Capítulo veintitrés #3
—Café brulé. Siete partes de café y una de coñac servidas en una copa caliente con el borde bañado en zumo de limón y azúcar glas —le informé antes de apagar las llamas de mi copa y darle un sorbo con cuidado.
No pude ocultar mi reacción y agradecí que Breanne se hubiera llevado a Matteo. El desconocido, sin embargo, percibió mi desagrado.
—Malísimo, ¿no? —comentó.
Suspiré y asentí.
—El coñac es demasiado bueno para flambearlo, y el café…
, bueno, sabe a café colombiano, que está bien en una mezcla para desayuno, pero es demasiado plano y tiene poca profundidad para competir con el coñac.
Además, sabe a tueste medio. Esta bebida necesita un tueste oscuro.
Y el chef debería haber elegido un café más intenso y complejo.
Algo poco común e inesperado, como un grano de Indonesia.
El hombre se quedó mirándome un momento. Entonces, sin sonreír, me tendió la mano.
—Soy David —dijo.
—Clare Cosi.
Me dio la impresión de conocerlo, pero no ubicaba su cara ni su nombre. ¿Sería famoso? ¿Era una grosería preguntarlo? Es probable .
Nos dimos un apretón de manos. La suya era más suave que la mía —que sufría las tareas diarias de la cocina en el Blend y carecía de tiempo para la manicura—, pero su apretón fue firme y seguro.
—La última adquisición de Breanne —observó mientras señalaba hacia Matt—. Dime, ¿he oído bien? ¿Es tu socio?
Asentí.
—Soy la gerente de la cafetería Village Blend. Matteo se ocupa de la compra del café.
—Y no hay nada más entre vosotros —preguntó con una sonrisita y un arqueo de cejas escéptico—. Porque te mira de una forma…
Amagué una sonrisa.
—Matt y yo tenemos un pasado. —Miré hacia el otro lado del salón, donde él y Breanne se reían con un pequeño grupo de gente—. Una historia pasada.
David se echó a reír.
—Entiendo. —Le dio otro sorbo a su bebida y luego la dejó en una mesa dorada antigua. Se cruzó de brazos y se llevó una mano a la barbilla en posición pensativa—. ¿Y qué te parece esa idea de los kioscos del Village Blend de la que tanto habla la gente?
Buen trabajo, Matt.
—La gente ya habla de eso, ¿no?
Asintió.
—Sin duda es un modelo comercial viable —añadió.
—¿Tú crees?
—¿Compartes negocios con él… y no le das el visto bueno?
Qué estúpida eres, Clare.
—Claro que se lo doy, faltaría más.
Tras un momento de silencio volvió a hablar:
—En algunos casos las franquicias vienen bien, ¿no te parece? Es decir, durante un siglo, tu pequeño Village Blend se ha esforzado por mantener la calidad y la tradición en la elaboración del café, aunque en solo quince años una cadena multinacional monolítica se ha apoderado del mercado entero.
—Bueno, yo veo la taza medio llena —contesté, halagada por su cumplido sobre el Blend—.
Desde mi punto de vista, el café puede beberse como el agua o saborearse como el vino.
Esa cadena multinacional ha mejorado en general la experiencia de tomar café y ha hecho que mucha más gente conozca la existencia de los pequeños productores especializados de los países en vías de desarrollo.
Cada vez más gente entiende algo que los europeos han tenido siempre.
—¿Qué han tenido siempre?
—Si vas a pagar ocho dólares por una buena copa de vino o cinco dólares por una buena cerveza o por un cigarro liado a mano, también merece la pena rascarse el bolsillo por una taza de café excelente.
Aunque no te lo creas, el Wall Street Journal elaboró un estudio el año pasado y descubrió que en los lugares donde hay una tienda perteneciente a una cadena, los negocios familiares mantienen un volumen de negocio más alto.
Es como decir que dos gasolineras en el mismo cruce atraen más negocio que una sola.
—Entonces, ¿cualquier cosa que impulse el consumo de café de especialidad ayuda a tu negocio?
—Claro. Además, nuestra cafetería tiene una historia larga e ilustre, y una clientela leal. El Blend va a seguir ahí. Esa gran empresa se ocupa de lo suyo y nosotros de lo nuestro.
—Pero ¿no crees que a veces a las personas más pequeñas no les prestan atención, las aparatan, las pisotean incluso, si no encuentran un modo de salir de las sombras?
Crucé la mirada con David y me entró curiosidad:
—Parece que lo dices por experiencia propia…
Apartó la mirada y observó a la gente con indiferencia.
—He estado en tu cafetería —contestó—. No estoy seguro de que puedas mantener semejante calidad en una franquicia, ni siquiera en una franquicia de lujo como la que propone tu socio.
Me estás retando, ¿eh? Me enderecé.
—Te sorprenderías. De hecho, Matteo me sorprendió a mí con su planificación y su dedicación.
—Pero no es la dirección que tú habrías escogido para el Blend, ¿a que no?
—No —admití—. Pero como señalaste antes, estamos en un mundo nuevo. Al lado de los gigantes empresariales, somos pequeños, por eso el Village Blend tendrá que expandirse para sobrevivir.
David pareció satisfecho con mi respuesta y, por raro que parezca, yo también. En una breve conversación, me había convencido a mí misma de que Matteo Allegro iba por buen camino.
—Bueno, ha sido un placer conocerte, Clare Cosi. Estoy seguro de que volveremos a hablar.
