
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Capítulo veintitrés #4

Matteo volvió con tres copas de champán heladas llenas de prosecco y Breanne soltó de nuevo el artículo en la mesa. Le di un sorbo a la bebida y agarré las páginas.

—Ahora que me fijo, se parecen —murmuré mientras miraba las imágenes de Lottie y Mona Lisa a ambos lados de Fen—. La nariz, la barbilla… Sí, se nota que son hermanas.

—Fen también lo notó —dijo Breanne con un tonillo insinuante.

—¿A qué se refiere?

—Se rumoreó que se acostaba con las dos hermanas.

Matteo de pronto pareció interesado.

—¿Con las dos a la vez?

—No, no. —Breanne se echó a reír—. Fen estaba enamorado de Lottie, pero tuvo un lío con Mona. Por separado. —A continuación, le tocó la mano a Matt—. Pero ¡me encanta tu forma de pensar, fiera!

Aparté la vista, asqueada, y me di cuenta de que Lloyd Newhaven hablaba con mucho énfasis por un móvil morado. Al volver a mirar, vi que Breanne examinaba su artículo con atención.

—¿Y qué sabes de la otra socia, Harriet Tasky? —pregunté.

Breanne se encogió de hombros.

—No mucho. No era muy de fiestas. Más bien era de las que se matan a trabajar, tímida como Mona y poco glamurosa.

Harriet era corpulenta, una tía grande, ya me entiende.

—Señaló la foto de la mujer robusta y rubia que aparecía en la pista de baile—.

Es esta, claro. No era muy fotogénica, probablemente por eso no se la menciona en el pie de foto.

Acuérdese de que los ochenta fueron los años del fitness .

Aunque, en fin, la delgadez siempre ha estado de moda.

—Marilyn Monroe tenía una talla L —señalé—. ¿O ese capítulo de la historia de la moda queda demasiado lejano?

Breanne hizo un pequeño mohín y entrecerró los ojos.

—A saber.

—Hablando de saber… ¿Sabe qué pasó con Mona y Harriet?

Yo ya contaba con esa información, por supuesto. Mona murió. Y Harriet abrió un negocio de ropa de segunda mano en Londres. Pero quería ver hasta qué punto eran de dominio público esos datos.

—Ni idea —dijo Breanne—. Y, si le digo la verdad, cuando Lottie Harmon cerró a finales de los años ochenta, a nadie le importó.

Había otros diseñadores en el candelero, otras personas del mundo de la moda a quienes seguir.

Puede que ambas continúen por ahí, trabajando como mulas en el estudio de Lottie.

Así es como ella quería que fueran las cosas por entonces.

Mona y Harriet creaban las joyas y Lottie las vendía. Nada nuevo bajo el sol, querida.

Con un aburrimiento patente, Breanne se levantó y agarró con sus cuidadas manos la tela bien confeccionada que cubría los bíceps cincelados de Matteo.

Para mi sorpresa, Matt pareció incómodo con ese gesto tan posesivo. Me lanzó una mirada nerviosa como preguntando:

—¿De verdad quieres que me vaya con ella? ¿No me quieres para ti?

Me acomodé en la silla y sacudí la mano.

—Vete —dije moviendo los labios sin emitir sonido alguno.

Mi mirada fue elocuente: si no era ella, sería cualquier otra.

—Ven, Matt, hay más gente que quiero que conozcas.

Al cabo de un momento, desaparecieron. Me levanté, doblé el artículo, lo guardé de nuevo en mi bolsito de noche y me dirigí hacia la salida.

En el vestíbulo del Pierre, intenté localizar a Quinn desde mi teléfono móvil.

Me saltó el contestador, así que le dejé un mensaje pidiéndole que me llamara, daba igual la hora.

Cada vez estaba más convencida de que el diseñador Fen estaba en medio de ese misterio y quería saber qué había descubierto Mike durante el interrogatorio a ese rey de la moda tan esquivo.

Fuera, la noche de principios de otoño era fresca.

Como no vi la limusina de Matteo en la que habíamos llegado, le pedí al portero que llamara a un taxi.

Apenas hubo levantado la mano cuando una de las limusinas negras con cristales tintados que guardaban cola al otro lado de la calle se unió al tráfico y frenó en seco justo delante de mí.

Como era evidente que Matt se quedaría en la fiesta de Trend hasta el final, di por hecho que me daba tiempo de sobra a utilizar la limusina para un trayecto rápido hasta el Blend.

Una vez allí, la mandaría de vuelta al Hotel Pierre y allí no habría pasado nada.

Por eso, cuando el portero me abrió la puerta, entré sin pensármelo dos veces.

Nada más sentarme en el cómodo asiento de cuero sonó el pestillo, pero al levantar la vista me percaté de que el conductor no era el mismo que nos había llevado en el trayecto de ida… y que había un segundo hombre delante, en el asiento del copiloto.

—Lo siento —dije—. Me he equivocado de coche. —Agarré el tirador de la puerta, pero el pestillo estaba cerrado y no encontré el modo de abrirlo—. ¿Me pueden abrir la puerta, por favor? —pregunté.

En vez de dejarme salir, el conductor puso el motor en marcha y se alejó del hotel entre el tráfico de la Quinta Avenida.

—¡Oiga! —grité—. Sé que me ha oído, ¡déjeme salir!

Me incliné hacia delante para agarrarlo del brazo, pero casi perdí la mano cuando una mampara de cristal se elevó con rapidez entre los asientos delanteros y los traseros.

Le di un puñetazo a la ventana y grité algo ininteligible.

Entonces oí el chasquido electrónico de un altavoz que cobró vida en algún lugar del compartimento de atrás.

—Relájese y colabore, señora Cosi —ordenó una voz masculina—. Y el trayecto será corto.