Un café con leche agria Capítulo veintitrés #2
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Capítulo veintitrés #2

Miré hacia la gente que había por detrás de mí con todo el disimulo que pude y vi a Lloyd Newhaven, vestido con un traje de gala malva y un pañuelo ascot, agarrado del brazo de la altísima y exótica Ojazos Violetas.

La asiática de veintitantos años vestía de nuevo de color púrpura, en esta ocasión un elegante y llamativo vestido ceñido.

Su brillante cabello negro azabache estaba esculpido sobre la majestuosa cabeza formando unos arcos en forma de cinta dignos de un arquitecto de la Cooper Union.

Recordaba muy bien la última vez que vi a la pareja: la noche en que asesinaron a Ricky Flatt.

Más tarde, Ojazos Violetas apareció a bordo del Fortune.

Le apreté el brazo a Matt. Con fuerza.

—Ay.

—Shhh, Matt, escucha. Necesito tu ayuda…

—Uf, no. El susurro conspirativo no.

—Tú sígueme la corriente, ¿vale?

—Pero…

Me di la vuelta antes de que pudiera protestar más.

—¿Lloyd? ¿Lloyd Newhaven? Mira, cariño, es Lloyd.

Tiré de Matt con una mano mientras extendía la otra. Lloyd me miró con curiosidad mientras me la estrechaba. Por un momento, pareció confuso, pero luego recordó que me había visto antes.

—Te conocí esta semana, ¿verdad? —preguntó con cautela.

—¡Claro! Tuvimos una conversación estupenda sobre lo absurdas que son las mandalias . ¿Vas al desfile de Fen mañana?

—No me lo perdería por nada del mundo —dijo, todavía un poco incómodo, pero siguiéndome el rollo.

Dejé que se produjera un silencio incómodo y luego estiré el cuello y le ofrecí la mano a la alta y exótica Ojazos Violetas.

Dado que en el Fortune estuve oculta tras las enormes gafas oscuras estilo Jackie Kennedy, dudaba que me reconociera.

Lo de Matt era otra historia, por culpa del lío en el que se metió en la cubierta del yate —y fuera de ella—, pero quise pensar que la chica no recordaría de qué lo conocía.

Y, la verdad, con la cantidad de modelos masculinos bien vestidos que había esa semana, Matt podía pasar fácilmente por uno de ellos.

—Creo que nos hemos visto antes —dije mientras le estrechaba la mano a la joven con firmeza para que me atendiera—, pero con tantas caras nuevas esta semana… En fin, deja que me presente otra vez. Me llamo C. C.

Ojazos Violetas bajó la mirada hacia mí y asintió con timidez.

—Pues encantada… otra vez —dijo con un ligero acento extranjero.

Esperé, pero Ojazos Violetas no me dijo cómo se llamaba.

De acuerdo, un empujoncito entonces.

—¿No te acuerdas? Tenemos un amigo en común —dije fingiendo entusiasmo—. Eduardo Lebreaux.

Cerró y volvió a abrir los enormes ojos violetas.

—Ah, ¿eres amiga de Eduardo?

—Nos conocemos desde hace mucho, cuando él trabajaba para Pierre Dubois. Pero, claro, Pierre falleció y Eduardo ahora trabaja por su cuenta. Es increíble, ¿verdad?

—¡Oh, sí! Eduardo es una persona impresionante.

—¡Y tanto! —insistí.

Matt gruñó. Le di un codazo.

—Querida —me apresuré a decir—, confieso que no sé cómo se pronuncia tu nombre. ¿Podría pedirte que me lo repitas para comentárselo a Eduardo la próxima vez que lo vea?

—Ratana Somsong —dijo despacio—. En tailandés, Ratana significa «cristal».

—Ratana —repetí—. Qué bonito. Y cuéntame, ¿dónde conociste a Eduardo exactamente?

—En Bangkok, el año pasado, la primera vez que se reunió con mi familia para hablar de nuestros tés.

Estamos muy contentos de trabajar con Eduardo.

Es amabilísimo. Fue él quien me aconsejó que contratara a Lloyd, el mejor estilista del mundo.

Lloyd ha sido un encanto al acompañarme durante esta semana de desfiles y fiestas fabulosos.

¿Y qué te parecen mi vestido y mi pelo? ¿No son espectaculares? ¡Todo es obra de Lloyd!

—Uy, sí —dije—. Son maravillosos, ¿verdad que sí, cariño? —Levanté la vista y vi que Matt estaba en su mundo. Le di un codazo por segunda vez—. Maravillosos, ¿verdad?

—¡Maravillosos! —repitió.

—Perdonadme, espero que me disculpéis, pero acabo de ver a unos colegas —dijo Lloyd tirando de Ojazos Violetas—. Ciao!

— Ciao , por supuesto —murmuré.

—¿A qué venía eso?

—Matt, ¿es que no prestas atención? Ojazos Violetas estuvo en la fiesta en la que asesinaron a Ricky y también estuvo en el Fortune. Quería saber quién era y por qué estaba con Eduardo.

—Bueno, pues ahora ya lo sabes. ¿Y qué importancia tiene?

—Pues que Eduardo debería salir definitivamente de la lista de sospechosos.

—No veo la razón. Ese cabronazo es capaz de cualquier cosa.

—Pero Ojazos Violetas tenía una buena razón para estar en el Fortune: Lebreaux mantiene negocios con su familia, comercia su té… Y ella estuvo en la fiesta de Lottie Harmon como acompañante de Lloyd porque para él es una cliente lucrativa.

—Aun así, Lebreaux sigue siendo escoria.