—Ah, ¿sí? —pregunté, pero el misterioso David no dio más explicaciones. Se limitó a sonreírme con aire de examinador académico, como si yo acabara de aprobar su riguroso examen antes de alejarse con tranquilidad y perderse entre la multitud.
Al instante, inspeccioné el salón en busca de Matteo y Breanne. Habían ocupado una mesa bajo el ojo observador del trampantojo de Zeus. Unos invitados se habían congregado alrededor de Breanne a modo de fortaleza engalanada, pero yo atravesé con paso firme aquel muro de organza y seda cruda.
Al ver que me acercaba, Breanne torció el gesto. Matteo levantó la vista y me saludó con la cabeza cuando aparecí junto a su hombro. Era obvio que me esperaba.
—Disculpe, señora Summour, pero me gustaría hacerle unas preguntas sobre un artículo que usted escribió. —Saqué el artículo impreso del bolso y lo coloqué sobre la mesa delante de la editora de moda. Ella apenas miró el papel.
—¿De qué se trata? —preguntó con aire molesto—. Matt me ha comentado que usted quería hacerme unas preguntas.
Bajé la voz hasta rozar el susurro.
—Es por lo sucedido la otra noche en el Village Blend.
Algunos de los lameculos de Breanne estiraron el cuello para oír mejor.
Ella se dio cuenta de la indiscreción y les hizo un gesto para que se marcharan.
También vi que Lloyd Newhaven y Ojazos Violetas se encontraban cerca.
Bebían champán y miraban a la gente, pero estaba segura de que intentaban pegar la oreja.
—Se refiere a Ricky Flatt —dijo Breanne—. Él nunca trabajó para mí.
Matteo se levantó de repente y me ofreció su asiento.
—Voy a la barra. ¿Os traigo algo?
Sacudí la cabeza, pero Breanne asintió y le pasó a Matt su café brulé sin terminar.
—Un prosecco , por favor. Este café es… terrorífico.
Cuando Matt se fue, Breanne me miró a los ojos.
—Estoy segura de que no sé nada sobre Ricky Flatt ni sobre su muerte. Y tampoco sé qué relación guarda este artículo que escribí hace dos décadas con su asesinato.
—Olvidemos a Flatt. Quiero saber más sobre Lottie Harmon. Usted la entrevistó para este artículo, ¿no?
—Entrevisté a Lottie, sí —contestó—. Pero Lottie Harmon es como el Tigre Tony o el Conejito de Duracell: una invención, señora Cosi, la cara pública de una marca llamada Lottie Harmon.
La empresa la fundaron dos hermanas y una amiga de toda la vida.
Lottie Toratelli se convirtió en Lottie Harmon, el rostro público de la empresa, y después de que yo escribiera este artículo insistió mucho en que su nombre apareciera siempre como Lottie Harmon.
Si la memoria no me falla, el apellido de la marca es una combinación de «Har», por Harriet Tasky, y «Mon», por la hermana de Lottie, de cuyo nombre no me acuerdo ahora mismo…
Yo ya sabía muchas de esas cosas, salvo el origen del apellido Harmon, que me pareció curioso, pero tampoco algo extraordinario. Le di un golpecito con el dedo a la fotografía de encima.
—¿Identifica a estas personas?
—Bueno, esta de aquí es Lottie —dijo Breanne mientras señalaba a la mujer risueña con el pelo largo escarlata.
A continuación, suspiró y buscó algo en su bolso. Se colocó un delicado par de gafas de lectura sobre la nariz patricia y examinó la foto más de cerca.
—El hombre que está junto a Lottie es Fen. Solo que por entonces se llamaba Stephen Goldin. En esa época eran amantes, bastante apasionados, por cierto.
—Goldin —repetí—. ¿Stephen Goldin? ¿Fen es pariente de Bryan Goldin, el modelo?
Breanne me lanzó una mirada que quería decir: «Pues claro, hija mía».
—Bryan es el sobrino de Fen. Así es como ha entrado en el negocio.
Por supuesto, las alarmas se dispararon en mi cabeza.
Si Bryan Goldin era el sobrino de Fen, entonces Fen tuvo un delegado en la fiesta de Lottie, así como a bordo del Fortune, donde Tad y Rena intentaron ser más listos que él.
Y Rena García habría aceptado con facilidad un café de Bryan si este la hubiera visitado en su casa el jueves por la noche, por ejemplo, para hablar del desfile del domingo.
—Y qué me dice de esta otra mujer —pregunté mientras señalaba a la castaña guapa que miraba a Fen con grandes ojos de admiración.
—Esta es la hermana de Lottie —dijo Breanne llevándose un dedo a la mejilla—.
Ay, Dios, ¿cómo se llamaba? Era guapa, pero timidísima, pasaba totalmente desapercibida, al igual que la otra socia, Harriet.
¿Se llamaba como el cuadro de un pintor famoso?
Me viene a la cabeza aquella novela supervenías que llevaba el nombre de un pintor en el título…
—¿Se refiere a El código Da Vinci ?
—¡Eso! Se llamaba Mona Lisa. —Agarró la página impresa y se fijó en los rostros de la foto—. Fen tuvo que arrastrarla a los clubes la noche que tomaron esa foto, porque siempre eran él y Lottie quienes establecían los contactos en aquella época. Y le aseguro que Lottie insistía en que así fuera.