—Cierto. Pero eso no lo convierte por fuerza en un asesino. No deberías dejar que las emociones te nublaran el juicio…

Estuve a punto de mencionar que era Quinn quien me había dado ese consejo, pero justo entonces la multitud se trasladó al centro del salón, donde divisamos a Breanne Summour, alta, rubia y centro de atención.

Su pelo, recogido en lo alto de la cabeza con un elegante moño, le resaltaba el irritante cuello de cisne.

El vestido, una costosa confección de gasa de alta costura, dejaba al descubierto, por la parte delantera, unas piernas bien torneadas, mientras que la parte trasera arrastraba por el suelo de forma espectacular.

—Dios santo —murmuré al fijarme en las piedras gigantes y relucientes que le colgaban de las orejas—, con esos diamantes Dash Hammett habría pagado la factura.

—¿Cómo dices? —preguntó Matteo .

—Nada, nada.

Rodeada de personajes del mundo de la moda y aduladores que reclamaban su atención, Breanne parecía la diosa suprema del Olimpo en aquel salón Rotunda y se mostraba distante respecto a su séquito… hasta que posó su mirada de hielo en mi ex.

—¡Matteo! —chilló la mujer, que se apartó de la multitud para tenderle la mano—. Cuánto me alegra que hayas podido venir. —Entonces se percató de mi presencia—. Y veo que has traído a tu… —Entornó los ojos de un modo casi imperceptible—. A tu socia.

Matteo le acarició la mano y se dieron un beso al aire.

—Te acuerdas de Clare —dijo él con suavidad y me guiñó un ojo, pero tan rápido que estuve segura de que Breanne no lo vio.

La miré y sentí con la cabeza.

—Buenas noches.

—Sí —respondió ella con sequedad.

Vale —pensé—, tú a mí tampoco me caes bien . Pero sabía que esa era mi oportunidad. Estaba a punto de hacerle varias preguntas sobre el artículo de Trend que había escrito veinte años antes cuando se apresuró a agarrar del brazo a Matt y casi me tiró al suelo desde encima de mis tacones.

—Tengo algo especial para ti —le dijo a Matt con voz cantarina mientras yo hacía una fiel imitación de la torre de Pisa e intentaba mantener el equilibrio—. En honor de tu inminente empresa de kioscos. —Con un chasquido de dedos enjoyados, le hizo una señal a alguien que esperaba entre bastidores.

Se produjo un breve momento de expectación y a continuación oí varios gritos ahogados de sorpresa.

Las banderolas de la revista Trend se apartaron como cortinas y aparecieron seis camareros con bandejas de plata llenas de copas flameantes.

Entre exclamaciones de admiración, oí la respuesta de mi marido, deseoso por complacer.

—¡Café brulé! Qué maravilla, Breanne.

—He traído al chef de mi casa de East Hampton para que los prepare en tu honor.

—Me siento halagado, Breanne, de verdad —dijo Matteo, y lanzó una mirada avergonzada en mi dirección.

Breanne le tocó el hombro.

—Luego te presentaré a Troy. Es pupilo de Paul Bradley Mitchell, ya sabes.

Me recorrió un escalofrío. Paul Bradley Mitchell era el chef más sobrevalorado del siglo XXI .

A Joy y a mí nos picó la curiosidad al ver que todo el mundo hablaba de él y una noche visitamos su famoso restaurante Central Station.

El servicio fue tremendamente arrogante, descuidado y de una calidad ínfima, que es como deberían haber descrito la comida en las reseñas.

No solo dejamos allí las sobras, sino que salimos pitando de aquella «estación» hacia el primer Papaya King que nos encontramos de camino a casa, donde nos deshicimos del horrible sabor de aquella espantosa haute cuisine con un perrito caliente acompañado de un batido de frutas, servidos por un cocinero sonriente, educado y rápido. ¡Muchas gracias!

—Bueno, sin duda habrá hecho un trabajo espléndido —contestó Matteo al recibir su bebida.

Como un coro griego, los lacayos de Breanne coincidieron con entusiasmo. Los camareros se mezclaron entre los asistentes para servir las bebidas llameantes. Y, mientras Breanne se llevaba a Matt a la otra punta del salón para presentarle a «unas personas», yo noté una presencia junto a mi hombro.

—Qué interesante.

La voz era suave pero firme. Me di la vuelta y vi que se trataba de un hombre de unos cuarenta y tantos años con el pelo castaño y ondulado.

No era feo, pero tampoco guapo. Su rostro, que me sonaba de algo, era llamativo, ya que tenía unos ojos oscuros y muy separados, casi saltones, que parecían escrutarme por encima de la nariz ancha y la boca de labios apretados.

Era unos centímetros más bajo que yo, lo que significaba que habríamos medido lo mismo de haber ido descalzos.

Sostenía la copa caliente en una mano, como mínimo a un palmo de distancia del cuerpo, con evidente desagrado.

Por el borde de la copa aún asomaban algunas lenguas de fuego.

—¿Cómo se toma este mejunje sin morir achicharrado? —preguntó sin apartar los ojos saltones de los míos.

Me eché a reír educadamente.

—Puedes soplar, como si fuera una vela de cumpleaños, o esperar hasta que el coñac se consuma solo, lo cual sería un lamentable desperdicio, en mi opinión.

Suspiró y levantó la copa.

—Pide un deseo. —Entonces sopló.

Cuando las llamas se extinguieron, le dio un sorbo a la bebida y puso cara de asco.

—¿Qué es esto? —preguntó sin dejar de parpadear.